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– Oct 9, 2020, 9:00 (CET)

Crítica de ‘Más allá de la Luna’: animación de Netflix con aroma a clásico de Disney

Uno ve Más allá de la Luna y puede creer que es otra película animada de Disney, pero eso dice algo bueno de lo que ha logrado Netflix con ella.

En el cine, como en la comida, a veces hay aromas conocidos cuando uno degusta determinados filmes, sean de estreno reciente o con tiempo a sus espaldas. Si uno reconoce los platos que alguien familiar con quien convive cocina en casa por costumbre y acaso con cierto mimo natural, producto de la experiencia diaria y el esfuerzo cotidiano en lo que luego comparte con los suyos; si le es perfectamente posible decir lo que hay para comer hoy solo aplicando una nariz curiosa, de la misma manera nos podemos encontrar con películas que huelen a un estilo específico y muy reconocible por alguna razón y que, en teoría, les es ajeno.

Y no parece que sea razonable discrepar en el hecho palmario de que eso es lo que ocurre con un filme de animación como Más allá de la Luna (2020), que el veterano Glen Keane ha dirigido para Netflix. Se trata de un hombre que, si bien jamás había estado al frente de un largometraje, sí lleva casi medio siglo como animador en películas muy famosas de la fábrica Disney, desde Los rescatadores, Pedro y el dragón Elliot (John Lounsbery, Wolfgang Reitherman y Art Stevens, Don Chaffey e ídem Bluth, 1977) o Basil, el ratón superdetective (Ron Clements, Burny Mattinson, David Michener y John Musker, 1986).

No hay que olvidar, por otra parte, sus contribuciones a La sirenita (Clements y Musker, 1989), La bella y la bestia (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991), Aladdín (Clements y Musker, 1992), Pocahontas (Mike Gabriel y Eric Goldberg, 1995) o Tarzán (Chris Buck y Kevin Lima, 1999), todas ellas de animación clásica, y a Enredados (Nathan Greno y Byron Howard, 2010) o ¡Rompe Ralph! (Rich Moore, 2012), con las tres dimensiones triunfantes a partir del puñetazo en la mesa que dio Pixar con Toy Story (John Lasseter, 1995). Pero es que, en los últimos tiempos, a Glen Keane le ha interesado dirigir.

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Y fruto de este sano interés que le sobrevino nada menos que a los sesenta años son cuatro cortos, el emocionante y encantador Duet (2014), con una espléndida banda sonora de Scot Blackwell Stafford (Pearl); el híbrido Nephtali (2015), correalizado con Benoît Philippon (Mune, le gardien de la lune); el sencillo Lux: Binding Light y el oscarizado Dear Basketball (2017). Un rodaje cuyo reconocimiento le ha permitido llevar a cabo Más allá de la Luna, que entraña el espíritu de su hogar fílmico por tantas décadas sin lugar a dudas: los Walt Disney Animation Studios, fundados en 1923.

‘Más allá de la Luna’: la sombra de Disney es alargada

Exponer la trayectoria de Glen Keane sirve a las mil maravillas para que los espectadores comprendan por qué Más allá de la Luna es así; los motivos de que pudiera confundirse con un nuevo clásico Disney, el quincuagésimo noveno, sin ningún problema. Sus elementos narrativos, que incluyen una trama familiar de enfoque juvenil, empeños de superación y el destino de la madurez, con detalles obvios que recuerdan traumas fílmicos generacionales de la compañía del ratón Mickey y hasta animalitos humanizados, no dejan lugar a muchas dudas. Y los números musicales con los protagonistas cantando son el remate definitivo.

Y que quede bien claro: si Ralph rompe Internet (Rich Moore y Phil Johnston, 2018) podría considerarse una dignísima aportación de Pixar sin serlo, no cabe lo mismo con Más allá de la Luna porque esta esencia completa, la suya, pertenece solo a Disney. Lo cual es una estupenda demostración, no ya de que la sombra de esta vieja factoría es alargada, sino de que Netflix puede competir con ella en su propio terreno sin mayores inconvenientes y salir airosa de semejante trance, un logro del que no muchos estudios de animación pueden presumir en verdad.

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La parodia desvergonzada de Shrek (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001) y sus tres secuelas, por ejemplo, no es propia de Disney en absoluto; la mala baba con corazoncito de La edad de hielo (Chris Wedge y Carlos Saldanha, 2002) y sus cuatro continuaciones o de Gru, mi villano favorito (Pierre Coffin y Chris Renaud, 2010) y su cuarteto de largos posteriores, tampoco. Pero la sinceridad a prueba de bomba de Más allá de la Luna sí lo es, y en el buen sentido: nos satisface pese a que no hay cinismo alguno en ella y su recorrido emocional resulta de una progresión transparente y una limpieza casi extemporánea.

Cae de pie porque uno no puede sino rendirse a su animación tan esmerada, de texturas realistas hasta lo palpable, y esplendorosa en su colorido y su luz. Porque Glen Keane y sus colegas la han hecho con un entusiasmo contagioso y mucho mimo, respetando las pautas cristalinas del último guion de la difunta Audrey Wells (El odio que das). Su fantasía desatada, con guiños a Viaje a Luna (Georges Méliès, 1902), Alicia en el País de las Maravillas (Clyde Geronimi, Hamilton Luske y Wilfred Jackson, 1951), La bella durmiente (Geronimi, 1959) y La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), nunca abruma.

Y los números musicales, que en otras películas como Tiana y el sapo (Clements y Musker, 2009), nacida muerta, estomagan hasta los ojos en blanco, no son plúmbeos y ni mucho menos directamente fastidiosos. Sin embargo, carcajadas nos ofrece las justitas y, mientras transcurre el metraje de Más allá de la Luna, esbozamos más bien una sonrisa sin dientes visibles. Porque aquí no se halla uno en los dominios de comedia ocurrente ni del genio cinematográfico. Pero lo que sí nos garantiza la nueva propuesta animada de Netflix es un drama creíble, un entretenimiento digno y, al final, después del rocambolesco viaje y de la evolución interior, unos instantes de verdad conmovedores.

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