Resulta difícil negar, sobre todo con los argumentos correspondientes y sin parecer alguien temerario, bobo, irracional o un peligroso demente, que la llegada de Pixar a los cines del mundo entero con Toy Story (John Lasseter, 1995) supuso un auténtico terremoto, no solamente por su técnica virtuosa sino también gracias a la originalidad y la frescura de sus guiones, emocionantes, ingeniosos y muy divertidos también. A lo largo de veintitrés años y con escasísimos pinchazos —como Cars 2 (Lasseter y Brad Lewis, 2011)—, sus largometrajes se han convertido en aquello a lo que otros estudios aspiran, habiéndolo logrado pocas veces:

Quizá, DreamWorks con las dos primeras partes de Shrek (Andrew Adamson, Vicky Jenson, Kelly Asbury, Conrad Vernon, 2001, 2004) y The Boss Baby (Tom McGrath, 2017), Blue Sky con la original y primera secuela de Ice Age (Chris Wedge, Carlos Saldanha, 2002, 2006) y Nickelodeon con Rango (Gore Verbinski, 2011). Y esta circunstancia no excluye a los estudios de animación de Disney, de cuya veterana empresa son subsidiarios los de Pixar desde 2006, y que por fin nos han entregado algo a su altura: la continuación de Wreck-It Ralph (Rich Moore, 2012), titulada Ralph Breaks the Internet (Moore y Phil Johnston, 2018).

ralph breaks the internet
Disney

Además de revelarse muy superior a la otra película, se trata de la más destacada de Disney en casi un cuarto de siglo, al menos desde El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994) y, como decimos, no tiene nada que envidiarle a Pixar en la naturaleza de su animación. Es más, en este filme hay tres aspectos muy agradecidos de los que suelen carecer los de la compañía con sede en la californiana Emeryville: un espíritu decididamente cafre en determinadas secuencias —las de Slaughter Race y la primera poscréditos son ejemplos muy oportunos—, una autoparodia corporativa descacharrante y un curioso conflicto dramático que se aleja de lo conservador en última instancia.

Cuando Ralph Breaks the Internet salta alegremente desde la orilla de lo amable e inofensivo, que es lo habitual tanto en Disney como en Pixar, y se sumerge en aguas de un humor más ácido, negro y hasta cruel, se acerca a hitos de sus competidoras, sea la saga de Shrek o la de Ice Age con la desventurada Scrat, pero no lo suficiente como para que le resulte intolerable a la compañía que se ha deshecho de James Gunn por una polémica absurda ni, claro, a los papás de los espectadores infantiles, y las carcajadas del público adulto con la sensibilidad pertinente se intensifican. Como con el despiporre de la grata secuencia autoparódica, lo mejor de la película sin discusión posible.

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Es cierto que los seguidores del cine animado de Pixar recordarán muy bien las parodias de otros filmes que se han visto en la trilogía inicial de Toy Story (Lasseter, Ash Brannon y Lee Unkrich, 1995-2010), en Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Unkrich, 2003) o en Ratatouille (Brad Bird, 2007); pero no estamos hablando de simples imitaciones burlescas o de recreaciones humorísticas de escenas famosas, que las hay igualmente en Ralph Breaks the Internet, sino de aquellas en las que Disney se ríe de sí misma, de sus películas animadas, de ahora y de siempre, y de las franquicias que ha adquirido.

Pero el guion de Pamela Ribon (Smurfs: The Lost Village) y el mismo Phil Johnston, que ya había escrito el de Wreck-It Ralph, no se queda ahí, sino que nos ofrece una reconstrucción interesantísima de los elementos de Internet y de cómo funciona su inmensidad, con un calado mucho mayor que la de los videojuegos en la película precedente. Y si a eso le añadimos que los diseños animados de Cory Loftis (Frozen), la imaginativa banda sonora de Henry Jackman (Kong: La Isla Calavera) y la planificación audiovisual de Johnston y Rich Moore (Zootopia) brillan con luz propia, Ralph Breaks the Internet se alza como una de las aventuras de animación más satisfactorias de los últimos años. Y eso que la competencia, con Pixar incluida, es feroz.