La película con la que acabó la fase tres del muy entretenido Universo Cinematográfico de Marvel y la llamada Saga del Infinito, la cual suma veintitrés entregas, fue Spider-Man: Lejos de casa (Jon Watts, 2019). El villano de la misma es Quentin Beck o Mysterio (Jake Gyllenhaal), quien se presenta como un aparente superhéroe de un universo paralelo que lucha contra los Elementales, llegados a la Tierra de los Vengadores a través de una grieta interdimensional causada por el devastador chasquido de Thanos (Josh Brolin) en Avengers: Infinity War (Joe y Anthony Russo, 2018), como el propio sujeto.

El Elemental de la Arena aparece en la localidad mexicana de Ixtenco; el del Agua, en Venecia; el del Fuego, en Praga; y el del Aire, en Londres. Pero, en realidad, Quentin Beck no procede de ningún universo alternativo, sino que se trata de un ex empleado de Stark Industries y especialista en ilusiones holográficas. Junto con otros antiguos empleados del difunto Tony Stark (Robert Downey Jr.), había puesto a punto una tecnología de hologramas y drones para crear la ilusión de los violentos asaltos de los Elementales. Y su objetivo es otro además del poder que proporciona que el mundo le considerase un héroe imprescindible.

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Para lograrlo, el fraudulento Mysterio quiere apoderarse de las gafas de EDITH, la inteligencia artificial de Iron Man con acceso a las enormes bases de datos de Stark Industries y control sobre multitud de peligrosísimas armas orbitales. El problema es que, como ilusiones holográficas, los Elementales no podrían causar daños verdaderos ni convencer a Peter Parker (Tom Holland) y compañía de que existen sin ocasionarlos. Pero sí destrozan y queman, y hasta empapan a Spider-Man, por lo que los drones de Quentin Beck y su equipo debían de ser capaces de ello. Y lo son, pero no lo han explicado debidamente, y hay quien se lo toma como un agujero considerable de guion.

Al descubrirse el pastel de Mysterio, el mismo Quentin Beck habla de “daños reales”. En la segunda mitad de la película, vemos cómo los drones disparan sobre unas columnas y las destrozan como si la mano del Elemental del Aire lo hubiese hecho. Pero ¿cómo ocultan el estruendo mayúsculo y los boquetes de los tiros? Y, durante el enfrentamiento final en Londres, los aparatos lanzan llamas y ondas sónicas, pero a lo bruto, sin la precisión que se requeriría en unas ilusiones holográficas tan espectaculares. ¿Y cómo debemos suponer que manejan lo que usa el Elemental del Agua? De eso, nada se sabe. Bastaría con que nos lo aclararan bien en el futuro.

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