La película más importante del último año fue Joker (Todd Philips, 2019). Poca discusión puede haber sobre esto: su inesperado estilo audiovisual por los mediocres antecedentes del director (Juego de armas), el gran trabajo de Joaquín Phoenix (Señales) para construir al inquietante Arthur Fleck, la repercusión enorme que tuvo y las distinciones de que fue objeto lo acreditan. Así, el interés por sus detalles de producción, inspiraciones incluidas, siempre ha sido notorio. Así que no parece que esté de más contar de dónde salió el incidente desencadenante del filme, el primer estallido de violencia del protagonista.

Si uno ve en Netflix la reciente serie documental Juicios mediáticos (desde 2020), que tiene al actor y cineasta estadounidense George Clooney (Los idus de marzo) como productor ejecutivo, encontrará el episodio “Subway Vigilante” (1x02), el cual firma su compatriota Skye Borgman (Abducted in Plain Sight). En dicho episodio se aborda un sonadísimo caso que había sacudido a la ciudad de Nueva York en diciembre de 1984: el de Bernie Goetz, al que la prensa había apodado el Justiciero del Metro porque disparó contra cuatro pequeños delincuentes que le importunaron en un tren la noche del día 22.

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Netflix

No hay que olvidar que Joker transcurre en Gotham, remedo de Nueva York, en 1981, la misma época durante la que la gente consideraba a la segunda “la capital del crimen de Estados Unidos”. Todos los días “había una gran masacre”, dicen en el capítulo documental. “Y no se limitaba a Harlem o al Sur del Bronx; podían asaltarte en la Quinta Avenida”. Porque Nueva York era tan horrible como Gotham entonces y en la película de Todd Philips, que incluye una escena en la que Arthur Fleck mata a tres ejecutivos de la Corporación Wayne que le agreden en el metro. A dos, en defensa propia, y al último, liquidándole tras perseguirle.

Como Goetz, el sufrido payaso de edad semejante había conseguido ilegalmente el arma de fuego con la que los asesina, huye del lugar del crimen, se convierte de pronto en el objetivo prioritario de la policía de Gotham, en el asunto favorito de la prensa —que le apoda del mismo modo— y en el tema principal de conversación del momento, y logra las simpatías de multitud de ciudadanos que están hasta las gónadas de una situación insostenible. Y ambos son hombres ligeramente encorvados, frágiles, que hablan con suavidad y las palabras justas y que querían protegerse después de haber sido asaltados.

Uno escucha en “Subway Vigilante” que, cuando los agresores empezaron a molestar a Goetz, “no se dieron cuenta de que era una bomba de relojería”. O que, durante el juicio de 1987 en el que fue absuelto de los cargos más graves, el fiscal Gregory Waples le había llamado “polvorín emocional con una pasión feroz y sangrienta”. O que, para muchos neoyorkinos, este sujeto era “un héroe popular”, se identificaban con él y defendían “su contraataque”, por cuya violencia “había miedo, espanto y expectación”. Y no puede evitar entonces que le venga a la mente Arthur Fleck, sus desventuras, desbordamiento psíquico y seguidores.

Sin embargo, la vida de Goetz no es precaria como la del pobre payaso de Joker, sino que se graduó en Ingeniería Nuclear y dirige una compañía de reparaciones electrónicas en Manhattan. Y sus víctimas eran unos jóvenes afroamericanos y solo los dejó muy malheridos. Así que Philips y el coguionista Scott Silver (The Fighter) decidieron prescindir del componente racial y de la lucha de los activistas políticos antirracistas y proarmas y añadir el descontento por el maltrato y el abandono a los que el sistema somete a personas como Arthur Fleck. Pero ninguno de los dos era “un caballero de brillante armadura”.