En situaciones extremas, a veces son necesarias medidas extremas. El problema viene cuando estas medidas las gobierna el miedo, como está ocurriendo durante estos días en los que tantos países nos encontramos sumidos en una cuarentena con la que se intenta frenar como sea la expansión del SARS-CoV-2.

Muchos científicos están manos a la obra, en busca de una vacuna efectiva, pero la ciencia necesita seguir unos tiempos, por lo que tendremos que esperar un año para disponer de ella. Mientras tanto, numerosos ensayos clínicos intentan analizar la efectividad de tratamientos que previamente habían dado buenos resultados con otras enfermedades, la mayoría de ellas también víricas. Por desgracia, donde hay miedo hay pseudociencias y tampoco podían faltar en este panorama. Mientras que la compañía fabricante de homeopatía Boiron ha hecho un alarde de cordura, explicando que sus productos no valen para tratar el coronavirus, otros defensores de las terapias alternativas, como el famoso Josep Pàmies, defienden a capa y espada el uso del MMS, esa sustancia similar a la lejía que ya cobró parte de protagonismo durante los inicios de la pandemia y que, lógicamente, no sirve para nada más que poner en peligro a quien la toma. La desesperación y el temor también han llevado a algunas personas a beber alcohol industrial bajo la creencia de que, si sirve para desinfectar por fuera, también matará al virus por dentro. Por desgracia, no solo no es así, sino que su ingesta puede causar problemas tan graves que 200 personas han muerto en Irán y Turquía por intentarlo. Solo uno de los remedios anunciados a bombo y platillo durante estos días parece tener evidencia científica: la cloroquina. Al fin y al cabo, ya se ha usado en algunos ensayos clínicos e incluso ha sido recomendada por uno de los miembros del consejo científico francés de Covid-19. ¿Qué podría salir mal? Lamentablemente, si no se siguen las directrices adecuadas, hay muchas formas de que salga mal.

De la malaria al coronavirus

El pasado 20 de marzo, el virólogo francés Didier Raoult, miembro del citado consejo científico, publicaba en International Journal of Antimicrobial Agents los resultados de un ensayo clínico en el que analizaba los efectos sobre los pacientes de Covid-19 de una mezcla de dos fármacos: la hidroxicloroquina y el antibiótico azitromicina.

La primera es un compuesto usado durante mucho tiempo para tratar la malaria, una enfermedad que, al contrario que la responsablee de la actual pandemia, no está causada por un virus, sino por un protozoo. A pesar de eso, sí que en el pasado se ha detectado que tiene un interesante papel antiviral. Lo explicaba recientemente en una entrevista para El Confidencial la investigadora del Instituto de Parasitología y Biomedicina del CSIC de Granada Elena Gómez Díaz. En el caso de la malaria, su efectividad se debe a que impide la reacción por la que el virus elimina una sustancia proveniente de los glóbulos rojos, que es tóxica para él, favoreciendo su muerte. Sin embargo, en el de algunos virus, como el causante del SARS, el MERS o el Zika, lo que hace es cambiar la composición de los receptores que el patógeno utiliza para poder infectar a las células.

Sea como sea, los estudios en SARS-CoV-2 se encuentran aún en fases muy iniciales, por lo que es pronto para poder considerar la hidroxicloroquina como un fármaco adecuado. De hecho, el estudio publicado por Raoult se ha llevado a cabo de una forma muy apresurada y con algunos errores metodológicos, como han asegurado muchos expertos durante estos días.

Sin embargo, eso no ha impedido que se inicie una “guerra” en todos los países afectados por conseguir el mayor número posible de reservas de este fármaco, utilizado también para el tratamiento de otras enfermedades más comunes, como la artritis. Numerosos farmacéuticos, tanto en España como en otros países, han manifestado estos días su sorpresa ante la afluencia de personas solicitando el fármaco en cuestión, iniciando una fiebre similar a la que se generó en 2009 con el Tamiflu a causa de la epidemia de gripe A.

Y como no podía ser de otra manera, uno de los mayores entusiastas de esta medida ha sido Donald Trump, cuyos consejos han llevado a los estadounidenses a buscar la cloroquina en cualquier lugar, a veces sin pensar en las consecuencias que esto podría tener para ellos.

La cara más peligrosa del miedo

Tras escuchar el anuncio de su presidente, una pareja sexagenaria de Arizona, atemorizados por la posibilidad de contraer el coronavirus, decidió comprar una caja de este fármaco para tomarlo de forma preventiva. No pudieron dar con él, por lo que decidieron buscarlo en su hogar.

Así fue como dieron con un líquido para la desinfección de acuarios que guardaban desde un tiempo en el que tenían peces koi en casa. Entre sus ingrediente se encontraba el fosfato de cloroquina, un compuesto similar a la hidroxicloroquina que precisamente se utilizó antes para el tratamiento de la malaria.

Ambos tomaron la dosis que consideraron conveniente, pero no tardaron en comenzar a sentirse mal, viéndose obligados a acudir a las urgencias del Sistema Hospitalario Banner Health. No pudieron hacer nada por él, mientras que ella tuvo que ser ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos. Poco después declararía en una entrevista que sabían que la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos no había autorizado la comercialización del fármaco para tratar el SARS-CoV-2, pero que Trump lo aseguraba muy convencido en televisión.

Efectivamente, la hidroxicloroquina (no el fosfato de cloroquina) está en investigación como posible tratamiento de Covid-19. Sin embargo, en los ensayos clínicos se emplea en dosis muy concretas y bajo la supervisión de un especialista. Una cantidad más elevada de la sustancia puede ser fatal, como pudo comprobar tristemente esta pareja. O las 200 personas que bebieron alcohol, o quienes crean que la lejía puede curar el coronavirus. Solo la ciencia tiene las respuestas y, por mucho que la situación apremie, debe disponer de unos tiempos adecuados. Quizás lo veamos con fastidio, pero es la única manera de que podamos tratarnos de una forma segura. Y precisamente por eso son tan necesarias también las medidas sociales. Todos tenemos poder para frenar esta pandemia. Mientras tanto, tendremos que dejar de confiar en milagros y hacerlo en la ciencia.