El Universo Cinematográfico de Marvel es, además de un entretenimiento muy agradecido, una ensalada de referencias más o menos ocultas y fáciles de descubrir e interpretar. Hay críticos que se quejan de que ir al cine es ahora como plantarse en un templo religioso habiéndose aprendido el devocionario correspondiente, estando al día de todo lo anterior que ha sucedido en una saga superheróica como esta; lo cual no es más que gruñir porque tienen que hacer su trabajo. No obstante, hay que ser un friki a lo Kevin Feige para poder detectar cierto huevo de pascua en Avengers: Endgame (Joe y Anthony Russo, 2019).

Porque determinado grado de frikismo incluye conocer datos personales de los autores de las obras culturales que se aman; por ejemplo, el guionista de cómics neoyorkino Stan Lee. Pero al meollo de la cuestión: en la primera escena poscréditos de Ant-Man y la Avispa (Peyton Reed, 2018), el Scott Lang de Paul Rudd (Friends) queda atrapado en el Reino Cuántico porque Hank Pym (Michael Douglas), Janet van Dyne (Michelle Pfeiffer) y su hija Hope (Evangeline Lilly) desaparecen a causa del terrible chasquido de Thanos (Josh Brolin), y no pueden usar los controles para sacarle de allí.

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Cuando regresa a este mundo gracias a un roedor que pone en marcha el túnel cuántico en Avengers: Endgame al pasar por encima de los botones, han transcurrido cinco años; y al enterarse de la tragedia desencadenada por el Titán Loco, corre al monumento en memoria de los desaparecidos para buscar, entre otros, el nombre de su hija Cassie (Emma Fuhrmann), pero el que descubre es el suyo. Y debajo del mismo hay otro: Charlotte Lee, que coincide con el de la minipomerania de Stan ídem, perdida en marzo de 2018 y devuelta unos días después, durante los que Hollywood Hills, en Los Ángeles, se llenó de carteles sobre la perrita desaparecida sin ningún chasquido.