El de la ciencia no es un camino lineal. Muchos grandes descubrimientos tuvieron lugar de forma totalmente casual, cuando se estaba intentando investigar otra cosa, o incluso directamente, sin que hubiese ninguna investigación en curso. Otras veces algo que estaba ya más que descrito resulta tener una utilidad muy diferente a la que se creía un principio.

Esto es algo muy común en farmacología. Un medicamento que había sido desarrollado con un fin concreto de repente genera un efecto secundario inesperado que hace necesario retroceder a los orígenes, analizar su composición y establecer qué otras afecciones podría tratar en base a ese nuevo resultado. Son varios los ejemplos de sustancias con los que se ha dado esta sucesión de acontecimientos, desde la famosa Viagra hasta uno mucho más reciente, que se encuentra actualmente en investigación y que podría beneficiar a muchos pacientes con párkinson.

Viagra, de la angina de pecho a la disfunción eréctil

La historia de la Viagra es quizás uno de los ejemplos de serendipia científica más conocidos. Esta palabra hace referencia a aquellos descubrimientos que tuvieron lugar por pura casualidad, cuando en realidad era otra cosa la que se estaba investigando. En el caso de este fármaco, cuyo nombre genérico es sildenafilo, se desarrolló en un inicio para el tratamiento de la angina de pecho.

Los famosos laboratorios Pfizer estaban a cargo de los ensayos clínicos, cuando descubrieron que no lograban los resultados buscados, pero sí un curioso efecto secundario, reportado por la mayoría de voluntarios: erecciones especialmente potentes y duraderas.

Veinte años de Viagra, una pastilla fruto de la casualidad

Uno de los científicos, de la compañía, Chris Wayman, hizo gala de eso de “si la vida te da limones, haz limonada”, aunque en este caso eran erecciones lo que le estaba dando la vida y la empresa podría aprovecharlas para sacar al mercado un medicamento que pasaría a la historia. Decidió reformular la estrategia y comprobar los efectos del sildenafilo en una serie de muestras de tejido del pene, conectadas a su vez a un dispositivo que, a través de un interruptor, enviaba hacia ellas un impulso eléctrico.

Si presionaba el botón sin añadir nada más no ocurría nada. Sin embargo, si lo hacía después de añadir el fármaco que estaba estudiando, los vasos sanguíneos presentes en los tejidos se relajaban, del mismo modo que ocurre cuando un hombre tiene una erección.

Era la prueba que necesitaba para comenzar de nuevo a andar el camino de los ensayos clínicos, esta vez con un objetivo diferente, con el que sí pudo llegar a la meta sin problemas. Y así fue como nació esa pastillita azul que tantas alegrías ha dado desde entonces.

Liraglutida, de la diabetes tipo 2 al alzhéimer

A veces el secreto no está en un mal enfoque inicial del fármaco, como ocurrió con la Viagra, sino en los paralelismos entre dos enfermedades que aparentemente no tienen nada que ver. Es el caso de la diabetes tipo 2 y el alzhéimer.

En 2018, el equipo de una investigadora de la Universidad de Queen, Fernanda De Felice, descubrió la existencia de un mecanismo que lleva a la inflamación de diferentes partes del cerebro, así como a intolerancia a la glucosa, alteraciones de la memoria y degeneración de las conexiones entre neuronas. Además, se sabe también que el cerebro de los pacientes con alzhéimer tiene una menor respuesta a la insulina que el de personas sanas.

Un paso más para restablecer la memoria en pacientes con alzhéimer

Esto indica que enfermedades relacionadas con el metabolismo de la glucosa, como la diabetes, pueden tener una estrecha relación con los trastornos degenerativos, de modo que algunos fármacos dirigidos al tratamiento de las primeras podrían servir para las segundas, siempre que la vía a la que se dirigen sea esa que comparten.

Es el caso de la Liraglutida, un medicamento antidiabético, cuya investigación ha mostrado su capacidad para revertir el deterioro cognitivo y restaurar las conexiones neuronales en primates no humanos. Al contrario de lo que ocurrió con la Viagra, este fármaco sigue teniendo su uso original y aún no se comercializa para otros fines, pero la ciencia está señalándolo como un claro aliado en la lucha contra una enfermedad terrible. Y eso es digno de remarcar.

Ambroxol, de la tos al párkinson

Los fármacos antidiabéticos no son los únicos que han mostrado tener cierta utilidad de cara al tratamiento de los síntomas característicos de las enfermedades neurodegenerativos.

Buen ejemplo de ello es el caso publicado recientemente en un estudio de la revista JAMA Neurology. En él, un equipo de científicos del University College de Londres (UCL) muestra una nueva utilidad de un fármaco con el que muchos estamos más que familiarizados, por su extendido uso para el tratamiento de la tos: el ambroxol.

Por el momento, solo han llevado a cabo un pequeño ensayo clínico, que ya ha superado la fase II con muy buenos resultados, pues ha mostrado ser seguro y bien tolerado por los pacientes, además de tener un posible efecto neuroprotector. No obstante, para confirmar esto último, será necesaria más investigación, para la que ya han conseguido la financiación necesaria.

En este nuevo paso participarán una mayor cantidad de voluntarios y, además, se aprovechará para analizar cómo los genes de pacientes individuales pueden contribuir a la enfermedad. De momento, se sabe que la enfermedad parece estar asociada a mutaciones en el gen GBA1. Esto se debe a que, al anularse este gen, no pueden sintetizarse unas proteínas, llamadas glucocerebrosidasas, cuya función es eliminar la acumulación dañina en el cerebro de otras proteínas, denominadas alfa-sinucleínas.

El Apple Watch del futuro ayudaría a tratar el Parkinson

Se ha observado que, a determinadas dosis, el ambroxol promueve la síntesis de glucocerebrosidasas, por lo que se dotaría al paciente de una mayor cantidad de estas “barrenderas cerebrales” y, con ellas, se reduciría la cantidad de esa “basura” que conduce a la enfermedad de Parkinson.

De momento, los ensayos clínicos han mostrado que tiene la capacidad de superar la barrera hematoencefálica, una “muralla” que restringe el paso de posibles sustancias tóxicas entre la sangre y los fluidos cerebrales. Es importante que los fármacos sí logren rebasarla, por lo que este primer dato es una gran noticia de cara al éxito del tratamiento.

Una vez superado este primer obstáculo, los niveles de glucocerebrosidasas en el líquido cefalorraquídeo aumentaron en un 35%. Además, los resultados de los pacientes en las pruebas dedicadas a medir su capacidad motora también se vieron mejorados.

Realidad virtual para ralentizar la evolución del párkinson, la ‘medicina’ del futuro

De nuevo, al igual que ocurría con la diabetes y el alzhéimer, el ambroxol sigue usándose solo en jarabes para la tos. No obstante, este tipo de investigaciones le auguran un gran futuro alternativo.

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