Entre 2002 y 2003, el Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SARS) mató a 774 personas e infectó a 8.098 en un total de 29 países. A día de hoy, el coronavirus de Wuhan ha superado la cifra de enfermos, con más de 20.600 personas, pero las muertes se sitúan muy lejos, en 427, lo que supone una tasa de mortalidad mucho más baja.
Afortunadamente, son virus diferentes en lo que a letalidad se refiere, pero muy parecidos en otros sentidos. No solo por el hecho de que ambos son coronavirus, sino también por tener un origen común y una forma muy similar de infectar a los seres humanos. Que el 2019-nCoV se parezca tanto al SARS puede parecer preocupante; pero, en realidad, como bien explican los autores de dos estudios recién publicados en Nature, es una gran noticia, pues se confirma que el trabajo previo realizado tras el brote de 2002 puede ayudar a desarrollar vacunas o tratamientos eficaces frente a esta nueva amenaza.

Conociendo al enemigo

El objetivo de los dos estudios que se acaban de publicar es conocer a fondo al nuevo coronavirus y, para ello, es importante analizar exhaustivamente su material genético, compuesto en su caso por ARN.

El primero de estos trabajos, llevado a cabo por científicos del Instituto de Virología de Wuhan, se centra en el estudio de muestras de virus extraídas de siete pacientes, seis de los cuales trabajaban en el ya famoso mercado de marisco en el que parece ser que empezó el brote. Todos manifestaban síntomas de neumonía grave, una de las complicaciones más comunes de 2019-nCoV, pero también del Síndrome Respiratorio Agudo Severo.

Se comprobó que alrededor del 70% de las muestras eran idénticas entre sí y, además, que su secuencia genética tenía una coincidencia del 79’5% con la del SARS.

Además, coincidía con el 96% de los códigos extraídos de otros coronavirus procedentes de murciélagos, por lo que este sigue siendo el candidato más aceptado como transmisor original de la enfermedad.

En cuanto al segundo estudio, realizado por investigadores de la Universidad de Fudan, en Shanghai, y el Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades, se centra en un solo paciente, concretamente un hombre de 41 años que también trabajaba en el mercado y que fue uno de los primeros enfermos detectados.

Esta vez, las similitudes fueron aún mayores, pues se encontró un 89% de coincidencia con los betacoronavirus, un grupo al que pertenece también el SARS.

Piezas similares el rompecabezas

No todos los virus pueden infectar a todas las especies animales ni a todas las células del organismo.

En realidad están cubiertos por proteínas que actúan como piezas de rompecabezas, pues solo pueden unirse a unos pocos receptores, situados en especies y células muy concretas. Es la razón por la que la peste porcina africana no afecta a los humanos o la gripe no actúa sobre las células del tracto digestivo. Tras secuenciar el genoma del nuevo coronavirus, se comprobó que “encaja” en ACE2, un receptor presente en humanos, pero también en otras especies como el cerdo, el murciélago y la civeta. Esta última es un mamífero similar a la comadreja que, de hecho, se considera responsable del salto del SARS hasta los humanos en 2002.

Pero no todos los coronavirus pueden pasar de estas especies a los humanos. Según explicaba a Business Insider el virólogo Vincent Munster, solo los betacoronavirus pueden pasar de estos animales a los humanos y anidar en sus vías respiratorias, en cuyas células se encuentran los receptores específicos para ellos. No obstante, a veces pueden mutar y adquirir la capacidad de adaptarse a los receptores de otras especies.

De momento, gracias a estos dos estudios, sabemos que tanto el SARS como el 2019-nCoV pueden unirse a ACE2 y eso, lejos de ser un problema, es una gran ventaja.

Tratamientos compartidos

Al unirse a las células humanas del mismo modo, ambos virus podrían tratarse de un modo muy similar. Por desgracia, no hay ni vacunas ni tratamientos definitivos frente al SARS, pero sí algunos ensayos preclínicos, con muy buenos resultados. Y es en ellos en los que están trabajando ahora mismo científicos de todo el mundo.

Estas son una de las estrategias que se están empleando, pero no la única. También puede ser eficaz el uso de sueros a base de anticuerpos extraídos de pacientes que ya han pasado por la enfermedad. Este es, por ejemplo, uno de los tratamientos empleados en pacientes con virus como el ébola.

También se han comenzado los primeros ensayos con pacientes de antivirales desarrollados para el tratamiento de otros virus, como la gripe o, de nuevo, el ébola. Es el caso de fármacos como Lopinavir, Ritonavir, Oseltamivir y Remdesvir.

Buscando al culpable

Si bien parece claro que la enfermedad surgió en los murciélagos, a día de hoy no se sabe con seguridad si fue transmitida a los humanos directamente por ellos o si, igual que ocurrió con la civeta y el SARS, hubo alguna especie intermedia que llevara el coronavirus hasta el mercado.

En un principio se apuntó a la posibilidad de que se tratara de serpientes, pues su carne es también muy preciada en el país asiático y su genoma parecía tener ciertas coincidencias. No obstante, una secuenciación más exhaustiva mostró que esto no era posible.

A falta de responder a esta pregunta, la enfermedad sigue su curso, pero las estrategias de contención de todo el mundo están ayudando a mantenerla bajo control. Además, el número de infectados parece estar llegando ya a la meseta, en la que se mantendrán estables, para comenzar por fin a descender. No es momento para el miedo y mucho menos para la xenofobia, como se está viendo estos días en redes sociales. Es momento para la calma, la cautela y la ciencia. En situaciones como esta, que no nos falte nunca la ciencia.

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