A nadie le debe extrañar que una industria con una voracidad tan desinhibida como la del cine, la cual aprovecha cualquier recurso narrativo que se le pone por delante, decida ambientar un buen montón de películas en las fechas señaladas del año. Como, por ejemplo, Nochevieja; en la totalidad del metraje o solo en una secuencia determinada. Sin embargo, del más de un centenar de filmes más o menos conocidos de estas características, no muchos sobresalen de veras. Hay quienes estarían dispuestos a señalar obras como Cabalgata (Frank Lloyd, 1933), triunfante en los Óscar; El crepúsculo de los dioses (Billy Wilder, 1950), con un solo invitado a la fiestecita de una antigua estrella del celuloide mudo; o El apartamento (Wilder, 1960), que concluye en fin de año con una partida de Gin Rummy.

O Esplendor en la hierba (Elia Kazan, 1961) y su despendole con reprimenda parental incluida; La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968) y sus ancianos vecinos que proponen un brindis por una nueva era demoníaca; Días de radio (Woody Allen, 1987) y todo el grupo familiar alrededor del aparatejo, pendientes de la fiesta que disfrutan otros; Cuando Harry encontró a Sally (Rob Reiner, 1989) y su declaración amorosa; Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992) y el reencuentro de los colegas universitarios con sorpresa; Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997) y la celebración que acaba inesperadamente con cuatro tiros; o El hilo invisible (Anderson, 2017) y la multitud de disfraces, los globos cayendo y el protagonista aguafiestas.

Pero sus responsables no son los únicos cineastas con cierto renombre que han escogido o les ha venido incluida la Nochevieja en el proyecto de sus rodajes, independientemente de si el resultado ha sido espléndido o una castaña pilonga; y entre más de una treintena así, están Michael Curtiz en Los crímenes del museo (1933), David Lean en Amigos apasionados (1949), Blake Edwards en Operación Pacífico, Ivan Reitman en Cazafantasmas 2 (1989), Polanski en Lunas de hiel (1992), Joel y Ethan Coen en El gran salto (1994), Kathryn Bigelow en Días extraños, Robert Rodríguez y Quentin Tarantino en Four Rooms (1995) o Álex de la Iglesia en Mi gran noche (2015), con unos cuantos en el tintero.

Lo mejorcito, no obstante, es La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925) para empezar. En este largo, el pícaro y entrañable personaje de Charlot invita a su mísera cena de fin de año a una bailarina y esta le dice que acudirá sin intención alguna de hacerlo. Y el pobre hombre se duerme durante la velada, esperando; sueña que es anfitrión de varias comensales e idea la imaginativa e inolvidable coreografía con los panecillos y los tenedores. Y el famoso beso de la muerte de un hermano Corleone a otro en El Padrino 2 (Francias Ford Coppola, 1974), por haberle traicionado a él y a la familia y haberle roto el corazón, se produce durante una fiesta de fin de año en Cuba, el mismo día que el dictador Fulgencio Batista puso los pies en polvorosa.

Tantas veces habremos permanecido frente al televisor cuando algún canal emitía esa delicia filmada que es Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994), y en tantísimas ocasiones habremos contemplado la felicitación de nuestro querido protagonista (Tom Hanks) al gran Teniente Dan Taylor (Gary Sinise), sobre cuyas largas greñas caía el confeti. Y, como las fechas especiales dan para experiencias en la misma línea, la primera vez que Carol Aird (Cate Blanchett) y Therese Belivet (Rooney Mara) y se besan por fin e intiman y hacen el amor en la inspirada Carol (Todd Haynes, 2015), por lo que se estrena así la segunda en esta clase de relaciones, es precisamente en la noche de fin de año.

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