Una de las personalidades cinematográficas más indiscutibles, independientes y desafiantes de la entera historia del séptimo arte es, sin lugar a dudas, la del británico Charles Chaplin (1889-1977). Comenzó realizando cortometrajes cómicos mudos, tontorrones y deslavazados y, cuando su éxito le permitió tomar el control de verdad en el los filmes que hacía, llegó a la cumbre del humor físico inteligente, combinándolo con el melodrama más sencillo y sincero, y fue uno de los pocos que, no sólo sobrevivió al trago de pasarse al cine sonoro, sino que incluso fue entonces cuando nos brindó sus mejores películas.

Difícil de olvidar es su personaje más famoso, ese vagabundo que viste frac, pantalones y zapatos demasiado grandes y lleva bastón de caña y bombín, sentimental, de buenos modales y andares de pingüino, siempre torpe y, a veces, mezquino; como inolvidable es su enternecedora asociación con la perrita Scraps en Vida de perro (A Dog’s Life, 1918) y con El chico (The Kid, 1921), ese zapato guisado que almuerza en La quimera del oro (The Gold Rush, 1925), su relación absolutamente conmovedora con la florista ciega en Luces de la ciudad (City Lights, 1931), el obrero metalúrgico pasando entre los engranajes de una máquina gigantesca en Tiempos modernos (Modern Times, 1936) o el primer discurso abiertamente ateo de la historia del cine en Monsieur Verdoux (1947). Charles Chaplin nos regaló todo eso y más. Pero veamos qué fue lo más brillante.

Charlot en la calle de la paz (Easy Street, 1917)

El bueno de nuestro vagabundo favorito acepta un puesto de policía para impresionar a una chica, y esto le traerá muchos problemas con los delincuentes de una calle poco acogedora. Demuestra que entre la pobreza y la criminalidad también hay sitio para las carcajadas, sobre todo en el frenesí de su último tramo.

Charlot en el balneario (The Cure, 1917)

Siempre he dicho que no he visto a nadie interpretar a un hombre ebrio mejor que a Chaplin. Si queréis saber por qué, no tenéis más que ver este cortometraje sobre un alcohólico que llega a un balneario para pasar unos días y desata una catástrofe detrás de otra. Es divertidísimo y muy ocurrente, el ritmo nunca decae, se aprovechan todas las posibilidades que ofrece cualquier situación humorística y “sus coreografías cómicas” son impecables. El fruto del ingenio del cómico absoluto del cine mudo, de un mimo maravilloso que se sabe en la plenitud de sus facultades.

Charlot, emigrante (The Immigrant, 1917)

Una de las imágenes cinematográficas que se me ha quedado grabada desde que la vi de niño pertenece a este cortometraje: un plato de sopa para dos que se va moviendo a un lado y a otro de la mesa con el balanceo de un barco, aquel en el que llega nuestro protagonista a Nueva York, con una chica en apuros a la que decide ayudar. Inmortal peripecia con buenos sentimientos.

El aventurero (The Adventurer, 1917)

Un preso fugado huye de la policía y, por una serie de circunstancias, acaba en una velada de la alta sociedad, tratando de conquistar a una mujer. Para el recuerdo, su graciosísimo enfrentamiento con el otro pretendiente. Y las persecuciones son de antología.

Armas al hombro (Shoulder Arms, 1918)

Este mediometraje cuenta la odisea de un excéntrico soldado en el frente de la Primera Guerra Mundial. Nada hay tan sagrado para Chaplin que no se pueda hacer bromas con ello, incluido el horror de la guerra, y eso está bien. De lo contrario, nos habríamos perdido ocurrencias como la de la trinchera inundada; no os la perdáis.

El peregrino (The Pilgrim, 1923)

Otro preso fugado, quizá el mismo que el aventurero, no pierde la oportunidad de hacerse pasar por un sacerdote en su huida, y los enredos que se van sucediendo son una gozada. No digo más.

El gran dictador (The Great Dictator, 1940)

En su primera película sonora, Chaplin nos obsequió está maravillosa sátira del fascismo en la que se ríe sin piedad del mismísimo Adolf Hitler, de su ideología y del régimen que implantó, y lo hizo en plena Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos aún no se había remangado para intervenir. La elocuente escena del globo terráqueo, la parodia de las arengas hitlerianas y, sobre todo, el grandioso discurso final, extraordinario por lo vívido y emocionante que resulta, tienen su sitio en la memoria colectiva del cine mundial.

Candilejas (Limelight, 1952)

La joya de la corona, la que debió ser su última obra y testamento cinematográfico es un melancólico ajuste de cuentas con su carrera, con su propia vida y consigo mismo, sin concesiones, que hace reír y espolea y emociona a partes iguales. Y que Chaplin comparta en ella plano, escena y número con el gran Buster Keaton es sólo una de las satisfacciones que nos ofrece esta película imperecedera.