– Nov 1, 2019, 16:00 (CET)

Carrie Fisher: la princesa inmortal

En Star Wars: el ascenso de Skywalker, veremos el último homenaje a Carrie Fisher como la princesa Leia Organa, una semana antes del tercer aniversario de su muerte. Pero ¿quién será más recordado, el personaje o la actriz? ¿Cuánto había de Carrie en Leia?

El tráiler final de Star Wars: el ascenso de Skywalker es todo nostalgia, emoción y promesas de un final de trilogía que debe ser épico para alcanzar las expectativas de, al menos, tres generaciones de fans. También es la última vez que veremos a Carrie Fisher como la princesa Leia. Una despedida por partida triple: trilogía, saga y protagonista. Casi no importa que Harrison Ford dejara ir a Han Solo en El despertar de la Fuerza, ni el misterioso final de Mark Hamill como Luke Skywalker en Los últimos jedi; Leia siempre fue el alma de la franquicia y la muerte de Fisher en 2016 supuso un mazazo del que muchos fans aún no se han recuperado.

Por primera vez, su nombre aparece antes que el de sus compañeros de reparto en el cartel promocional de la cinta. En la trilogía original, era Mark Hamill quien lideraba el plantel por contrato, como lo ha hecho también en el Episodio VII y el Episodio VIII. El hecho de que Fisher haya tomado el relevo ahora demuestra la importancia de su personaje en la saga, incluso a título póstumo. Un gesto que puede parecer mínimo, pero que pone el toque final a una cinta que parece hecha para los fans de Leia Organa, a la que podremos volver a ver gracias al metraje rescatado de El despertar de la Fuerza.

¿Qué la hace tan especial? ¿Fue el personaje o la propia Carrie quien se convirtió en un icono de masas? La respuesta es ambas. Si Star Wars rompió barreras en lo audiovisual y revolucionó el cine de finales del siglo pasado, Leia era su estrella más brillante. La heroína como nunca la habíamos visto antes: resuelta, independiente, mordaz y divertida. Capaz de inutilizar a toda una horda de soldados imperiales sin despeinarse el icónico cabello trenzado. Llegó más dos décadas antes que Hermione Granger o Katniss Everdeen y estableció las bases del arquetipo de personaje femenino fuerte e independiente.

Sin embargo, Carrie Fisher era un símbolo en sí misma. Primogénita de la pareja del momento en los años cincuenta, la actriz Debbie Reynolds y el ídolo juvenil Eddie Fisher, Carrie vivió siempre delante de los focos. Junto a su hermano, fue la víctima colateral del escandaloso divorcio de sus padres cuando Fisher abandonó a su familia para casarse con Elizabeth Taylor. Resiliente como siempre ha demostrado ser, entró al mundo del espectáculo siendo apenas una niña. Con 15 años debutó en Broadway con Irene, protagonizada por su madre, y a los 17 obtuvo su primer papel en la gran pantalla junto a Warren Beatty en Shampoo. Con solo 19 años consiguió el papel protagónico en Star Wars y alcanzó el estrellato.

Nada la protegió de los excesos de la industria del cine ni de las malas compañías, y cayó presa de las tentaciones de la drogadicción. Cocaína, heroína, ácido. Todo le iba bien para acallar las voces de su cabeza y hacer que se sintiera más “normal”. No fue hasta los 24 años cuando le diagnosticaron trastorno bipolar y al menos hasta los 28, después de una sobredosis, cuando ella se tomó en serio su enfermedad y encontró una medicación adecuada.

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A pesar de todo, su relación con las drogas siempre estuvo presente y recorrió un tortuoso camino de encuentros y desencuentros que terminó con su muerte en 2016. Al ataque al corazón que sufrió en un vuelo desde Londres le siguió el rastro de cocaína y heroína que se encontró en la autopsia. Carrie Fisher no tuvo una vida fácil o falta de controversia y, aún así, se convirtió en ejemplo para muchos.

En el espacio también hay dobles estándares

Probablemente, la imagen más conocida de su personaje es la del infame bikini metálico que se ve obligada a llevar durante su cautiverio a cargo de Jabba the Hutt en El retorno de los jedi. Infinitamente sexualizada por esa escena —unos dos minutos del tiempo total de la saga—, Fisher tuvo una relación conflictiva con ella. Dejó claro en varias ocasiones que no eligió por sí misma vestir el bikini, pero incluso humillada y denigrada como lo está en esa escena, Leia se sobrepone y toma las riendas de la situación matando al alienígena y salvándose a sí misma.

Es el mejor ejemplo de los valores e ideales que representa la princesa Leia en el imaginario de Star Wars y la razón por la que es un icono aún a día de hoy. Las niñas de varias generaciones han contemplado su papel protagónico en la salvación de la galaxia, su fortaleza y su capacidad para superar las situaciones más complicadas. Al final del día, no importa que su personaje fuera capturado; solo que consigue liberarse y vengarse de su captor. Un modelo a seguir para las jóvenes, muy poco acostumbradas en los años setenta a heroínas como ella.

Como Leia, Carrie Fisher fue un ejemplo de fortaleza y superación. Desde que aceptara su diagnóstico de trastorno bipolar, se convirtió en una verdadera activista por la salud mental. Nunca trató de ocultarlo, al contrario: habló de su enfermedad claramente y sin tapujos y nos dejó ver las secuelas más oscuras. Durante cuatro décadas pasó por innumerables tratamientos y medicaciones, a veces combinadas con otras drogas. El trastorno la llevaba de la euforia más absoluta a la depresión y la convertía en una mujer impulsiva e impredecible. Aún en sus mejores épocas, la actriz admitió que tenía muchos comportamientos obsesivos, aunque intentaba canalizarlos hacia otras actividades, como el cuidado de su jardín.

Durante toda su vida, luchó contra el estigma que afecta a las enfermedades mentales y no se avergonzó de padecer una. “A veces, ser bipolar puede ser un reto que te consume, requiere muchísimo aguante y valor, así que si vives con esta enfermedad y eres una persona funcional, es algo de lo que estar orgulloso, no avergonzado”, decía en sus memorias, Wishful Drinking. Y es que Fisher se enfrentaba a la sociedad con la misma fiereza con que Leia lideraba la rebelión.

Cuando retomó su papel como princesa de la galaxia en El despertar de la fuerza, Disney le pidió que adelgazara unos veinte kilos. La actriz lo comentó en una entrevista tiempo después: “no querían contratarme a mí, solo a tres cuartas partes”. Su aspecto físico fue largamente comentado por los medios tras esta reaparición en el cine para volver a sus orígenes, uno de los aspectos del espacio público contra el que Fisher siempre luchó. “De lo que no me di cuenta cuando era esa joven pinup de 25 años para frikis era que había firmado un un contrato invisible para tener el mismo aspecto durante los siguientes 30 o 40 años. Bueno, pues claramente he roto el contrato”, decía en su libro Shockaholic.

Sobre por qué su personaje en la trilogía nunca tuvo un sable láser, la actriz simplemente respondió que, “incluso en el espacio, hay dobles estándares”. No le faltaba razón, ya que tuvimos que esperar hasta el Episodio VIII para ver a Leia utilizar la Fuerza. A pesar de ser “la única chica en una fantasía masculina”, para Fisher su personaje era alguien a quien admirar.

“Soy la princesa Leia, pase lo que pase”

Más allá de Leia Organa, Fisher demostró un talento notable para la escritura, cimentado sobre su eterno sentido del humor. Así, su primera novela, la semibiográfica Postcards from the edge (1987) se convirtió en best-seller y, tres años más tarde, saltó a la gran pantalla con Meryl Streep y Shirley MacLaine. La cinta recolectó críticas generalmente favorables y fue la plataforma que ayudó a Fisher a dar el salto de actriz a guionista.

Adaptó el guion de esta primera película, así como These Old Broads, una comedia para televisión en la que aparecen su madre, Debbie Reynolds, Elizabeth Taylor y Shirley MacLaine. Además, se convirtió en asesora de guion, un cargo que desempeñó en algunos filmes bien conocidos, como Sister Act o la cinta animada Anastasia. El afán por el guion le venía de lejos, ya que en Star Wars: episodio IV, donde la historia cambió constantemente a lo largo del rodaje, los propios actores tuvieron bastante libertad para moldear sus intervenviones.

“Harrison Ford reescribía su parte en todas las películas de Star Wars y empezó a ser molesto porque afectaba a mi parte”, comentaba Fisher en 2008, “como actriz, es fácil reescribir porque sabes lo que va a quedar bien en tu boca. Le decíamos a George Lucas «puedes escribir esta mierda, pero no se puede decir en voz alta». En El retorno de los jedi reescribí parte de mis diálogos”. y tanto gustaron sus notas que, cuando George Lucas emprendió la tarea de filmar la trilogía de precuelas, ella se convirtió en guionista asesora: “me pidió que animara un poco las precuelas”.

Durante años, combinó la actuación, sobre todo en películas para televisión o series, con la escritura. Nos regaló cuatro novelas y tres libros biográficos, desde Wishful Drinking —unas memorias que fueron, primero obra teatral, y después documental para HBO— hasta El diario de la princesa, donde confesó por primera vez haber mantenido un affair con Harrison Ford mientras rodaban Star Wars.

Por impresionante que sea su currículum o sus logros como activista, Carrie Fisher siempre será recordada como la princesa Leia, y no es algo que le molestara nunca: “Soy la princesa Leia, pase lo que pase. La princesa Leia estará en mi lápida”. En el Episodio IX, por fin, su nombre aparecerá antes que el de sus compañeros de reparto en un último homenaje para la princesa más famosa de la galaxia.