Aunque uno de los principales enemigos de los conductores debería ser el alcohol, muchos tienen una idea equivocada de la situación y consideran que los malos de la película son, en realidad, los alcoholímetros.

Sin embargo, este dispositivo es un invento muy útil para detectar a aquellas personas que, habiéndose pasado con el consumo de esta sustancia, ponen en peligro su vida y, lo que es peor, la del resto de pasajeros que se cruzan en la carretera. Como ocurre con otras tecnologías, su funcionamiento ha cambiado a lo largo de los años, pero siempre ha tenido mucha ciencia detrás, empezando por conceptos relacionados con el espectro electromagnético y siguiendo con una reacción química especialmente cotidiana.

De la sangre al aire

Antes de entrar en los métodos empleados, es necesario comprender que lo ideal sería analizar la cantidad de alcohol en sangre, pero esto requiere técnicas demasiado invasivas y logísticamente complicadas como para realizarlas a pie de carretera. Por eso, se extrapolan los niveles considerados como aptos al aire exhalado, mucho más fácil de obtener.

Las cifras tomadas como límite son diferentes en cada país. Por ejemplo, en España la tasa máxima permitida de alcohol en sangre es de 0’3 g/l para conductores profesionales y noveles y de 0’5 g/l para todos los demás, algo que en aire se corresponde con 0’15 mg/l para los primeros y 0’25 mg/l para los segundos.

¿Cómo funcionan los alcoholímetros más antiguos?

En el pasado la mayoría de estos dispositivos medían el alcohol en el aire con ayuda de un sensor de infrarrojos.

El mecanismo se basaba en la capacidad de los gases para absorber determinadas longitudes de onda de las radiaciones electromagnéticas. Cada gas lo hace en un rango diferente, de ahí que estos métodos suelan usarse para detectar diferentes sustancias vaporizadas en una muestra. En el caso de las radiaciones infrarrojas, la longitud de onda a la que el etanol las absorbe más específicamente es de 9’5 micrómetros, de ahí que el dispositivo incluya una serie de filtros que eliminan todas las que se encuentren por encima o por debajo de esta cifra. A continuación, lo que queda pasa a través de la muestra de aire exhaladoo y, de ahí, a un detector en el que se transforma en energía eléctrica. Cuanto mayor sea la concentración de etanol que hubiera en el aire, más radiación absorberá y, por lo tanto, menos energía eléctrica llegará hasta el último paso. Finalmente, el aparato calcula a cuánto alcohol corresponde el resultado y lo muestra en la pantalla.

Alcoholímetros basados en pilas

La tecnología de los alcoholímetros basados en infrarrojos es bastante costosa, por lo que con los años se han comenzado a utilizar otros métodos. En la actualidad, uno de los más comunes es el que utiliza el mismo fundamento químico que las pilas: la célula electroquímica.

A grandes rasgos, las baterías constan de dos electrodos, conocidos como ánodo y cátodo, introducidos en una solución salina. Al sumergirse en ella, la sustancia que se encuentra en el ánodo se oxida, perdiendo electrones, que viajan hasta el cátodo, dando lugar a una corriente eléctrica.

En el caso del alcoholímetro, al pasarse la muestra de aire por él, el etanol se oxida en el ánodo, transformándose en ácido acético. Los electrones liberados pasan al oxígeno atmosférico, ubicado en el cátodo, generando una corriente eléctrica que será proporcional a la concentración de alcohol.

Muchos dispositivos incluyen solo este método, aunque algunos lo combinan con la técnica del sensor de infrarrojos, dando lugar a un resultado mucho más específico.

¿Qué hay de la marihuana?

El alcohol no es la única sustancia que entorpece la capacidad de los conductores para circular. Ocurre algo similar con otras, como la marihuana. De hecho, al no ser esta una sustancia de uso legal, no hay una dosis a la que pueda estar permitida la conducción. Lo apropiado es no consumir nada ante de coger el coche o cualquier otro vehículo.

Entre los efectos que puede generar el cannabis, se encuentra una falsa sensación de seguridad, acompañada de alteración de la percepción espacio-tiempo, somnolencia, problemas en la visión de los colores o aumento del tiempo de reacción. Además, es mucho más fácil que se produzcan distracciones que alejen la atención de la carretera.

Por desgracia, los dispositivos usados normalmente no pueden detectar esta sustancia en el aire expirado. Pero esto podría cambiar pronto, gracias a un aparato ideado por científicos de la Universidad de Pittsburgh.

Según explicaron recientemente en un estudio, publicado en la revista ACS sensors, se basa en un conjunto de nanotubos de carbono, unas 100.000 veces más pequeños que un pelo humano, que captan componentes volátiles del aliento, como dióxido de carbono, agua, etanol y tetrahidrocannabinol (THC), el componente psicoactivo de la marihuana.

Al interaccionar con ellos, estas sustancias se unen a su superficie y cambian sus propiedades eléctricas. Finalmente, esto lo detecta un algoritmo de aprendizaje automático, que se capacita para cuantificar los niveles de THC en función de los cambios generados. Cada componente se determina por separado, por lo que el consumo de marihuana podría detectarse, incluso si el conductor hubiese bebido o consumido otras sustancias.

Ni qué decir tiene que tanto en el caso del alcohol, como en el de la marihuana, no hay trucos para evitar ser cazados por los alcoholímetros. Ni morder granos de café, ni masticar chicle, ni tomar vitamina B. Y no, tampoco vale de nada chupar la batería de un móvil, aunque aún haya quién lo piense. Solo hay un truco totalmente infalible para superar el control de alcoholemia si vamos a conducir: no beber alcohol. Es fácil, rápido y, sobre todo, salva muchas vidas.