El uso de la marihuana con fines terapéuticos es un tema más que controvertido. Por un lado, su consumo ha mostrado aportar beneficios en el tratamiento de síntomas como algunos dolores, los calambres musculares, la pérdida de apetito o las náuseas. Sin embargo, sus efectos psicoactivos la han convertido en una de las drogas recreativas más consumidas, especialmente en personas jóvenes. Esto supone un gran peligro, ya que puede ocasionar problemas psiquiátricos y, además, muchas veces se considera la antesala para el consumo de otras sustancias aún más prejudiciales. Por eso, existe una eterna discusión entre quienes consideran que debería legalizarse y quienes piensan que facilitar su acceso con la excusa del uso terapéutico no haría más que aumentar los casos de adicción, sobre todo entre adolescentes.

Ahora, un estudio publicado hoy mismo en Science Advances de la mano de un equipo de investigadores suizos aporta una alternativa que, si bien se encuentra aún en estudio, podría solucionar este conflicto, al menos en lo referente al uso medicinal de la marihuana. Esta segunda opción se basa en la utilización de una sustancia, extraída de una planta similar al musgo, que se une a los mismos receptores que el tetrahidrocannabinol, generando unos efectos terapéuticos muy similares, pero sin causar tantos efectos psicoactivos.

La compleja relación del hombre y la marihuana

La relación del ser humano con la planta Cannabis sativa es muy larga, de varios miles de años de antigüedad. Es una de las primeras plantas que han sido domesticadas por el hombre, por tener un gran número de aplicaciones. En un principio, atrajo la atención de los primeros agricultores por el valor nutritivo de sus semillas e incluso por la posibilidad de extraer de ellas fibras que podían utilizarse con fines textiles.

Tan extendido era su uso que aquellos hombres y mujeres no tardaron en descubrir que de algunas partes de la planta-conocidas vulgarmente como cogollos- se podía extraer una sustancia que causaba una intensa sensación de euforia a quién las tomaba. Por ejemplo, hay evidencias arqueológicas de que algunas tribus de Asia de más de 5000 años de antigüedad durante los ritos funerarios se encerraban en tiendas de campaña y quemaban los cogollos de marihuana, formando algo así como lo que hoy en día se conoce coloquialmente como “submarino”.

Estos agradables efectos se hicieron cada vez más populares. ¿Quién no iba a querer probar algo así si además no había leyes que lo prohibieran ni conocimiento sobre sus efectos adversos? Además, poco después se descubrieron algunos de sus beneficios a nivel terapéutico, aunque durante miles de años solo formaron parte de la medicina tradicional asiática. De hecho, no se extendió por el resto del mundo hasta 1839, después de que el médico irlandés William Brooke O'Shaughnessy comprobara su uso como anticonvulsivo después de un viaje a la India, con tan buenos resultados que terminó escribiendo un estudio sobre el tema. Sus efectos parecían más que claros. Sin embargo, no tenía ni idea de cuál era su origen.

Este misterio se resolvió más de un siglo después, en 1964, cuando el químico israelí Raphael Mechoulam aisló por primera vez el tetrahidrocannabinol (THC), responsable de los efectos psicoactivos de la marihuana. Se comprobó que esta sustancia se unía a una serie de receptores, presentes tanto en el cerebro como en las células inmunes, que se encuentran tanto en humanos como en otras muchas especies animales. A estos receptores se unen también los endocannabinoides, sustancias similares al THC, pero generadas por nuestro propio organismo. Y es ahí precisamente donde se centra el potencial terapéutico de la marihuana, ya que la activación o inhibición de estos receptores de cannabinoides interviene en funciones tales como el dolor, el sueño, la memoria o el apetito.

El problema es que estos potentes efecto psicoactivo pueden generar una sensación placentera, pero también pueden dar lugar a muchos problemas , especialmente psiquiátricos. Además, el hecho de que la vía de administración más común sea fumando añade más perjuicios, por causas más que obvias.

Crédito: Universidad de Berna / Stefan Fischer

Perrottetinene: ¿una alternativa más segura?

En 1994, el fitoquímico japonés Yoshinori Asakawa descubrió el perrottetinene, una sustancia generada por la hepática Radula perrottetii, con una composición muy similar a la del THC. Los elementos que confieren su fórmula molecular son prácticamente los mismos, aunque su conformación tridimensional es distinta y tiene un grupo bencilo más.

Durante los últimos años, un equipo de científicos suizos, liderados por Jürg Gertsch, del Instituto de Bioquímica y Medicina Molecular de la Universidad de Berna, y Erick Carreira, del Departamento de Química de ETH Zürich, ha analizado el potencial de esta sustancia como sustituta del THC. De este modo, han comprobado que también se une a los receptores de cannabinoides, llegando incluso a inhibir la inflamación de una forma mucho más eficiente que el THC. Además, sus efectos psicoactivos son mucho menos intensos, por lo que no correría el riesgo de ser tomado como droga de abuso ni ocasionaría efectos secundarios graves.

Esta planta solo crece en unas pocas zonas de Japón, Nueva Zelanda y Costa Rica, por lo que ha sido necesario buscar una forma de sintetizar el perrottetinene, con el fin de hacerlo más accesible para las pruebas. Para ir más allá será necesario diseñar estudios clínicos, con los que comprobar los efectos de esta sustancia. ¿Pondría fin a la eterna disputa por la legalización de la marihuana? Es pronto para saberlo, pero sin duda se trata de una vía de investigación más que interesante.