El pasado mes de febrero, un equipo de investigadores de la Universidad de Alberta publicaba un estudio en el que se mostraba el hallazgo de una nueva profesión femenina en el antiguo Egipto. Los dientes hallados en la tumba de la que parecía una mujer muy querida y respetada, contenían marcas características de las dentaduras de los artesanos, que utilizaban los incisivos para cortar ciertas plantas usadas como material en sus obras. La noticia fue toda una revelación, pues este era un oficio que históricamente se había asociado solo a los hombres egipcios. Además, sirvió para mostrar algo que siguen corroborando otros científicos con sus trabajos: que en arqueología nada debe darse por seguro y mucho menos los roles de género.

Los últimos en demostrarlo han sido un grupo de científicos de la Universidad del Norte de Florida, dirigidos por el doctor John Kantner, quienes acaban de publicar un estudio en el que se muestra que la división de ciertos trabajos en una antigua civilización americana podría ser muy diferente a lo que se creía hasta el momento.

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La alfarería también era cosa de hombres

Cuando los primeros europeos llegaron a lo que hoy es el suroeste de Estados Unidos aseguraron que en los asentamientos indígenas de la zona los trabajos de alfarería eran realizados principalmente por mujeres. Esto es algo que coincide con los registros que posteriormente han realizado diversos antropólogos, por lo que finalmente se determinó que aquellas poblaciones, conocidas a día de hoy como puebloanos ancestrales, dividían las tareas de este modo.

Sin embargo, un nuevo estudio publicado en PNAS demuestra que, al menos hace mil años, los roles de género de estos individuos no eran tan claros. Para llegar hasta esta conclusión sus autores se han convertido durante una temporada en verdaderos detectives de la historia, pues han utilizado una de las herramientas predilectas de estos solucionadores de misterios: las huellas dactilares.

Cada ser humano tiene unas huellas dactilares únicas. Sin embargo, pueden existir ciertos parecidos entre personas emparentadas y, además, hay algunos rasgos comunes que ayudan a diferenciar hombres de mujeres con un acierto de entre el 80 y el 90%. Principalmente es la separación en las crestas la que suele dar la clave; ya que, por normal general, están más separadas en los dedos de los hombres.

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Se conoce que los miembros de estas poblaciones americanas realizaban vasijas de arcilla apretándolas con las manos hasta el punto de que las marcas de los dedos podían permanecer impresas en ellas a pesar del horneado posterior y el paso de los años. Para comprobar si había ocurrido así en el caso de los puebloanos ancestrales, tomaron 985 fragmentos de cerámica extraídos del cañón del Chaco, un parque nacional histórico, ubicado al noroeste de Nuevo México, entre Alburquerque y Farmignton. Al tener solo un 80-90% de acierto una sola muestra no hubiese servido para extraer conclusiones aceptables, pero una cantidad tan amplia permitía poder hacer estimaciones muy válidas. Finalmente comprobaron que entre los restos, datados aproximadamente en el 1040 después de Cristo, el 47% parecían haber sido elaborados por hombres, mientras que el 40% eran posiblemente obras femeninas o de niños. Finalmente, el 13% restante tenía una distribución de las crestas intermedia entre los patrones de hombres y mujeres, por lo que no podía saberse a ciencia cierta el sexo biológico de sus autores.

Lo que queda claro es que al menos la mitad de las vasijas habían sido elaboradas por alfareros masculinos, por lo que los roles de género establecidos históricamente para esta población estaban equivocados, como tantos otros.
Pero el estudio no se queda aquí, pues sus autores también analizan cómo varió la contribución de cada sexo con el tiempo. Así, establecen que aproximadamente dos tercios de los fragmentos más antiguos habían sido elaborados por hombres, mientras que a medida que se analizan piezas más modernas el número de contribuciones femeninas aumenta. También se observaron diferencias por regiones y, posiblemente, según los estamentos sociales.

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En el caso del antiguo Egipto han tenido que pasar cuatro mil años para demostrar que había mujeres artesanas. Para los nativos norteamericanos ha costado un milenio y cientos de huellas dactilares exponer que la artesanía también era cosa de hombres. Pocas pruebas más se necesitan para mostrar que no se trataba de hombres o mujeres, sino de buenos artesanos, independientemente de su sexo. Esto es algo que aún le cuesta entender a muchas personas, quizás mucho más que a nuestros antepasados.