En 2010, científicos de las universidades de Johns Hopkins, Tennessee y Florida publicaron en Nature un estudio en el que se describía por primera vez la presencia de agua helada en un asteroide, el 24 Themis. Este hallazgo señaló a la posible relación entre los impactos de estos cuerpos celestes con la Tierra primitiva y la aparición de agua y vida en ella.

Por eso, desde entonces numerosos científicos han seguido centrando su atención en estas grandes rocas espaciales, en busca de más indicios que apoyen esta teoría. Y así ha sido como otro equipo de investigadores, esta vez de la Universidad Estatal de Arizona, ha conseguido medir por primera vez el agua en uno de ellos. El objetivo ha sido el asteroide Itokawa y ha sido posible gracias al trabajo de la misión japonesa Hayabusa, cuya segunda fase se encuentra ahora mismo analizando otro diferente, llamado Ryugu.

Colaboración entre instituciones

Este estudio ha sido posible gracias a que la agencia espacial japonesa, JAXA, aceptó compartir con la universidad estadounidense cinco muestras de partículas extraídas por Hayabusa de Itokawa.

En dos de ellas estos investigadores detectaron la presencia de piroxeno, un mineral que en la Tierra contiene agua en su estructura cristalina. Esto avivó la corazonada del equipo, que siguió indagando con ayuda de un espectrómetro de masas de iones secundarios a escala nanométrica (NanoSIMS). Gracias a esta herramienta, encontraron que las muestras, de aproximadamente el grosor de un cabello, eran inesperadamente ricas en agua.

Conocer el asteroide para aprender sobre nuestro planeta

Itokawa es un asteroide con forma de cacahuete, de aproximadamente 550 metros de largo y entre 200 y 300 metros de ancho. Está ubicado en el grupo de asteroides S, de los que se cree que proceden los meteoritos pedregosos y se encuentra girando en torno al Sol, con un periodo de unos 18 meses y distancia aproximada de 1.3 veces la que separa la Tierra del astro rey.

Los investigadores creen que es un fragmento de un objeto mucho más grande, de unos 19 kilómetros de ancho, que en algún momento se calentó a temperaturas de entre 500ºC y 800ºC, a la vez que recibió algunas colisiones que terminaron dando varios fragmentos, dos de los cuales se fusionaron dando lugar al asteroide estudiado por Hayabusa.

A todo esto se suma la exposición continua a radiaciones muy intensas, de modo que buena parte del agua inicial que pudiese haber en él se habría perdido. Pero aún queda una cantidad considerable; con lo cual, según los cálculos de estos científicos, . Por otro lado, esto también se deduce al comprobar que la composición isotópica de algunos de sus minerales es indistinguible a las medidas en nuestro planeta.

En la actualidad se está construyendo en la Universidad de Arizona una sala blanca, que junto al NanoSIMS se convierte en la primera instalación de este tipo en una universidad pública capaz de analizar los granos de polvo de otros organismos del sistema solar. Por eso, no sería extraño que algunas de las muestras de Ryugu que Hayabusa 2 traerá en 2020 vayan a parar también allí. Además, estos científicos están a la espera de las muestras que la misión OSIRIS-Rex, de la NASA, va a recoger en el asteroide Bennu, aunque en este caso será necesario esperar hasta 2023 para poder disponer físicamente de ellas. Trabajo, desde luego, no les falta.