El 30 de junio de 1908, una detonación muy fuerte retumbó en las proximidades del río Podkamennaya, en la remota región de Siberia. Una roca de entre 50 y 80 metros atravesó la atmósfera y explotó en el aire, liberando una cantidad de energía equivalente a alrededor de 185 bombas de Hiroshima. El feroz impacto del bólido de Tunguska fue recordado por Naciones Unidas el pasado mes de diciembre, cuando declaró el Día del Asteroide para concienciar acerca de los peligros del impacto de este tipo de cuerpos rocosos en nuestro planeta.

Los asteroides son pequeños restos que proceden de la época en la que nació el sistema solar, hace 4.600 millones de años. Por aquel entonces una nube de gas y polvo giraba muy lentamente alrededor del Sol; los minúsculos granos se fueron agregando poco a poco hasta dar lugar a los diferentes planetas. Algunos fragmentos rocosos, sin embargo, nunca se incorporaron a los planetas, y continúan orbitando a nuestro astro hoy en día. La mayor parte de estos cuerpos rocosos se encuentran en una región entre Marte y Júpiter denominada cinturón de asteroides, donde se han registrado cerca de medio millón de objetos.

Asteroides, ¿un peligro para la Tierra?

En la zona más cercana a la Tierra también existen asteroides procedentes en su mayoría del cinturón principal, que por su proximidad pueden representar algún peligro para el planeta. Según el Instituto de Astrofísica de Canarias, unos 2.000 objetos próximos a nuestro planeta se consideran como asteroides potencialmente peligrosos para la Tierra, ya que presentan una cierta probabilidad de impactar algún día contra nuestro mundo. La Unión Astronómica Internacional, a través del Minor Planet Center, es el organismo encargado de registrar los objetos que pueden suponer algún problema en el futuro.

En una fecha mucho más reciente que el evento de Tunguska, el territorio de Asia central vivió con sorpresa el paso del conocido superbólido de Cheliábinsk en 2013. A una velocidad de 68.000 kilómetros por hora, el cuerpo penetró en la atmósfera y se apareció en el cielo como una auténtica bola de fuego, causando una onda de choque que provocó a su vez la rotura de paredes, puertas y cristales de la zona rusa que atravesó. El objeto rocoso, de unos 18 metros de diámetro y de una masa de 11.000 toneladas, causó verdadero pavor entre los habitantes de la región; aunque en un primer momento se pensó que el bólido tal vez tuviera relación con el asteroide 2012 DA14, pronto se descubrió que no eran fenómenos relacionados.

Sucesos como el ocurrido en Tunguska hace más de un siglo o el reciente de Cheliábinsk nos recuerdan que el riesgo de impacto de un asteroide es real. A diario, casi cien toneladas de pequeñísimos fragmentos alcanzan la superficie terrestre sin suponer un grave riesgo para la población; según las estimaciones de la NASA, aproximadamente cada 10.000 años se espera la caída de asteroides de más de cien metros que pueden provocar desastres a nivel local, mientras que en un promedio de varios cientos de miles de años, cuerpos de dimensiones superiores al kilómetro pueden llegar a provocar catástrofes mundiales. "Depende del diámetro pero pequeños asteroides de pocas decenas de metros chocan cada siglo", explica a Hipertextual el Dr. Josep M. Trigo, investigador principal del grupo de meteoritos, cuerpos menores y ciencias planetarias del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC).

Su equipo trabaja en el análisis de los posibles efectos que tendría el impacto de un proyectil sobre un asteroide. El objetivo no es otro que desviar la trayectoria de un hipotético objeto que pudiera acercarse peligrosamente a la Tierra. "Somos pioneros en realizar experimentos para medir la composición y propiedades mecánicas de meteoritos", aclara Trigo. Sus resultados, publicados en The Astrophysical Journal, han permitido comprender algunas de las características clave para asegurar el éxito de cualquier misión que quiera apartar un asteroide para evitar una colisión. La composición, la estructura interna, la densidad y otras propiedades físicas son parámetros a tener en cuenta por la comunidad científica antes de lanzar una iniciativa de este tipo.

Otro proyecto que trabaja para protegernos de un potencial asteroide peligroso es la misión AIDA (Asteroid Impact and Deflection Assessment), impulsada por la NASA y la Agencia Espacial Europea. Su objetivo es chocar contra el objeto 65803 Didymos en el año 2022 para tratar de desviar su trayectoria y comprobar qué cambios ocurren. Así los científicos podrán saber las posibilidades reales que existen para poder esquivar cualquier cuerpo potencialmente peligroso para la Tierra. La agencia espacial norteamericana también lanzó la sonda OSIRIS-REx hace unos meses, con el objetivo de analizar en detalle el asteroide Bennu, cuya probabilidad de impacto contra la Tierra es bastante limitada (1 entre 2700). El estudio de este tipo de objetos rocosos nos permitirá comprender un poco mejor la historia del universo y estar preparados frente a estas potenciales amenazas del espacio.