El calentamiento global y las modificaciones en el clima han ocurrido cíclicamente desde que el mundo es mundo, dando lugar en muchas ocasiones a grandes extinciones, como la que al final del pérmico acabó con el 96% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres.

Por aquel entonces el ser humano, así como el resto de “homos”, estaba aún muy lejos de existir, por lo que fueron fenómenos naturales, como los volcanes, los que provocaron aquel desastre climatológico. Sin embargo, millones de años después estos procesos cíclicos se han vuelto más frecuentes y rápidos a causa de la actividad humana. En definitiva, ha nacido un nuevo concepto: el cambio climático antropogénico. ¿Pero desde cuando podemos hablar de él? En general se considera un proceso reciente, especialmente si lo relativizamos con la edad del planeta. Sin embargo, un nuevo estudio ha concluido que es más antiguo de lo que pensamos, pues podría hablarse de él ya en el siglo XIX. Relativamente hablando sigue estando en pañales, pero tiene la edad suficiente como para que sus estragos hayan comenzado ya a considerarse especialmente graves.

Analizando diferencias entre verano e invierno

Como su propio nombre indica, se considera cambio climático antropogénico al ejercido por las actividades llevadas a cabo por el ser humano.

Se trata de un proceso complejo, que ha comenzado a dar la cara especialmente a lo largo de los siglos XX y XXI. Incluso en los últimos años hemos conocido los nombres de las primeras especies animales extintas por su causa. Sin embargo, el daño empezó a producirse mucho antes de que se visibilizaran sus consecuencias.

Se ha encargado de comprobarlo un equipo de científicos del Instituto de Física Atmosférica de la Academia China de Ciencias, junto a algunos expertos en investigación climática del Reino Unido y Alemania, en un estudio publicado hoy en Nature Sustainability. En él, demuestran que la actividad humana comenzó a causar los primeros estragos detectables sobre el clima a finales del siglo XIX. Llegan a esta conclusión después de analizar la evolución de la diferencia establecida entre las temperaturas en invierno y en verano y comprobar que las fluctuaciones estacionales han disminuido notablemente desde entonces.

Dos siglos o incluso más

Aunque este estudio establece que el cambio comenzó a ser tangible en el siglo XIX, en realidad las actividades que han conducido hasta él son mucho más antiguas.

Ya en el año 700 antes de Cristo la expansión de la agricultura comenzó a propiciar la deforestación de grandes extensiones de terreno. Los árboles son grandes máquinas de fijar carbono, que contribuyen a que los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera no sean demasiado elevados y, por lo tanto, el efecto invernadero permanezca en equilibrio. Si se cortan estos árboles, el dióxido de carbono aumenta, dando lugar a un incremento brusco de las temperaturas, con motivo del desbalance de este conocido fenómeno.

Pero no solo la eliminación masiva de árboles puede conducir a cambios en el clima. También lo provoca un crecimiento descontrolado, como el que tuvo lugar a finales del siglo XV, durante la conquista de América. En esa época, la población nativa se redujo violentamente, después de la entrada de los colonos europeos, por lo que las tierras de cultivo quedaron abandonadas, dando pie a la proliferación de numerosos árboles de crecimiento rápido. En este caso se produjo una sobre fijación de carbono, por la cual el dióxido de carbono pasó a estar en niveles inferiores a los adecuados, produciendo un enfriamiento acelerado del clima, en un periodo que a día de hoy se conoce como “Pequeña edad de hielo”.

Pero el dióxido de carbono no es el único gas de efecto invernadero liberado a causa de la actividad humana. También es el caso de otros, como el metano, tan común en las emisiones ganaderas, o el óxido de nitrógeno y el vapor de agua resultantes de la industria y el transporte. Ambas actividades están especialmente extendidas en la actualidad, pero en el siglo XIX eran ya suficientemente frecuentes para ocasionar cambios sobre el clima.

Las primeras víctimas

El pasado mes de febrero, la ministra australiana de Medio Ambiente, Melissa Price, emitía un comunicado en el que se anunciaba definitivamente la extinción de Melomys rubicola, una rata arborícola de la que no se había logrado divisar ningún ejemplar desde 2009. Su desaparición fue una gran pérdida, del mismo modo que la de cualquier otro animal, pero este era un caso particularmente especial, pues los científicos que la habían rastreado durante los últimos años la clasificaron como el primer mamífero posiblemente extinto a causa del cambio climático de origen antropogénico.

El primer mamífero, pero no la primera especie. De hecho, solo un mes antes conocíamos también la muerte de George, un caracol hawaiano cuya muerte significó la extinción de una especie que sucumbió por razones muy variadas, entre las que se encontraban el cambio climático, su caza indiscriminada y la introducción de una especie caníbal para regular su población.

Como ellos, son muchos los animales cuya existencia pende de un hilo a causa de la deforestación, los incendios forestales provocados por el incremento de las temperaturas, la falta de alimentos resultantes de la misma, la sequía y tantas otras consecuencias de ese cambio climático que, siglo tras siglo, el ser humano se está encargando de acelerar. Aunque cada vez es más difícil frenarlo, en nuestras manos sigue estando decidir si queremos dejar a nuestros descendientes un planeta que continúe con esta tendencia, cuyas consecuencias serán cada vez más y más graves.