Es sabido que el camino de las mujeres en la ciencia siempre ha sido muy complicado, y aunque por fortuna se están resquebrajando viejas estructuras, el terreno sigue siendo escarpado. Las científicas destacadas de la historia han tenido que sortear grandes obstáculos, sociales, familiares y culturales a la par de su labor profesional.

Los ejemplos de lo anterior sobran, pero el anuncio de Donna Strickland —junto a Arthur Ashkin y Gérard Mourou— como ganadora del Premio Nobel de Física por su trabajo en el área de la física de los láseres, le recordó al mundo que ella es una de las pocas mujeres en ser galardonada con este importante premio. De hecho cuando a Strickland se le hizo saber que era la tercera mujer en ganar el Nobel de Física dijo : "Pensé que había más".

Marie Curie fue la primera mujer en ser reconocida con el Premio Nobel —y la primera persona en ganar o compartir dos premios—, en 1903 en el área de la física y en 1911 en química. Fue hasta 1963 que otra mujer ganó el Nobel de Física: Maria Goeppert Mayer. Se le otorgó por su trabajo en el modelo de capas nuclear. Ella, aunque provenía de una familia de académicos y relacionarse desde pequeña con científicos, por lo que no encontró mayores resistencias para su formación universitaria —situación común en muchas otras mujeres científicas a pesar, irónicamente, de que una mujer fundó la primera universidad— se enfrentó al trato desigual que se les da a las mujeres científicas al ejercer su trabajo.

Maria Goeppert Mayer pasó la mayor parte de su carrera como "voluntaria", es decir, sin recibir paga alguna por su trabajo, e incluso sus labores como profesora eran no remuneradas. Algunas veces se ha dicho que esta condición se debía a que su esposo, también científico, laboraba en la misma universidad y las políticas contra el nepotismo eran estrictas. Sin embargo, gran parte se debió al sexismo, algo que no se ha erradicado del todo de las filas del universo profesional de los científicos.

Esta científica nació en 1906 en Kattowitz (ahora Katowice, Polonia), por entonces parte del Imperio alemán. Como decíamos, ella creció rodeada de académicos y científicos, su padre, por ejemplo, fue profesor de pediatría en la universidad de Kattowitz. En 1924 se matriculó en la Universidad de Gotinga y completó su doctorado en física en 1930. Eugene Wigner, también ganador del Nobel el mismo año que Goeppert Mayer, más tarde describiría su tesis como "una obra maestra de claridad y concreción".

Ese mismo año se casó con Joseph Edward Mayer, por entonces un asistente de James Franck, físico alemán ganador del Premio Nobel de Física en 1925. A Mayer se le propuso un puesto como profesor de química en Johns Hopkins University y la pareja se mudó a Estados Unidos. Aunque para 1937 Mayer fue despedido de dicho puesto; él señalaría que la causa fue el descontento del entonces decano de ciencias físicas por la presencia de Maria y otras mujeres en los laboratorios —al parecer una molestia que persiste en nuestros días, incluso entre los científicos con un Nobel, después de todo el premio no te vacuna contra la estupidez—.

Goeppert Mayer, sin embargo, no siempre laboró sin remuneración. En 1941 consiguió un puesto como profesora y un año más tarde se unió al famoso Proyecto Manhattan, en donde trabajó en la separación de isótopos de uranio bajo la dirección de Harold Urey y otros científicos que ayudaron a desarrollar la bomba atómica. Luego, después de la Segunda Guerra Mundial los Mayers se mudaron a Chicago, Maria trabajó en el Instituto de Estudios Nucleares de la Universidad de Chicago y en el Laboratorio Nacional de Argonne. En Chicago se le recibió de buena gana y amasó gran respeto pero, de nuevo, ningún salario. Solo tres años antes de ser condecorada con el Premio Nobel de Física ella obtuvo un puesto remunerado como profesora en la Universidad de California en San Diego.

Como podemos ver, incluso una científica con gran apoyo y proveniente de una familia académica encontró durante mucho tiempo obstáculos y tuvo que trabajar sin paga para poder continuar con su labor. Claro, las dificultades no siempre coartan a las mujeres científicas, de esos casos hay ejemplos también, pero no deja de ser lamentable que las mujeres además de su profesión tienen muchas otras cargas sociales y familiares; pero lo más lamentable quizá no es solo eso, sino que muchos sigan negando la existencia del sesgo de género en la ciencia, arguyendo que si hay pocas científicas es meramente una cuestión de números o, peor, que se debe a la carencia de talento en las mujeres en estas áreas.