Aunque la inmensa mayoría de los tsunamis acaecidos a lo largo de la historia de la Tierra tuvieron su origen en un terremoto, esta no es la única causa que puede estar detrás de ellos. También pueden surgir después de una gran erupción volcánica o del impacto de un meteorito o un asteroide.

Sí que es cierto que no son fenómenos frecuentes, especialmente el segundo. Sin embargo, en la historia más o menos cercana de nuestro planeta, hay constancia del desarrollo de algunos de ellos.

La histórica erupción del Krakatoa

Según el Centro Internacional de Información de Tsunamis (ITIC), las perturbaciones impulsivas en el terreno generadas por una erupción volcánica pueden dar lugar al desplazamiento de grandes volúmenes de agua y, con él, a la formación de tsunamis. La causa principal de este fenómeno suele ser el colapso freatomagmático generado en las cámaras de magma del volcán o, lo que es lo mismo, la contracción explosiva de las partículas de magma a partir de un enfriamiento muy rápido ocasionado por el contacto con el agua.

Aunque es muy poco frecuente que ocurra, existe un ejemplo muy trágico, que tuvo lugar entre el 26 y el 27 de agosto de 1883. Se trata de la explosión del Krakatoa, un volcán ubicado entre las islas de Java y Sumatra, en la provincia indonesa del Lampung.

Durante la tarde del domingo 26, el volcán lanzó su primer estallido, con una gran explosión que envolvió a las islas cercanas en una nube de humo y ceniza, seguida de una lluvia de piedras y lava que arrasó las ciudades cercanas a la hecatombe. También se originó un gran tsunami, que arremetió contra las costas de Java y Sumatra. Pero el horror no había hecho nada más que empezar. En las horas siguientes, nuevas explosiones siguieron propiciando la formación de olas de hasta 40 metros, que sepultaban la poca vida que iban dejando tras de sí las anteriores. Una de aquellas explosiones, acaecida en cuarto lugar, se pudo oír a casi 5.000 kilómetros de distancia y las alteraciones marinas que provocó se sintieron incluso en el canal de la Mancha. Se trataba de una catástrofe sin precedentes, que a su fin arrasó 295 ciudades y dejó a su paso a 36.417 víctimas, de las que 35.000 habían muerto a causa del tsunami. El propio Krakatoa se engulló a sí mismo bajo el océano, aunque volvió a emerger en 1930 y entró de nuevo en acción en 2011, con pequeñas erupciones que se han seguido registrando hasta la actualidad.

Muy diferente es el caso del volcán Soputan, que ha aumentado su actividad después del último tsunami de Indonesia. Aunque muchos creen que ambas catástrofes pueden estar relacionadas, los expertos no están de acuerdo con esas teorías. Por ejemplo, el vulcanólogo Robin G. Andrews ha expresado en Forbes su desacuerdo con el trato que se está dando a la información en algunos medios de comunicación. El volcán se encuentra lejos del centro del tsunami, a 600 km al noreste de Palu, por lo que ambos sucesos no tiene por qué estar relacionados. Además, la actividad había comenzado antes de la catástrofe y de momento no ha llegado a niveles peligrosos. De hecho, según Andrews, algunas de las imágenes que se pueden ver en redes sociales pertenecen a las erupciones de otros volcanes, como el Kilauea, de Hawai.

asteroides
Kevin Gill (Flickr)

Asteroides y tsunamis

Otro de los fenómenos que puede desencadenar tsunamis gigantes es el impacto de un gran meteorito o asteroide contra la Tierra. Afortunadamente, este también es un suceso muy poco común, pues las pocas veces que ha tenido lugar las consecuencias para el planeta han sido terribles.

En 2010, un equipo internacional de 41 investigadores publicaba en Science un estudio en el que se utilizaban pruebas geológicas recogidas durante dos décadas para demostrar que el impacto de un único asteroide pudo ser el responsable de la extinción masiva que condujo a la desaparición de los dinosaurios. El impacto tuvo lugar hace 65’5 millones de años en la que ahora es la comunidad de Chicxulub, en la península mexicana de Yucatán, y condujo a la extinción de aproximadamente el 75% de las especies terrestres y el 50% de las marinas.

El impacto del cuerpo rocoso, de entre 10 y 14 kilómetros de diámetro, provocó un desplome en la plataforma continental, que debió producir terremotos de una magnitud inimaginable y a su vez grandes olas, que engullirían todo lo que encontraron a su paso. Incluso las especies más grandes sucumbieron al desastre.

Los últimos tsunamis han sido nimiedades, si se comparan con estos, pero incluso así han dejado un reguero de muerte y desolación difícil de olvidar. Por eso, miles de científicos luchan a diario contra estos fenómenos naturales, tanto buscando mejores métodos de prevención, como aportando herramientas que hagan más fácil la vuelta a la normalidad después del desastre. En la batalla entre el ser humano y la naturaleza está muy claro cuál es el rival más fuerte; pero, aun así, vale la pena librarla, siempre usando la ciencia como arma.