– Sep 30, 2018, 8:30 (CET)

No culpes solo a internet de tu procrastinación: la evolución también tuvo que ver

Investigadores han comparado el cerebro de humanos y macacos para evaluar su capacidad de atención y cuanto se desviaban de ella. Lo que toda la vida se ha conocido como distraerse y también como procrastinar. El resultado es que los monos también se parecen en esto a nosotros, solo que no usan internet.

Como si fuera una historia de 'elige tu propia aventura', en los últimos años se ha hablado hasta la extenuación del término procrastinar y su ligazón con internet: abres el ordenador para hacer algo productivo o incluso tu trabajo diario, pero ahí el personaje que eres tú puede elegir si continuar hacia su cometido o saltar directamente a la página 20 del relato haciendo click en 'abrir una nueva pestaña' y consultar cualquier contenido trivial, interesante o no, que te aleje de tu objetivo primigenio. El tiempo que dediques a retomar tu tarea dependerá solo de ti y de tu fuerza de voluntad, aunque hay estudios que han llegado a estimar lo que tarda una persona en recuperar la atención completa a lo que estaba haciendo: 23 minutos desde que decidiste pasar un 'ratito' viendo un vídeo en Youtube o consultando tu web favorita.

Esto, que antes del uso masivo del término procrastinar se conocía como 'vaguear', 'estar en babia', o simplemente distraerse o no estar concentrado ha dado pie a un sin fin de rutinas de productividad y consejos varios, pero también ha generado una imagen de la web como un pozo sin fondo de distracciones extremadamente tentador. Y si bien es cierto que internet es un gran recurso para emplear nuestro tiempo en cualquier entretenimiento que nos aleje de nuestra meta, también es verdad que se ha convertido en una parte fundamental sin la que sería imposible producir con la misma agilidad muchos de los empleos modernos.

Sin embargo, si lo que queremos extraer de todo este lienzo es que definitivamente “internet es el principal culpable de que no seamos productivos”, o que “está destruyendo nuestra capacidad de atención” los últimos experimentos nos indican que no es así, o que al menos no podemos culparle por completo. Un grupo de investigadores de la Universidad de Berkeley y el Instituto de Neurociencia de Princeton publicaban hace unas semanas un experimento en el que comparaban cómo reaccionaban ante estímulos triviales y distracciones los cerebros de un grupo de humanos y monos macacos, llegando a la conclusión de que ambos nos comportamos igual.

Nos concentramos igual de mal (y de bien) que un mono

Las dos especies estamos también emparentadas que somos terriblemente malos a la hora de prestar atención a algo durante un tiempo prolongado. Y los investigadores no culpan de ello a internet ni a una suculenta banana, sino a una herencia evolutiva que nos ha hecho ser animales en continua situación de alerta, y como contrapunto, pendientes de cualquier otra cosa interesante que surja en nuestro horizonte que nos haga desviarnos de lo que estamos haciendo. Un gran problema para el Homo sapiens que tiene que entregar un informe en un plazo de dos horas, pero una gran ventaja para el simio que se da cuenta de que puede dejar de desparasitar a su hermano un momento porque el árbol de al lado está cargado de fruta.

Sus hallazgos, publicados en la revista Neuron, parten de dos artículos en los que se midió la actividad cerebral de macacos y personas de forma similar. En ellos extraen que, cómo ya se había adelantado en otros trabajos, la atención dista mucho de esa visión idílica que tenemos de estar enfocados durante minutos en algo, o con suerte durante horas. Tanto los monos como los humanos reflejaban lo que han llamado una “fluidez de la atención” que oscila cada 250 milisegundos, es decir, cuatro veces cada segundo. “Cada 250 milisegundos tenemos la oportunidad de cambiar la atención”, dice en un comunicado Ian Fiebelkorn, neurocientífico autor principal del estudio con macacos.

¿Pero esto significa que nuestra capacidad de atención pura se limita a únicamente un cuarto de segundo? Según los investigadores no, pero sí que muestra la versatilidad de nuestro cerebro a la hora de leer nuestro entorno, y también la facilidad para pasar de un foco a otro que a veces desvía nuestra atención de forma indeseada. Una metáfora que utilizan en su descripción es que nuestra atención funciona de forma similar a cuando vemos una obra de teatro. Por algunos instantes, hay un personaje en foco en el que se centra la acción, pero después la luz se amplía a todo el escenario por la entrada de nuevos actores. “Nuestro cerebro fusiona después estos dos focos de atención en una sola película coherente, no experimenta los cortes o los vacíos”, señalan los investigadores.

El macaco Naruto dejó sus quehaceres para procrastinar haciéndose un selfie que sentó bases del copyright. Naruto/David Slater/Wikimedia Commons.

De este modo, nuestra atención no se enciende y apaga como podemos entender que actúa cuando estamos trabajando y después nos distraemos, pero sí que oscila todas esas veces por segundo entre la concentración focalizada en una sola cosa y la atención al entorno. Y es en esos momentos en los que tenemos la oportunidad de seguir con lo que estábamos haciendo, atender otra cuestión, o dejarnos llevar por la última notificación de Instagram.

Como decimos, la conclusión principal a la que llegan es que estos ciclos de atención en forma de ritmos cerebrales son muy anteriores a la aparición de internet o del teléfono móvil, dado que se dan tanto en primates no humanos como en nosotros mismos. Esta incapacidad para enfocarnos no sería entonces un defecto en sí mismo, sino una adaptación evolutiva: poder pasar de una atención muy centrada a una difusa nos dio la capacidad de concentrarnos en una tarea compleja a la vez que revisábamos nuestro entorno por si aparecía alguna amenaza u oportunidad. El guepardo que se acerca o la comida que espera ser recolectada en el caso de los monos. El mail urgente que no hemos contestado y nos dispersa o la notificación de un nuevo capítulo de tu podcast favorito para los humanos.

Una cosa no quita la otra: de la ciencia de la procrastinación a la supuesta 'adicción a internet'

Aunque estas nuevas interpretaciones puedan quitar culpa a la tecnología actual de lo mal que sentimos que somos al enfocarnos y ser productivos, eso no quita que nuestro entorno de trabajo y las facilidades de distracción actuales puedan tener también culpa de ello. Lógicamente, parece evidente que es más fácil enfocarse por ejemplo en estudiar en una habitación sin distracciones y con el smartphone apagado, que en una quedada con tus compañeros de clase y el móvil informándote de las últimas novedades.

Ya en 2015, Microsoft auspició un estudio que concluía que la media de atención humana había caído de los 12 segundos de media en el año 2000 a apenas 8 segundos en esa época. Este fue uno de los acicates que hicieron que muchas opiniones entonaran el lijado comentario de que “internet está destruyendo nuestra atención”. En la actualidad, ex directivos de empresas como Google como Tristan Harris han iniciado una cruzada por 'recuperar' parte de esa atención que nos roba el acceso directo a internet, al tiempo que cada vez son más los sistemas operativos como iOS que en sus últimas versiones incluyen medidores de tiempo que nos indican cuánto hemos empleado en según que app. Todo por hacer un uso de los dispositivos más respetuoso con nosotros mismos, o que al menos nos reporten datos para sacar nuestras propias conclusiones. La lectura que se extrae de estas opiniones concluyen en su mayoría que, si bien no se puede culpar a internet de ser el mal mayor, los intrusivos sistemas de notificaciones que ahora se están remodelando sí que eran poco propicios para conseguir que usáramos el tiempo de forma eficiente.

Cuestión distinta es todo el debate que genera la supuesta 'adicción a internet', un problema que para los más agoreros iba a acabar generando humanos huraños, inservibles socialmente, y casi inadaptados. Aunque algunos organismos como la OMS ya han comenzado a tipificar algunas patologías como la 'adicción a los videojuegos', la psicología clínica en general se sigue apartando de definir una 'adicción a internet' escrita en letras de piedra. Lo que se considera, en términos generales, es que se puede hablar de un uso excesivo de internet y que este puede ser el reflejo de algún tipo de carencia, pero no la causa de un mal mayor. Ejemplo: estoy deprimido y me paso el día perdiendo el tiempo en internet en cosas que no me aportan demasiado. O consumo mucho internet porque tengo alguna carencia social; pero no me deprimo por consultar mucho internet. Otra cuestión distinta es la adicción al juego en internet que decíamos ahora reconocida por la OMS (videojuegos o apuestas) a los chats, a las redes sociales como alimentadoras de ego o incluso al porno. Pero aquí internet influye como un medio. Si aún no hay consenso sobre considerar la adicción a internet es porque ningún médico te va a decir que alguien es adicto por consultar 50 páginas de Wikipedia al día, o pasarse 3 horas leyendo diarios digitales.

Pero, de un modo u otro, negar que la procrastinación existe o ampararla en que ahora sabemos que también tiene sus causas evolutivas no nos va a hacer mejorar en nuestro trabajo, y por lo tanto en nuestra satisfacción. Lo que sabemos sobre cómo funciona la procrastinación a nivel científico nos dice que esta está motivada por nuestro sistema límbico, el encargado de controlar nuestras acciones más instintivas y primarias, aquellas destinadas a la supervivencia. Una parte de este sistema es el que libera dopamina -la llamada hormona de la felicidad- al realizar alguna acción que para nosotros sea agradable o liberadora. Ahí, en medio de un trabajo arduo y que nos echa para atrás, cualquier pequeña distracción o tarea trivial pero que nos quitamos de encima apartando el objetivo principal funciona como un liberador de esta sustancia, y por lo tanto nos da un 'chute' de felicidad momentánea.

El problema, es que también sabemos que la procrastinación acaba generando estados de estrés y en algunos casos de falta de autoestima, así que lo mejor será, sabiendo que nuestra atención es tan difusa como la de los monos, hacer lo posible por acabar esas tareas que nos ponen de los nervios y dejar las distracciones para su justo momento. Duro, ¿verdad? Si un macaco ha leído esto, que no se preocupe, puede acudir a por su ración de cacahuetes, a él no le van a pedir que entregue un informe a primera hora de la tarde.