A finales del pasado año, un estudio ponía de manifiesto un hecho bochornoso: la industria del azúcar ocultó allá por los años sesenta una suerte de investigaciones que indicaban que esta sustancia es más perjudicial para la salud de lo que pensábamos. Tras la polémica generada y las acusaciones vertidas, un grupo de investigadores ha querido esclarecer más los hechos. Sus conclusiones son distintas a lo que creíamos en un primer momento. ¿De verdad hubo una conspiración dirigida por la industria del azúcar para lavar su nombre?

"No hubo una conspiración del azúcar"

Con minuciosidad y mucho cuidado, así han revisado todas las evidencias disponibles los historiadores de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia y la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Y es que a raíz de los documentos descubiertos en Harvard durante el año pasado, los dedos no dejan de señalar acusadores.

Según estos informes, recordemos, varias investigaciones financiadas por la International Sugar Research Foundation, o ISRF (antes solo SRF), fueron suspendidas o enterradas en el momento en el que los resultados parecían no convenir a la industria. Otra de las acusaciones era, precisamente, que este supuesto grupo de presión habría redirigido la atención hacia las grasas.

Esto habría provocado cambios en la legislación y la puesta en marcha de campañas de prevención contra las grasas, desviando las acciones contra el azúcar, algo muy conveniente para su industria. Sin embargo, los historiadores ven el problema de distinta manera.

"No hay evidencia de que realmente ocurriera. No existe el 'arma del crimen' que algunos quieren ver. No hubo 'conspiración del azúcar', al menos no una que hayamos identificado", explican David Merritt Johns y Gerald M. Oppenheimer, autores de un reciente estudio aparecido en Science. ¿Entonces? El problema, según apuntan, estaría en el contexto.

El problema del contexto

Volvamos a la acusación de que la industria del azúcar pagó a los científicos en la década de 1960 para restar importancia al vínculo entre el azúcar y las enfermedades cardíacas y enfatizar los peligros de la grasa en la dieta. Sin embargo, esta conclusión se extrae de los documentos descubiertos en los archivos históricos.

Pero los autores argumentan que, en realidad, se ha malinterpretado la secuencia de eventos. A mediados de la década de 1960, explican, los científicos de nutrición de Harvard, dirigidos por el doctor Mark Hegsted, acababan de completar un estudio que demostraba que consumir grasas saturadas de alimentos como la mantequilla elevaba los niveles de colesterol, para consternación de la industria láctea, que había financiado la investigación.

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Marcos Mesa Sam Wordley | Shutterstock

En este estudio también se analizaba el impacto del azúcar, pero su efecto, según la investigación, era nimio en comparación. Más tarde, la industria azucarera financió varias investigaciones en Harvard para revisar la literatura y elaborar sus teorías en base a estos hallazgos.

Esto, sin embargo, ocurrió después de que el paradigma científico en contra de las grasas ya estuviera asentado, indican los autores, y no al revés. Cuando se realizaron los estudios, el azúcar no jugaba casi ningún papel en la dieta porque la atención estaba centrada en las grasas. Por tanto, el valor de las investigaciones se subestimó. Si se hizo bajo el prisma del conflicto de intereses es más difícil de saber.

Una era marcada por el conflicto de intereses

Volvamos a los sesenta. Por aquel entonces, la American Heart Association y el Gobierno de EE.UU. adoptaron una actitud sobre las grasas basada en investigaciones de vanguardia, que incluía estudios pioneros para la época. A su lado, el azúcar merecía poca consideración por lo que el controvertido estudio 259 y similares, apuntan los investigadores, sencillamente no tendrían el mismo interés.

Al fin y al cabo, las afirmaciones de que el azúcar causaba enfermedades del corazón tenían mucho menos apoyo empírico y experto. Algo muy conveniente para la industria del azúcar, por supuesto. Pero entonces, ¿por qué los autores de Harvard no revelaron en su momento que habían sido financiados por la industria azucarera?

Este hecho era bastante común en la época, explican los autores del nuevo estudio. Tal información financiera no era obligatoria. Es más, enfatizan que las colaboraciones investigadoras con la industria alimenticia eran omnipresentes entre los años cincuenta y sesenta, algo mucho menos común y más controlado hoy día.

industria del tabaco
Como si fuera lo más normal del mundo, estos dos anuncios muestran a profesionales sanitarios como médicos o enfermeros consumiendo tabaco o refrescos azucarados en los hospitales.

Tanto los partidarios de la hipótesis del impacto de la grasa en la dieta como los defensores de la teoría del azúcar recibieron financiación de las empresas de alimentos que buscan defender ciertos intereses. Johns y Oppenheimer señalan que el Consejo Nacional de Productos Lácteos financió estudios clave para tratar de limpiar la imagen de la grasa en la dieta, lo que plantea dudas sobre el impacto global de la industria azucarera.

Pero, a pesar de lo oscuro de todo este debate, los historiadores han dejado claro que ellos no tienen conflicto de interés alguno ni quieren defender a la industria del azúcar. "Lo único que buscamos es exponer las tácticas mercantiles de dudosa intención. Creemos que es un error demonizar, casi de forma refleja, a los científicos y sus investigaciones cuando hay evidencia de financiación privada", explican.

"Nuestro análisis ilustra cómo las narrativas conspirativas en la ciencia pueden distorsionar el pasado al servicio de las causas contemporáneas y oscurecer la genuina incertidumbre que rodea los aspectos de la investigación, perjudicando los esfuerzos para formular buenas políticas basadas en la evidencia".

El azúcar y la salud

Por último, es importante señalar que el azúcar, a día de hoy, cada vez muestra más su cara amarga. El consumo excesivo de esta sustancia se relaciona con todo tipo de enfermedades, especialmente con la epidemia más extendida del mundo: la obesidad. A pesar de ello, todavía hay intentos de mitigar su impacto a nivel de medios.

Poco a poco la sociedad se está percatando de que nuestro consumo es terriblemente excesivo, algo que ha conseguido empeorar nuestra salud a muchos niveles. Estudios como el de California, e incluso este corrigiendo el anterior, ayudan a que seamos más conscientes del peligro que supone el exceso de consumo. Pero su reducción solo se conseguirá gracias a la puesta en marcha de medidas institucionales y a una mayor educación de la sociedad. Todo ello con la única intención de que podamos ganar en calidad de vida.