Idear, crear, hacer crecer y mantener una startup no es un asunto fácil. Pocos son los que llegan a la cumbre y muchos menos aún los que son capaces de mantenerse y llegar al siguiente step de la cadena evolutiva. Es decir, pasar ese síndrome de Peter Pan que Cabiedes definía como uno de los mayores males para los emprendedores del momento.

En todo este proceso, en el que las historias de los emprendedores, empleados y empresas suelen ser el eje central del ecosistema, hay algunas que bien podrían estar a la altura de los clásicos del cine de terror propio de La Noche de Brujas. Lo que no está del todo claro es si algunas son de terror real, a lo It, o si pertenecen a ese género del susto fácil y la casquería gratuita. Algunos de los grandes referentes del mundo tecnológico tienen en un haber algunos fracasos de gran envergadura. Sólo algunos afortunados como Zuckerberg fueron capaces de crear su imperio con el primer intento. Bill Gates, antes de tocar la tecla de Microsoft, lo intentó con una empresa llamada Traf-O-Data. Dedicada a procesar y analizar cintas de vídeo estaba claro que era un producto más parecido a un zombie que a una empresa. Después de intentarlo con varios posibles compradores, el producto que, ni siquiera funcionaba correctamente, se quedó en el cajón del olvido.

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Pero es que el pasado está lleno de grandes historias de miedo, pero de las de serie B. YO, seguramente está por encima de cualquier caída estrepitosa de la historia. En la simpleza radicaba su ¿éxito? 790.000 usuarios y 35 millones de dólares en financiación se fueron por el desagüe de las pesadillas cuando el mundo se dio cuenta de que enviar un SMS con la palabra "YO" era, cuanto menos, inútil. Tanto como el Airbnb para solicitar lugar para ir al servicio en baños ajenos.

Hushme

Entre esa gama de Series B de casquería de la mala y altamente predecibles en la trama, el mundo está lleno. ¿Qué no tienes dinero en efectivo? No pasa nada, en la era de la moneda digital y los pagos a través del móvil, Washboard intentó abrir una línea de negocio a través de la cual enviar dinero en efectivo por correo postal. Sí, como suena: efectivo y correo postal son las palabras clave en esta trama. Ni que decir tiene que este negocio fue a pique cuando, de hecho, el envío tenía un coste de 7 dólares. Es decir, por 20 dólares había que abonar 27.

En el apartado de las tecnologías sin futuro o con escaso recorrido que bien podrían formar parte del atezo de cualquier filme está aquella que vende tecnología inexistente. Como si de un mal día de Houdini se tratase, No More Woolf! vendía, y de hecho sigue vendiendo, el sistema para leer la mente a nuestros perros. Curiosamente, las mascotas sólo piensan palabras sencillas como amigo, comida o agua. Elaborar grabaciones complejas podría suponer un problema para las ventas. Así como el artilugio que se intentó patrocinar en Kickstarter para pagar el primer sistema que permitiría hablar por teléfono sin que el resto de las personas te escuchasen. Visto de otro modo, podría funcionar como la máscara de Hannibal Lecter en una versión futurista.

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Volviendo al presente y siguiendo con esos cacharros sin sentido hay que hablar del caso de uno de los fracasos más sonados de este año; Juicero, la compañía que vendía exprimidores de bolsas de zumo conectadas a la red Wi-Fi por el módico precio de 700 dólares. ¿Qué podía salir mal en esta idea de negocio? Realmente, si se mira con perspectiva, todo. Desde sus 120 millones de dólares en inversiones, hasta la promoción del sistema como si de un iMac se tratase con el nuevo Steve Jobs a la cabeza de la compañía. Pero como en toda historia, siempre hay un monstruo que se posiciona como la fuente de todas las pesadillas. En este caso tenía la forma de periodista de Bloomberg que, con un sencillo vídeo, mandó el proyecto al cajón de los mayores desastres emprendedores. Sólo en una secuencia, la periodista demostraba que las bolsas de zumo podían exprimirse fácilmente con las manos; 700 euros de exprimidor tirados a la basura.

Y después, están aquellas que nadie entiende y que pasarán sin pena ni gloria. Patatas con mensajes, en los que se pueden incluir imágenes (ahora con un 10% de descuento, todo sea dicho) y por un precio que puede rondar entre los 10 y los 16 dólares por tubérculo. Al nivel de Ovejas Asesinas de 2006 como poco. Otra startup que dedica sus horas muertas a vender hojas, de esas que caen de los árboles, muy de la época de Halloween. Aquella otra que vende nieve, de verdad o eso quieren decir, al peso por más de 50 dólares; aunque al paso climático que vamos quizá sea recomendable tenerla a mano. Y, por último, una canadiense que ha tomado la pesadilla del cambio climático por bandera y fabrica botellas de aire puro de varios olores y sabores.