Cuando uno piensa en la represión de las dictaduras, no puede menos que asombrarse al saber que algunos las añoran, las justifican o las prefieren. Aseguran, por ejemplo, que en ellas al menos hay paz y orden, y uno supone que se refieren a la paz de los cementerios y al orden con que se encuentran distribuidas allí las lápidas. Y eso cuando las víctimas de la represión aparecen porque, si no, ni siquiera existe para ellas, digamos, esa paz y ese orden. Como para muchas de aquellas que lo fueron de los llamados vuelos de la muerte durante la última dictadura cívico-militar en Argentina, asunto que aborda Sebastián Borensztein en Kóblic, su nueva película.

Los que fueron arrojados al mar

En la primera hora de madrugada de un miércoles, el 24 de marzo de 1976, el general José Rogelio Villarreal le dijo lo siguiente a la presidenta de Argentina, Isabel Martínez de Perón: “Señora, las Fuerzas Armadas han decidido tomar el control político del país y usted queda arrestada”. Era el comienzo del golpe de Estado que instauró la dictadura de la junta militar, entre ese día y el 10 de diciembre de 1983, en el único país del Cono Sur que hasta ese momento y por entonces era una democracia.Argentina era por entonces el único país del Cono Sur con una democracia hasta el golpe de Estado de 1976

La junta militar fue presidida por Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti, comandantes de las tres Fuerzas Armadas del país. Videla, en concreto, opinaba respecto a las víctimas de la represión que “el terrorista no sólo es considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por activar a través de ideas contrarias a nuestra civilización occidental y cristiana”. A nadie pudo extrañar que, en la jornada siguiente al golpe, el diario La Nación informase a los argentinos de que la pena de muerte había sido impuesta para aquellos a los que la junta militar considerara, de tal forma, terroristas.

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Videla, Massera y Agosti - ElLitoral.com.ar

Pero, incluso con la ley para ejecutarlos sancionada, como parece que los procesos judiciales son un engorro más propio de democracias y había prisa por librarse de la disidencia, hubo quien ideó los vuelos de la muerte, una práctica con la que miles de ciudadanos argentinos, molestos para las nuevas autoridades de la dictadura, fueron lanzados al océano y al Río de la Plata desde aviones militares con la esperanza de que falleciesen por el impacto contra el agua desde tan gran altura, se ahogasen o fueran devorados por animales del mar y, así, los diesen por desaparecidos.Al asesinar a los disidentes arrojándolos al mar desde un avión se pretendía que los diesen por desaparecidos

El problema es que no siempre se los tragaban las aguas, y fueron apareciendo numerosos cadáveres en las costas de Argentina y Uruguay, a los que procuraban enterrar con prontitud como a desconocidos en la paz de los cementerios, con las iniciales “NN” en sus lápidas, es decir, “ningún nombre” o “nomen nescio”, que significa “desconozco el nombre” en latín. A pesar de todo, muchos de ellos fueron identificados como personas que habían sido encerradas en los centros de detención clandestinos de la dictadura: la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), El Campo de Mayo, Garage Olimpo, etcétera.

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Manifestación por los 30.000 desaparecidos durante la dictadura argentina - Argentina.IndyMedia.org

Si hubiesen contado con la asesoría del sanguinario Osvaldo Romo, agente represivo de la dictadura militar chilena, les habría aconsejado arrojar a los opositores a los volcanes para librarse de los inconvenientes del océano traidor. Aun así, de las quizá 30.000 víctimas que se cobró el terrorismo de Estado de la dictadura argentina, unas 4.400 fallecieron en los vuelos de la muerte según el ex militar argentino Adolfo Scilingo, que cumple condena en España tras ser procesado por genocida. “Entre quince y treinta personas una vez por semana, y se acoplaba los fines de semana algún vuelo más”, relató en una entrevista.Scilingo: “Se consultó a la jerarquía eclesiástica y se adoptó un método que la Iglesia consideraba cristiano”

Para evitar los dolores de cabeza que los fusilamientos le habían causado a Franco en España y a Pinochet en Chile, “se consultó a la jerarquía eclesiástica y se adoptó un método que la Iglesia consideraba cristiano, o sea, gente que despega en un vuelo y no llega a destino”, contó en otra entrevista antes de ser detenido por la Guardia Civil en el aeropuerto valenciano de Manises. Afortunadamente, Scilingo no fue el único juzgado por estos crímenes: en el segundo y el tercer juicio de la megacausa ESMA se procesó a otros once responsables. En otros países, criminales como estos ni siquiera han pisado un tribunal de justicia, así que Argentina merece un reconocimiento.

La conciencia del capitán Kóblic

Para su cuarto largometraje, Sebastián Borensztein ha optado por la historia de un hombre que huye, un piloto de la Armada argentina atormentado por su participación en los vuelos de la muerte, que se refugia en un pueblecito perdido tratando de ocultarse. Ese hombre es el capitán Tomás Kóblic, interpretado con su solvencia habitual por Ricardo Darín, en su segunda colaboración con Borensztein hasta el momento.

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'Kóblic' - Pampa Films, Atresmedia Cine

Analizando la aún breve carrera del director bonaerense en la gran pantalla, percibimos que ha demostrado inclinaciones por encarar relatos cómicos con un saludable puntillo de mala uva, de humor negro, y otros sobre enfrentamientos violentos y criminalidad. Se estrenó con La suerte está echada (2005), una comedia algo tosca pero indudablemente divertida que se ríe de la mala fortuna, con alguna escena descabellada en la que acredita que conoce cómo le gustaría al espectador que resolviese ciertos hilos argumentales. A esta le siguió Sin memoria (2010), un thriller mexicano en el que se dedica a unir las piezas de un puzle de recuerdos huidizos con escasa habilidad e impostura.Kóblic es una obra de cine negro con estructura de western

Luego presentó su primer trabajo con Darín, Un cuento chino (2011), otra comedia agradable, con evidente mala leche y un indiscutible gusto por cierta excentricidad bajo control. Pero, en Kóblic, Borensztein se pone todo lo serio que es capaz y nos entrega una obra de cine negro con estructura de western, la de un forastero con algo que esconder que llega a la ciudad bien pertrechado, roba algún corazón y acaba enfrentándose a la autoridad sin haberlo querido. Y en ella juega mucho mejor sus cartas con sobrias maneras que en Sin memoria, construyendo un personaje de mayor profundidad e interés, al que conduce a un destino muy parecido como protagonista pero con una dignidad y una compostura en las formas bastante superiores.

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'Kóblic' - Pampa Films, Atresmedia Cine

La conciencia del capitán Kóblic es la de la propia Argentina, que se resiste a hacer la vista gorda con los crímenes que se cometieron durante su última y sangrienta dictaduraLos flashbacks vuelven a ser de importancia en la narración, si bien en Kóblic no resultan tan profusos y, paradójicamente, sí más perturbadores; y hay otros paralelismos en la historia y el tratamiento de situaciones peliagudas, como en las de hallazgos desagradables. Inma Cuesta cumple y clava el acento argentino de la provinciana Nancy, y Óscar Martínez le da una decente réplica a Darín como el pérfido Velarde. Sin embargo, se le ven un poco las costuras a la película por su conocido esquema, y lo mínimo que podemos decir es que esperábamos mucho más de la resolución del duelo entre Kóblic y Velarde en el último tramo. Pese a ello, el drama se interioriza bien, y nos conmueven las cuitas del héroe mortificado.

Diríase que la conciencia del capitán Kóblic es la conciencia de la propia Argentina, que se resiste a hacer la vista gorda con los crímenes que se cometieron durante su última y sangrienta dictadura. Una conciencia que en otros países que también sufrieron la represión de regímenes dictatoriales, como España, muchos anhelan, porque no debería haber paz para estos malvados, patriotas de boquilla, que lo único que saben hacer es alimentar la de los cementerios.