No existe ningún ser vivo en el planeta que haya modificado tanto su entorno como el ser humano. Hemos creado, destruido, modificado y aprovechado cada rincón del globo. Hemos llegado hasta los cielos y bajado hasta las simas más profundas (o casi). Y en todo este proceso, hemos cambiado lo que nos rodea. Especialmente a otros seres vivos. Sí, los seres humanos somos los responsables de la desaparición de miles de especies. Pero, aunque parezca mentira, también lo somos de la aparición de muchas otras. Sin saberlo, hemos realizado la tarea que sólo le corresponde a uno de los motores biológicos más importantes del mundo: la evolución.

Agentes de la evolución

Cualquiera que haya estudiado un poco de biología es consciente del papel del ser humano seleccionando especies por sus valores: los árboles frutales, las vacas lecheras o las distintas razas de perro son un ejemplo. Aunque estos no son ejemplos de que hayamos contribuido a crear nuevas especies. Pero lo hemos hecho. ¿Qué es una especie? Aunque esta cuestión es mucho más complicada (y sujeta a discusión) de lo que parece, cojamos el concepto clásico: una especie es un conjunto de organismos con las mismas características que pueden reproducirse con descendencia fértil. En un momento dado, los cambios acumulados separan una especie de otra, convirtiéndola en otra nueva incapaz de reproducirse con la anterior, de la que proviene. Grosso modo, ya lo tenemos definido.

A medida que hemos cambiado el medio, hemos creado nuevos nichos y nuevas oportunidades, relaciones, entre seres vivos. Esto ha acabado por presionar a algunos de estos seres vivos. Al igual que esa presión ha extinguido muchas especies, ha creado nuevas oportunidades para otras, cambiándolas para siempre: han aparecido nuevas especies, únicas. Un claro ejemplo de esto es Culex molestus, el mosquito del metro. Este mosquito ha evolucionado del cosmopolita Culex pipiens, el mosquito común. Y lo ha hecho en apenas un centenar de años dentro de los túneles de metro. Pero, ¿es otra especie? Sí, por completo. Morfológicamente muy distinta a su primo, no es capaz de reproducirse con otras especies de mosquito. Por mucho que nos cueste admitirlo, es otra especie distinta.

Culex molestus ha evolucionado en apenas un centenar de años dentro de los túneles de metroY no es el único caso. Las especies más "sensibles" a la mano del ser humano son las plantas, donde se estima que hemos provocado la especiación (la aparición de nuevas especies) de cientos de miles de plantas a lo largo de nuestra historia. Algo mucho más rápido de lo que suele ocurrir de forma natural. Para ello, a veces hemos elegido conscientemente unas plantas, eliminando otras. En ocasiones hemos cambiado la tierra y el medio, como en el caso del mosquito de metro, generando nuevas condiciones a las que sólo se han adaptado algunos individuos que terminarían por evolucionar. Otras veces los cambios se han dado por cuestiones más difíciles de definir. Pero, en definitiva, nuestras acciones han provocado la aparición de especies completamente nuevas. Y eso es bueno, ¿no?

Extinción versus Evolución

La biodiversidad es, en general, algo bueno. Y necesario. Los sistemas ecológicos se benefician de una mayor biodiversidad. Biodiversidad significa variación de especies. La calidad de vida y la supervivencia, tal y como muestran numerosos estudios, se incrementa con los niveles de biodiversidad (que se pueden medir de distinta manera). Así, si hemos ayudado a crear nuevas especies, estamos aumentando la biodiversidad. Y si aumentamos la biodiversidad, es algo positivo, ¿verdad? Pues hasta cierto punto sí. En primer lugar, hay una comparación ineludible: si hemos creado nuevas especies, esto serviría para contrarrestar el daño causado por la extinción de otras. Pero esto no es así. Por numerosas cuestiones, no es una "fórmula" válida.

Las "puestas por las quitadas", como dice el refrán. No. Un reciente estudio analiza el valor que estas nuevas especies dan al medio. Pero son especies aparecidas (o incluso "creadas") bajo ciertas condiciones, demasiado especializadas. No pueden sustituir de ninguna de las maneras a otras especies desaparecidas de la naturaleza. No es posible hacer tal cosa. Por tanto se plantea una cuestión nueva, ¿qué valor tendrán unas especies nuevas, artificiales, dentro de lo que entendemos como biodiversidad? Esta cuestión inquieta actualmente a muchos biólogos que ven cómo desaparecen cientos de miles de especies cada año.

La sexta gran extinción

En nuestro pequeño planeta ya han ocurrido cinco grande extinciones. En ellas desaparecieron una cantidad brutal de especies. La mayor de ellas acabó con el 95% de las especies animales que vivían sobre la tierra. Otro de estos eventos masivos es la conocida como "extinción de los dinosaurios" (nombre que no es correcto, pues los dinosaurios no se extinguieron por completo, ni mucho menos). Todas y cada una de las cinco extinciones anteriores se debieron a causas naturales y tardaron varios millones de años en producirse. Pero ahora nos enfrentamos a algo mucho peor. La tasa de extinción de los últimos cien años es por completo comparable a las de las otras grandes extinciones. Pero en menos tiempo.

En el último siglo han desaparecido, más de 700 especies de vertebrados. Veinte veces más de la tasa normalEn el último siglo han desaparecido, al menos, unas 700 especies de vertebrados. Según el registro fósil, la tasa de desaparición de los últimos millones de años es de 1,8 especies por cada 10.000 especies cada cien años. Los cálculos de biodiversidad estiman que actualmente existen unas 200.000 especies de vertebrados. Según lo dicho más arriba, en los últimos cien años, si siguiéramos la tasa natural de extinciones, habrían desaparecido unas treinta y seis especies. Veinte veces menos de lo que está ocurriendo. Sencillamente, son números insostenibles. Y que, por supuesto, no se atemperan por la creación de nuevas especies. Pero bueno, al menos, siempre podemos decir que jugamos a "ser la naturaleza" durante algún tiempo. Aunque fuese sin saberlo.