Mientras repasas los tomos de la estantería con la punta de los dedos, esperas que un libro llame de pronto tu atención. Que haga saltar los resortes de la maquinaria que tenemos por cerebro. No siempre ocurre. Pero cuando lo hace, escoges esa obra, tal vez cubierta de polvo por el paso de los años, y observas la portada, el título, la edición. Como si buscaras que la magia aparezca, como si se tratara de un amor a primera vista. Pasan cinco, diez, quince segundos. Sucede como en las grandes historias de pasión que vivimos en el metro, esperando que la mujer o el hombre de nuestra vida no se baje del vagón, cuando ni tan siquiera hemos sido capaces de cruzar media palabra.

Algo así ocurrió hace más de doce años. No recuerdo la fecha. Tampoco sé si era una mañana soleada de octubre o una tarde lluviosa de abril. Los detalles, a veces, carecen de importancia, salvo el rastro de emoción que permanece. Solos en la habitación, aquel librito de tono dorado y yo. Envejecido por el paso del tiempo, de una colección que seguro compraría mi padre hace años. Probablemente mucho antes de que yo fuera simplemente proyecto en su imaginación.Como si buceáramos más allá del titular para conocer las profundidades marinas de las palabras

Aquel librito se llamaba Relato de un náufrago. Recuerdo que me atrajo el título, pero especialmente la descripción de la contraportada. «Novela de carácter periodístico», decía. A veces cuando escribimos olvidamos lo importante que es enganchar al lector. Como si nuestros textos fueran una droga, como si necesitaran bucear más allá del titular para conocer las profundidades marinas de las palabras.

Gabriel García Márquez lo hacía. El librito te infectaba con el virus de la curiosidad nada más verlo, tras sentir la sed y el hambre que tuvo que sufrir aquel joven en sus diez días a la deriva. Al conocer los galardones y medallas de la patria, las reinas de la belleza y la publicidad. Para terminar luego con la estocada mortal del «aborrecimiento del gobierno y el olvido para siempre». Recuerdo leer aquella obra del tirón, como si necesitara saber qué ocurrió. Hacer su hambre mía. Sentir en los labios el regusto del agua salada cuando te estás muriendo de sed.

Aquella historia era real, como describió Gabo durante catorce días consecutivos en el diario El Espectador de Bogotá. Dos semanas en las que fue desgranando las vivencias de Luis Alejandro Velasco, el miembro de la tripulación del destructor Caldas, de la marina de guerra de Colombia, que cayó al mar en plena tormenta. O al menos eso contaban las versiones oficiales, calculadas al milímetro por el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla.

Gabriel García Márquez
Stephen Ferry (Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano)

Lo que no esperaba la dictadura militar es que un cuento, «contado a pedazos muchas veces», como describió Gabo, encerrara una sorpresa. Una auténtica bomba de relojería. Gabriel García Márquez no relataría en boca de Velasco una historia de hambre y de sed, una versión oficial de infortunio. El hijo del telegrafista viviría en primera persona la pasión insaciable del periodismo, la que «sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad», como escribiera en el diario El País en 1996.Macondo era el reflejo de Aracataca, su pueblo natal

Cuando Guillermo Cano, director del periódico colombiano, aceptó la propuesta de aquel náufrago, poco imaginaban en la redacción que su historia, «manoseada y troceada a partes iguales», pudiera estirarse, encoger el corazón, hacer saltar en pedazos la realidad de la ciudad de Bogotá de los años cincuenta. Ocurre, sin embargo, que «el pálpito sobrenatural de la noticia» acecha cuando menos te lo esperas. Ahí está sin que pudieras verlo. «El orgasmo de la primicia», como cuando un libro te llama desde una desvencijada estantería.

Hace un par de tardes repasaba con el dedo índice los ejemplares desordenados de una librería de Antón Martín. Como aquel día hace doce años, uno de los tomos encendió mis conexiones neuronales. De nuevo era García Márquez, con su libro Yo no vengo a decir un discurso, publicado en 2010. En aquella obra, el nieto del coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía describe a la perfección el oficio de escribir, ya fuera con su aclamada Cien años de soledad o con sus relatos periodísticos.

García Márquez era escultor de la palabra. Creador del realismo mágico, soñador de Macondo, el territorio que imaginó tras el rastro de Aracataca, su pueblo natal. El cuentista colombiano, reconocido con el Premio Nobel de Literatura de 1982, estaba convencido del poder de la escritura. Tanto que decía que la humanidad entraría «en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras». Lo supo bien a la tierna edad de doce años, cuando estuvo a punto de ser atropellado por una bicicleta. En ese momento, relató en el Congreso de Zacatecas, conoció el inmenso poder de la palabra cuando un cura le salvó con el grito de «¡Cuidado!»

Gabriel Garcia Marquez
Gabo retratado por Colita con un ejemplar de Cien años de soledad en 1969.

Cuidado era lo que ponía Gabo al soñar Macondo, cuando «el mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Su obra más universal revoloteaba en la imaginación de Gabriel García Márquez, hasta que en un viaje de México a Acapulco supo cómo contarla. «Como lo que me contaba mi abuela», relataría tiempo después. Gabo lo dejó todo para encerrarse en su pequeño cuarto durante algo más de un año. Empeñó el automóvil y vendió buena parte de los electrodomésticos de su hogar para escribir uno de los libros fundamentales de la literatura en castellano.

Cien años de soledad es un viaje en el tiempo, un regreso a la infancia del escritor que creció con sus abuelos Nicolás y Mina. La aldea de Macondo, «donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto», se dibuja también en la imaginación colectiva como la edad más temprana de nuestra vida. No en vano Joaquín Sabina cantó que «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Macondo somos nosotros mismos en un principio, en el preciso instante en que la madera no tallada se erige en el tronco del árbol, en el momento justo en que la nieve del invierno aún no ha comenzado a derretirse.

García Márquez convirtió en realidad la magia con sus lecturas Macondo es parte del realismo mágico porque sólo se convierte en realidad con la magia de la lectura. La misma que, por ejemplo, describe a Barcelona como la ciudad «hermosa, lunática e impenetrable» en alguno de los cuentos de García Márquez. La capital catalana se vuelve hostil para Saturno el Mago en Sólo vine a hablar por teléfono. Es de nuevo una metáfora de la vida, del cambio que corta la madera del tronco, que deshiela la nieve en primavera. La que nos hace humanos, la que nos vuelve adultos. Macondo deja de ser un paraíso con la sucesión de pestes -del insomnio, del banano, del diluvio-, guerras civiles y enfrentas políticas.

Cuando la peste del insomnio acecha Macondo, José Arcadio Buendía responde con humor que «si no volvemos a dormir mejor, así nos rendirá más la vida». Vuelve García Márquez a deleitarnos con esa fina ironía que acontece en sus libros, como cuando Úrsula pierde la paciencia al escuchar al coronel decir que «la Tierra es redonda como una naranja».

Si Cien años de soledad sirve como metáfora de la vida, El coronel no tiene quien le escriba es un retrato de las huellas del paso del tiempo. El militar da cuerda a un reloj a diario, recordándonos lo inevitable que resulta el transcurrir de los años, el imparable tic-tac de las agujas. El polvo de café, del que apenas queda una taza, o la falta de maíz, le recuerdan al personaje el estado de miseria en el que vive sepultado, esperando una pensión de veterano que no llega.

Gabo no sólo habla del inevitable paso del tiempo al darle cuerda a sus novelas, sino que también enciende un fuego en el alma. Cuando se cumple un año de su fallecimiento, Gabriel García Márquez sigue más vivo que nunca en sus libros, en sus relatos, en sus historias. Porque como escribió en El amor en los tiempos del cólera, «es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites».