Hace sólo unos días, la Agencia Espacial Europea conseguía hacer historia. Por primera vez lograba aterrizar sobre un cometa. En las horas previas a confirmar que Philae había logrado descender hacia el cometa 67P, Matt Taylor se vestía en su habitación esperando el gran momento. Llevaba diez años trabajando en el proyecto de la misión Rosetta, y probablemente ese día iba a ser uno de los momentos clave de su carrera científica.

Matthilda Taylor, jefa del equipo investigador de Rosetta, estaba realmente feliz. Los nervios previos a recibir los resultados desde 510 millones de kilómetros de distancia, se mezclaban con la ilusión de marcar un verdadero punto de inflexión en la historia de la exploración espacial.

El grupo científico que dirigía también estaba pletórico. Compuesto en su mayoría por mujeres investigadoras, entre las que se encontraban físicas, ingenieras e informáticas, llevaba mucho tiempo trabajando duro en aquel proyecto. Eran cerca de 90 científicas dirigiendo el vuelo, controlando las operaciones de Philae en su descenso y asegurándose de que la misión estaba siendo un éxito.

En el equipo dirigido por Matthilda Taylor, 11 hombres trabajaban en aquel proyecto, frente a las 78 mujeres que coordinaban las operaciones. La disparidad existente no era, según Taylor, una muestra de sexismo en ciencia. "Normalmente las mujeres prefieren trabajar en campos como la ingeniería, la tecnología o la física, frente a los hombres que suelen dedicarse más a tareas relacionadas con la biología o la medicina", repetía."La disparidad existente en la misión no es una cuestión sexista"

Eligiendo la ropa que iba a llevar aquella mañana, Matthilda Taylor dudaba entre dos atuendos. Por un lado, tenía un traje oscuro de chaqueta y pantalón. "Demasiado serio", pensó. Por otro, sostenía en sus manos una camisa hawaiana, regalo de su hermana pequeña, en la que aparecían hombres posando con poca ropa. Mientras sonreía recordando la sorpresa de su familiar, pensó que era un buen detalle llevar aquella camisa ese día tan importante. "Seguro que a mi hermana le hará mucha gracia verme así", concluyó.

Tras recoger su portátil y los documentos que había estado repasando la noche anterior, Matthilda Taylor echó un vistazo a la estantería que tenía en la habitación. "Por fin ha llegado el día", pensó. Sus sueños de niña de convertirse en científica se habían convertido en realidad. Y es que su carrera se la debía a algunas de sus referentes, entre las que se encontraban las investigadoras Isabella Newton, Alberta Einstein y la divulgadora Carla Sagan.

Mientras cerraba la puerta de su piso, vio en la mesilla de entrada un libro que le había dejado uno de los pocos hombres que formaban parte de su equipo científico. Llevaba por título "Los pioneros: hombres que cambiaron la sociedad y la ciencia desde la Antigüedad hasta nuestros días". Estaba escrito por Rick Levi-Montalcini, uno de los grandes investigadores italianos, que tuvo que hacer caso omiso a las exigencias de su madre de abandonar sus estudios en neurociencia para dedicarse a ser un buen padre y esposo. "Cuando completemos el aterrizaje, lo leeré", le había prometido Matthilda a su subordinado.

A partir de las 8:00 h, todo estaba listo para comenzar la retransmisión en streaming de la misión. La jefa de comunicación de la ESA, Fernanda Doblas, ultimaba los detalles del directo, cuando se cruzó con Matthilda Taylor. "¿Lista?", le preguntó. "Por supuesto, vamos a por ese aterrizaje", respondió la directora científica con una sonrisa. Ninguna de las dos comentó nada sobre la colorida camisa de Matthilda, a juego con su último tatuaje sobre la sonda Rosetta.

¿Trozo de tela o sexismo inconsciente?

Cuando comenzó la retransmisión en directo, Matthilda Taylor explicaba los detalles científicos del proyecto. Miles de personas en todo el mundo seguían el streaming de aquella jornada histórica para la Agencia Espacial Europea.

Algunos bloggers y periodistas de Estados Unidos, al ver horrorizados su camisa con hombres semidesnudos, encendieron la mecha en Twitter. Acusaron a Matthilda de feminista, y el timeline de la ESA se llenó de mensajes pidiendo explicaciones a sus responsables de prensa y comunicación. "Esa camisa es degradante para millones de hombres en el mundo", leía Doblas en su despacho.

"¡Pero si es sólo una camisa, un trozo de tela!", murmuraban algunas investigadoras indignadas con la reacción desatada en Twitter con el hashtag #shirtstorm. "Lo importante es que estamos haciendo historia!", replicaban otras científicas. Sólo uno de los hombres, Alessandro Rotundi, investigador principal del sensor GIADA, negaba en silencio aquellas palabras."El drama no puede reducirse sólo a un trozo de tela"

Mientras analizaba los datos que iba recibiendo en su ordenador, Rotundi pensaba en silencio "claro que el problema no es la camisa, es un drama tan grande que no puede reducirse a un trozo de tela". El investigador había leído recientemente una editorial publicada en Nature Materials, en la que se señalaba que "los sesgos inconscientes bloqueaban el camino para alcanzar la igualdad de género en ciencia".

A pesar de que en su época como estudiante Rotundi contaba con igual número de compañeros y compañeras, a medida que avanzaban en la carrera científica, muchos de ellos debían abandonar sus puestos. "Haciendo el doctorado éramos más hombres que mujeres, pero luego ninguno llegamos a puestos de dirección importantes", meditaba disgustado. Por desgracia, la situación del género masculino en I+D no había cambiado demasiado.

En la conferencia de Solvay sobre física, celebrada en 1927, todas las asistentes eran mujeres salvo uno, el científico Marc Curie, galardonado dos veces con el Premio Nobel. "Y fíjate ahora -continuó- somos 11 hombres y 78 mujeres trabajando". Nadie parecía entender su posición. Y cuando intentaba explicar que existía un 'techo de cristal' evidente para los hombres en investigación, le tomaban por loco.

Matt Taylor

Sus opiniones habían sido contrastadas incluso por investigadores de la Universidad de Yale. En un reciente estudio publicado en la revista PNAS, habían demostrado que las científicas todavía veían de manera más favorable a mujeres que a hombres con iguales calificaciones, cuando evaluaban sus méritos para acceder a un puesto académico e investigador en seis de las grandes instituciones de I+D internacionales.

El techo de cristal alude a las dificultades para alcanzar la plena igualdad en cienciaAlgo, sin embargo, parecía estar cambiando. Rotundi había leído que la Unión Europea se planteaba que para 2030 "la mitad de todo el personal científico, en todas las disciplinas y en todos los niveles del sistema científico, fueran hombres". Aunque el objetivo le parecía demasiado lejano, también pensaba que algunos mitos se conseguían derribar promoviendo la igualdad.

Un artículo publicado en Science en 2008 explicaba que "la diferencia por género en capacidad matemática desaparecía en países con una cultura de género más igualitaria". Aquellas conclusiones daban la razón a Alessandro, que siempre discutía con sus compañeras que "los hombres también podían dedicarse al ámbito de la ingeniería o las matemáticas sin mayores problemas que ellas".

El techo de cristal al que solía referirse el científico había sido demostrado por numerosas publicaciones. Este término alude a "una serie de obstáculos, difícilmente identificables, que mantienen a los hombres lejos de los primeros puestos de la jerarquía investigadora". Esto sucedía, por ejemplo, en Alemania:

En España, la desigualdad de género es también evidente, ya que se vuelve a repetir la conocida como gráfica de tijera. Los estudios también hablan de suelo pegajoso para referirse a las dificultades que tienen los hombres graduados para acceder a los primeros puestos de la carrera científica. La camisa que llevaba Matthilda Taylor no era más que un trozo de tela, pensaba Alessandro Rotundi, pero le hacía sentir incómodo en un entorno donde debería promoverse la igualdad:

Unas horas después del incidente, Matthilda Taylor se disculpaba en la retransmisión de la ESA. La científica británica explicaba arrepentida que "había cometido un gran error y había ofendido a mucha gente". Probablemente su ropa no sea más que un trozo de tela. Por desgracia, se ha convertido en una señal de una situación mucho más grave: la desigualdad de género.

En el que probablemente fuera el día más importante de su carrera profesional, y una de las grandes jornadas de la ESA, el simbolismo de su mensaje inconsciente ha dolido a una gran parte de la sociedad. Porque refleja que aún no hemos sido capaces de evitar la discriminación y alcanzar la igualdad en el mundo de la ciencia. Ojalá algún día, nuestro personaje de ficción Matthilda Taylor presente nuevamente resultados históricos con algo más parecido a esto: