Uno de los más antiguos debates sobre ocio electrónico es aquel que alude al videojuego como forma de arte. Para un servidor no hay discusión posible. Podría pasarme horas exponiendo ejemplos de este arte videojugable. Títulos que marcaron un antes y un después por su peculiar estilo gráfico, su excepcional narrativa o lo cautivador de su banda sonora.

Si se piensa, el videojuego es en sí una confluencia de artes y es por ello que no se entiende cuánto se ha postergado la cuestión. Tampoco que muchos desarrolladores de culto, como el mismísimo Hideo Kojima (padre de Metal Gear Solid) llegasen a negarle tal calificación a su disciplina. Por suerte fueron más quienes hicieron justo lo contrario, uno de ellos el que para muchos es artista del videojuego por antonomasia: Fumita Ueda.

A Ueda debemos magnos ejemplos de cómo el Síndrome de Stendhal también puede sentirse mando en ristre: ICO, Shadow of the Colossus e incluso su próxima obra, The Last Guardian, ya apunta maneras para ser consideraba arte en su más pura esencia. Por citar algunos títulos más: Okami, Shenmue, Heavy Rain... son muestras más recientes de la belleza plástica del videojuego, que nada tiene que envidiar en este sentido a los más bellos cuadros de cualquier galería.

Toda esta diatriba viene porque, aunque no a efectos legales, los Estados Unidos acaban de reconocer al videojuego como forma de arte, incluyéndose a éste en su definición:

Como proyecto artístico se consideran programas de televisión, radio, representaciones teatrales, series, webisodios, instalaciones y juegos interactivos. Las películas cortas se considerarán en paquetes de tres o más.

Esta nueva acepción se hará efectiva en 2012 y a efectos prácticos permitirá a los desarrolladores estadounidenses solicitar ayudas de hasta $200.000, las mismas que hasta ahora eran concedidas al resto de profesionales.

La National Endowment for the Arts, al cargo de las subvenciones, fue creada en 1965 como agencia independiente del gobierno estadounidense.