Antes de ser El Creador de Lost, J.J. Abrams fue el creador de Felicity. Muchos geeks seguramente ni conozcan esta serie, pero yo como además de geek soy chica, disfruto de lo mejor de ambos mundos: los culebrones y la ciencia ficción. Felicity fue un drama que entre 1998 y 2002 relató la vida de una universitaria en Nueva York, recientemente la están repitiendo en cable, y es mi nuevo placer culposo merendar viéndola.

Y ahora, al grano: en Felicity había un personaje llamado Noel, que era medio geek-nerd (no el estereotipo anteojudo y perdedor), era el chico sensible y bueno, que perdía a la chica porque a ella le gustaba más el “chico malo” (¡clásico!). Hace unos días, en un episodio él se denominó a sí mismo una “persona Mac” (recordemos que esto fue mucho antes de que la publicidad nos incitara a denominarnos como Macs o Pcs) y se me ocurrió, ¿habrá sido este un prototipo de la –entonces– subcultura de maqueros que ahora arrasan y van por la predominancia geek?

El propio Abrams, que en las últimas temporadas hizo con Felicity de las suyas, con homenajes a The Twilight Zone, y hasta una realidad paralela (¿les suena?), dijo en su momento en una entrevista que para él el emplazamiento de productos Apple en la televisión y el cine se trata de un fenómeno cultural, “hay algo humano amigable y optimista en Macintosh”.

¿Pero cómo llegamos de estos primeros asomos de «personas Mac» a la actual era de los fanboys? Si intentamos definir qué es un fanboy, nos encontramos con que es un fan devoto, que defiende a muerte aquello de lo que es fan, y no acepta opiniones contrarias. Un poco extremista, pero todos nos hemos topado con alguno de ellos. Casi comparable al fanatismo religioso, donde lo importante son las creencias por sobre todo lo demás. No es casual entonces lo que explica Martin Lindstrom en su libro Buyology, cuando dice que Apple más que una marca es una religión. Esta afirmación no se basa sólo en teorías, sino en estudios neurológicos, en los que las tomografías realizadas a quienes eran fieles a la marca, coincidían exactamente con las de los católicos devotos.

Y esto nos lleva de vuelta al principio, ya que una de las estrategias que ayudaron a “evangelizar” a sus clientes de esta manera, es la sutil forma en la que Apple realiza su product placement, a diferencia de otras marcas que son hasta groseras a veces. El ejemplo más actual es la última película de Star Trek (cerrando el círculo con J.J.) donde si bien no usaron productos Mac concretamente, el puente del Enterprise nos hizo pensar a muchos en las Apple Stores. Lindstrom da otro ejemplo claro de esta sinergia con las marcas en las películas, el filme Wall-E donde no vemos la manzanita mordida de Apple por ningún lado, pero todo nos remite a la marca. Según el estudio de Buyology “tal valor de transferencia es más prominente cuando el espectador no es consciente del product placement a nivel racional”. Y acá es donde me van a decir: Pero Pixar es de Jobs, más vale que va a hacer una película donde nos vendan subliminalmente; puede ser, pero déjenme contarles un dato curioso, Apple no paga por la publicidad por emplazamiento como sí hacen muchas otras compañías, simplemente les da sus equipos a quienes los pidan.

Yo soy una PC (aunque politeísta: dual boot Windows/Ubuntu) y convivo con un Mac (no al extremo de fanboy). Desde que conocí su MacBook y recientemente al comprar mi primer producto Apple (un iPod Touch) apenas estoy empezando a entender qué es lo que fascina a toda esta gente, si bien me pienso mantener agnóstica en este debate. Y es que, religión de los fanboys aparte, en definitiva allá en Cupertino saben bastante sobre buen diseño y usabilidad. Para comprobarlo, les dejo un video que muestra todas las computadoras Macintosh desde que se crearon hasta hoy para que lo disfruten, como una muestra de evolución en diseño, sean Mac, PC, Linux o lo que quieran.

Foto: TerryJohnston

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