Al igual que todas las adicciones, todo comenzó con una probada. Exactamente así empieza la historia de Alison Karlene Hodgins, quien con apenas 18 años de edad empezó su aventura en el mundo de las citas en línea. Y como cualquier otro joven adulto, lo hizo con inocencia y algo de cinismo. En su charla con The Huffington Post, la mujer comenta: “Tenía 18 años, en el sótano de mi mejor amiga, ligeramente embriagada con vino barato cuando le cree un perfil como parte de un chiste”. Sin embargo, poco sabía Hodgins que este chiste se convertiría en el centro de su vida tiempo más tarde.

Poco después, Alison comenzó a probar las citas en línea por su propia cuenta. Al igual que millones de historias en el mundo, Hodgins descargaba Tinder por la noche, para después arrepentirse de sus matches en la mañana y proceder a borrar su perfil. A esta acción le seguía la promesa de “no regresar”, pero como pasa con las adicciones, sus palabras no duraban demasiado tiempo.

No obstante, en este punto Hodgins todavía se encontraba relativamente sana. De hecho, al poco tiempo de empezar su aventura en el mundo de las citas en línea y de los deslizamientos a izquierda y derecha, la mujer encontró pareja. Esta relación tuvo una duración de un año, y es en su final cuando empieza la verdadera historia.

Un juego de estira y afloja

“Después del rompimiento, guardé luto por la relación antes de descargar una nueva app…”, comenta Alison, explicando cómo logró conocer a dos potenciales parejas más tras el evento. Lamentablemente, la suerte no estaba de su lado. “Salí con cada uno por dos meses”.

Drogas no necesitaba; incluso del alcohol me abstuve por un año entero. ¿Las apps de citas? Las ansiaba.

Alison Karlene Hodgins para The Huffington Post

“Tras cada rompimiento, me decía a mí misma que me tomaría algo de tiempo. Quería concentrarme en mí. Reflexionaría sobre quién era yo y qué quería. No descargaría ninguna aplicación de citas”. Sin embargo, dos semanas después, Alison despertaba con el móvil entre sus manos y una App Store abierta con la palabra “Citas” en la barra de búsqueda.

Pero, ¿por qué nos volvemos adictos a las apps de citas?

Por supuesto, sería injusto culpar a la propia Alison de su adicción a las apps de citas. Después de todo, son un medio como cualquier otro para saciar una de las necesidades humanas más importantes: el deseo de conexión.

De hecho, es esta misma necesidad la que nos convierte en “adictos” de estas aplicaciones. El cerebro es un órgano con una plasticidad impresionante, capaz de cambiar su química en respuesta a una experiencia específica, y el amor y el apego son de las más poderosas que puede llegar a experimentar.

Según el Dr. Michael Merzenich, oficial científico jefe en Posit Science, estas son una de las experiencias más significativas que alguien puede tener en su vida. “Naturalmente, estas experiencias pueden traer algunos de los cambios más grandes en el cerebro que una persona pueda experimentar”, comenta el científico a Global Dating Insights.

Además de sus charlas sobre las consecuencias del amor en el cerebro humano, Merzenich también ha hecho algunos estudios sobre el impacto de las apps de citas en el mismo. Aquí, nos explica qué es lo que sucede cuando comenzamos a deslizar a izquierda y derecha en apps como Tinder, y por qué.

“Sabemos que cuando una persona hace algo gratificante, como ir a una gran cita o conocer a una persona divertida, el cerebro libera dopamina, un neuroquímico asociado con la recompensa. Lo interesante es que el cerebro no necesita obtener la recompensa para liberar dopamina; si el cerebro anticipa que la recompensa llegará en el futuro, también libera dopamina.

Por esto, cuando una persona comienza a deslizar entre potenciales matches en una app de citas, el cerebro automáticamente empieza a anticipar la emoción y la recompensa de una cita, y libera dopamina”.

Dr. Michael Merzenich, oficial científico jefe en Posit Science

Pero Merzenich no es el único que ha logrado enlazar este fenómeno al circuito humano. El Dr. Judson Brewer, en su libro The Craving Mind, también ofrece un vistazo a este efecto. Aquí, Brewer explica cómo aplicaciones sociales de cualquier tipo activan el mismo “circuito” que sustancias como el alcohol, la cocaína, heroína, oxicodona y muchas más. Afortunadamente, en la mayoría de los casos, una dosis de Tinder no tiene consecuencias tan devastadoras como las sustancias mencionadas aquí.

Natasha Dow Schüll, antropóloga y autora de un libro que enlaza la adicción con la tecnología, comenta las similitudes entre las máquinas tragamonedas y las apps de citas. Según comenta Schüll a Daily Beast, la adicción a estas aplicaciones funciona de manera similar a la adicción a las apuestas.

"Los paralelismos existen en la forma en la que se formatea la experiencia, entregando o no recompensas. Si no sabes lo que vas a obtener o cuándo, esto provoca comportamientos más perseverantes, que a su vez son los más adictivos.

Construyes esta anticipación, esa anticipación crece, y hay una especie de liberación cuando se obtiene una recompensa. El premio gordo, un ding-ding-ding, un match".

Natasha Dow Schüll, antropóloga

Un problema que afecta más a unos que a otros

Una encuesta llevada a cabo por Match, confirma la cantidad de usuarios que suelen regresar a la aplicación de forma constante. De acuerdo a la web, un 15% de los solteros en Tinder comentan que se sienten adictos al proceso de buscar una cita.

De esta población, son los hombres quienes se llevan la mayor parte, con un 97% más de posibilidades de volverse adictos. Las mujeres, por su parte, conforman la menor parte; pero se llevan un 54% más de probabilidades de sufrir agotamiento tras este proceso.

Un tercio de los usuarios de estas apps nunca han ido a una cita con alguien que han conocido en ellas. Por esto, todo se resume a una especie de “videojuego”. En un artículo para la BBC, Lucy Vine describe esta experiencia como “ganar puntos en un videojuego”. “Es un pasatiempo frente al televisor cuando estoy aburrida”, comenta.

David Greenfield, profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Connecticut, está de acuerdo con el razonamiento de Natasha Dow Schüll y el de Lucy Vine. Además, agrega que en la mayoría de estos casos no podemos hacer nada para salvarnos de estos sentimientos de adicción.

La dopamina es un potente neurotransmisor que está conectado a los circuitos de supervivencia, como la alimentación y el sexo, por lo que estamos hablando de ir en contra de algo que ha evolucionado biológicamente en el cerebro durante decenas de miles de años.

David Greenfield, profesor de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de la Universidad de Connecticut para VICE

Por esto, puede que una de las soluciones esté en comprender en profundidad que tener más opciones no nos hará más felices. De hecho, según Greenfield, “nos estresa incluso más”.