La revolución tecnológica que se ha desarrollado en el siglo XX no tiene precedentes. Cada década trajo consigo avances enormes en todos los ámbitos, facilitando la vida de miles de millones de personas y generando riquezas descomunales. Sin embargo, como todo fenómeno, tiene sus pros y sus contras.

En mil novecientos setenta y siete, el destacado filósofo alemán Martin Heidegger escribió un ensayo titulado «La pregunta concerniente a la tecnología». En apenas veintitrés páginas esquematiza cómo la revolución tecnológica ha cambiado la manera como percibimos el mundo.

Ya no es un «pendejo», ahora es un «hipster».

Heidegger afirma que nuestro concepto de tecnología es distinto al que la humanidad tenía en la antigüedad. Antes se pensaba que la tecnología o la «techne» (palabra que se refiere a técnicas prácticas como la carpintería, la pintura, la herrería, etc.) servía para «revelar» lo que estaba escondido. Por ejemplo, el artista que se da cuenta de que un bloque de piedra tiene el potencial de ser convertido en un hermoso jarrón.

Hoy en día, usamos la tecnología para sacar todo el provecho posible de lo que nos rodea. La belleza del mundo ya no nos interesa, solo nos concentramos en el valor productivo del ambiente. No nos importan las características potenciales de los objetos particulares, solo el producto concreto, la ganancia.

Martin llama «Gestell» o «Encuadrar» a este modo de pensar. Cuando «encuadramos» consideramos a todos los elementos de la naturaleza como recursos potenciales para saciar nuestras necesidades y caprichos, nada más. Así, pensamos que el mundo es importante, solo en tanto de que tenga valor para la humanidad. La grandeza y belleza del planeta es reducida a su utilidad.

«Meh. Le vendría bien una autopista».

Esta manera de pensar es la culpable de todas las desgracias ambientales a las que nos enfrentamos hoy en día. Majestuosas montañas son destruidas para minar sus recursos, gigantescos mares son contaminados para deshacerse de desechos industriales, bosques enteros son talados para hacer lugar para fábricas o granjas.

Así, se puede decir que la tecnología en sí no es el problema, sino el razonamiento detrás de esta que nos lleva a considerar el mundo en tanto puede hacer nuestra vida más fácil. La manía de creer que somos los únicos seres importantes de la naturaleza es lo que puede conducirnos al desastre.

Nadie quiere que robots como Wall-E se vuelvan necesarios.

Ver el mundo a través de esta concepción es letal para el pensamiento crítico, ya que se asume que todo lo «no-humano» debe ser clasificado como si se tratara de un depósito de suministros. Al vivir utilitariamente dejamos de considerar todas las posibilidades y de preguntarnos si este tipo de consumo en verdad sirve un propósito, si en verdad nos hace más felices o si, a estas alturas, ya es solo un capricho.

¿Qué podemos hacer con este conocimiento? Pues preguntarnos a nosotros mismos, en tanto que formamos parte de la humanidad, si vale la pena exprimir el planeta al máximo para aumentar nuestra comodidad, o si debemos considerarnos como otro ser más de la naturaleza, rodeado de seres y fenómenos que son igual de importantes y merecen un lugar en el mundo.

Ahora en Hipertextual

Suscríbete gratis a Hipertextual

Estamos más ocupados que nunca y hay demasiada información, lo sabemos. Déjanos ayudarte. Enviaremos todas las mañanas un correo electrócnio con las historias y artículos que realmente importan de la tecnología, ciencia y cultura digital.