Si todos los seres humanos tuviésemos las mismas preferencias en el sexo la vida sería más que aburrida. Sin embargo, aún hay ciertas preferencias que se salen de lo entendido como común y, por lo tanto, pueden verse como rarezas. O que incluso causan rechazo a algunas personas. Es el caso de las filias en general y los fetichismos en particular. 

Sin embargo, como viene siendo más que habitual, estas críticas o rechazos a menudo proceden del desconocimiento. Del hecho de no saber en qué consisten o qué aportan a quién las tiene.  

En este artículo vamos a ver cuándo se habló de ellas por primera vez, qué son y algunos ejemplos curiosos. Pero sobre todo vamos a ver por qué no deberían verse como nada raro. Porque la riqueza del sexo, como de otras tantísimas facetas de la vida, está en la variedad. Que a una persona no le guste lo mismo que a nosotros no la hace peor, ni tampoco un bicho raro. En el sexo, como en todo, la clave está en vivir y dejar vivir. 

¿En qué se diferencian las filias de las parafilias?

Una filia es simplemente una preferencia erótica. Por ejemplo, se considera una filia si a una persona le excita mucho que le estimulen el lóbulo de la oreja. Es algo muy común y por eso hay quien no lo considera una filia. Sin embargo, como veremos más adelante, equiparar filias y rarezas es un error.

Es importante remarcar también que, según ha explicado a Hipertextual la psicóloga, sexóloga y educadora sexual Laura Marcilla, “las filias no son necesariamente algo que practiquemos”. Puede tratarse simplemente de algo que “nos excite en nuestra imaginación”.

Las filias pueden estar también en la fantasía, no son necesariamente algo que practiquemos

En cuanto a las parafilias, se diferencias de las filias en que sí que pueden considerarse como un trastorno en los manuales de psicología. Concretamente, estos manuales exponen varios criterios necesarios para que una filia pase a considerarse parafilia. Por un lado, que no haya otro trastorno que la explique mejor. Por otro, que lleve pasando al menos seis meses. Así, se muestra que no es algo puntual, que pronto podría desaparecer. Y, para terminar, debe tener significancia clínica. Esto, en palabras de Marcilla, indica que “deben ejercer un malestar en la persona o su entorno cercano”.

Por lo tanto, ocurre algo similar a lo que pasa con las fobias. Todos tenemos miedo a algo. Pero eso se convierte en una fobia cuando pasa a alterar nuestras vidas, dificultándonos realizar algunas tareas.

Ahora bien, esta definición de las parafilias obedece a los criterios de la psicología en general. Si nos centramos en la sexología, que no deja de ser una rama de la psicología, se intenta cambiar esta definición. “Sí que es verdad que desde el punto de vista de la sexología se tiende a no patologizar los deseos sexuales de una persona”, cuenta Marcilla. “Se intenta hacer entender a la persona que estos deseos no son malos per se, pero que en determinadas circunstancias la manera en la que se viven sí puede llegar a suponer un problema”. 

Aunque sí que tenemos que tener en cuenta que hay algunas filias que siempre serán problemáticas. Es el caso de la zoofilia o la pedofilia, que siempre supondrán un abuso sexual, porque “ni los animales ni los menores pueden consentir”.

La truculenta historia del fetichismo

El fetichismo es una filia que se define en los manuales como la “excitación sexual intensa provocada por un objeto inanimado (el fetiche) de forma recurrente”. O también por algunas partes del cuerpo, como los pies. 

Aunque probablemente haya existido desde que el sexo es sexo, una de las primeras personas en hablar sobre fetichismo fue el psiquiatra Richard von Krafft Ebing.

A finales del siglo XIX el fetichismo se definía como un trastornos, junto a la homosexualidad, el sadismo o el masoquismo, entre otros

En su libro Psychopathia sexualis, publicado en 1886, describía lo que a día de hoy podría definirse como filias, aunque él no usaba ese término. Hablaba más bien de perversiones y hacía referencia a toda aquella práctica sexual que no fuese dirigida a la procreación

Resulta curioso, porque con esa definición la violación, aun condenándose, no se consideraba una perversión, puesto que sí podría generarse un embarazo. 

En general, dichas perversiones, entre las que se encontraba el fetichismo, se consideraban trastornos. Y junto a ellas había otros como la homosexualidad, el sadismo o el masoquismo. A día de hoy, por suerte, nada de eso se considera una enfermedad. No obstante, este libro fue un manual de referencia en sexología durante más años de los que deberían enorgullecernos como seres humanos.

De hecho, su contenido llegaba a tales límites de incongruencias que, según nos ha relatado Marcilla, llegaba a hablar de trastornos como la parodoxia, que es el deseo sexual en etapas equivocadas. Es decir, la infancia y la vejez. “Vamos, que cuando llegas a viejo ya no tienes derecho”, se indigna la sexóloga. 

También describe la ninfomanía, consistente en un deseo excesivo en las mujeres. Es un término desactualizado y erróneo a muchos niveles, desde considerar que debe haber unos niveles adecuados de deseo, hasta considerar como enfermas solo a las mujeres. 

Curioso sí, pero raro no

Aunque en Psychopathia sexualis el fetichismo se consideraba un trastorno, dado el contenido del libro, es algo que no deberíamos tomar muy en serio. Y es que el fetichismo es algo totalmente sano. No obstante, aún queda mucho trabajo por hacer para normalizarlo de la manera que merece. “Aunque muchas personas ya no lo entienden como un trastorno, sí que sigue sin aceptarse que la sexualidad humana es diversa y no sería esperable que todos tuviésemos los mismos gustos, de la misma manera que no nos gustan las mismas comidas o los mismos estilos de música”, señala Marcilla.

De hecho, para la sexóloga es muy preocupante que sigan existiendo multitud de publicaciones con listas del tipo “las X filias más extrañas” o “los fetichismos más raros”.

“Me frustra que cada cierto tiempo sigan apareciendo artículos que catalogan las filias como rarezas, como cuando se exponía a personas en los circos por tener enanismo o vello en la cara”

Laura Marcilla, sexóloga

Podemos concebir filias o fetichismos como algo curioso cuando no se ajustan a las preferencias sexuales más comunes. Algunas, como el fetichismo de pies, están tan normalizadas que incluso cuentan con convenciones en las que se reúnen personas de todo el mundo que comparten este gusto. Otras, en cambio, se ven como rarezas, sin serlo realmente. Es, por ejemplo, el caso de la tricofilia, que hace referencia a la excitación impulsada por el pelo. Pero no se refiere solo a acariciar el pelo sin más. La preferencia es tan concisa que incluso puede depender de tonos, longitudes y peinados del cabello.

Otras tienen nombres que las hacen parecer excepcionales, pero lo cierto es que si las analizamos son también muy comunes. Es el caso de la caustrofilia, consistente en la excitación causada por tener relaciones en lugares cerrados. ¿Quién no ha fantaseado con hacerlo en un ascensor o el baño de un avión? 

Para Marcilla no solo no se trata de rarezas, sino que enriquecen el sexo. “Me frustra que cada cierto tiempo sigan apareciendo artículos que catalogan las filias como rarezas, como cuando se exponía a personas en los circos por tener enanismo o vello en la cara”, cuenta al otro lado del teléfono. “El mensaje debería ser que no solo no son enfermizas, sino que son positivas, porque la diversidad es riqueza humana”.

Lo peor es que este tipo de listas que las venden como rarezas no son solo cosa de la prensa general. Puede verse incluso en lugares especializados, como el Instituto Andaluz de Psicología y Sexología.

Las consecuencias de este bombardeo de información en la que se señalan las filias o el fetichismo como rarezas no son algo trivial. Y es que, al final, lo que se consigue con esto es que las personas que tienen estas preferencias se sientan como bichos raros.

De hecho, Marcilla nos cuenta que le llegan muchas consultas en las que, sobre todo personas jóvenes, le preguntan si tienen algún problema por sentir ese tipo de deseos. Para luchar contra esto hay que cargarse al hombro la honda de David y fomentar este tipo de temas en los talleres de educación sexual. Es lo que ella hace, mencionando con naturalidad algunas de estas filias.

“Me han llegado preguntas sobre la eproctofilia, que es la excitación al oler los pedos de tu pareja. Cuando lo cuento a veces las personas hacen comentarios asqueados. Pero yo pienso que puede ser algo positivo, porque estas personas tienen la ventaja de que en lugar de desagradarte o resultar algo asqueroso, te excita y de repente un pedo de tu pareja puede parecerte algo que inicie una excitación y un posible encuentro sexual”.

Laura Marcilla, sexóloga
Unsplash

¿Y si no compartimos filias o fetichismo?

Para terminar, cabe destacar que en una pareja puede que una persona tenga un fetichismo muy concreto que no comparte con su pareja. O quizás alguna filia. Eso no tiene que ser necesariamente malo. Aunque quizás habría que ver cómo afrontarlo.

Para empezar, depende mucho del tipo de relación que tenga esta pareja. Si estamos hablando de una relación abierta o personas que practican el poliamor, quizás se pueda satisfacer ese deseo no compartido con otra persona. Si ese no es el caso, puede que esta persona no necesite necesariamente satisfacerlo en una relación sexual.

Cómo afrontarlo depende del modelo de relación que tenga esa pareja

Recordemos que las filias pueden ser deseos que se satisfacen en la imaginación. “Hay personas para las que es más que suficiente fantasear durante la masturbación o con pornografía o recibiendo el estímulo de otra forma”.

Si no, siempre se puede acudir a terapia sexual. Al fin y al cabo, para eso está. Del mismo modo que es importante quitarle el estigma a la terapia psicológica, debería ocurrir igual con la sexual. Que la necesitemos no indica que estemos haciendo nada mal. Pero quizás necesitemos unas pautas para gestionar ciertas cosas. En este caso, Marcilla nos cuenta que “se puede trabajar el crecimiento erótico de tal manera que exploremos qué otras filias, gustos o fantasías nos podemos encontrar, para desarrollarlas juntos o juntas”.

Y es que jamás deberíamos hacer algo que no queremos, pero sí que se puede buscar ese punto de encuentro en que todos los miembros de una relación estén cómodos. Se puede hacer sin ayuda; pero, si no, los sexólogos son las personas perfectas para ayudarnos. Mientras tanto, dejemos de hablar de rarezas y normalidad. La normalidad no existe, son los cánones.