Por suerte o por desgracia, no contamos en la vida real con una ciencia como la psicohistoria narrada por Asimov en la saga de La Fundación. Nada nos permite predecir estadísticamente el futuro a largo plazo y así poder prevenir o corregir los grandes males. Pero lo que sí que puede nuestra ciencia es analizar el presente y el pasado para apuntar conclusiones. Eso, a una escala nunca vista antes en ningún estudio sobre comportamiento humano, es lo que lleva 80 años desarrollando el estudio de Harvard sobre el desarrollo de los adultos.

También conocido como Estudio de la Segunda Generación, los investigadores de la Harvard Medical School han estado siguiendo la vida de 724 hombres. Entrevistándoles, siguiendo sus momentos de felicidad, de incertidumbre, el nacimiento de sus hijos, e incluso la muerte de alguno de ellos. El objetivo: conocer qué nos hace felices.

Dirigido actualmente por el psiquiatra Robert J. Waldinger (nacido en 1951), el estudio comenzó antes que él cuando en 1938, durante la Gran Depresión y poco antes de que se desatara la II Guerra Mundial, un primer grupo de investigadores se pusiera a seguir la vida de 268 estudiantes de segundo año de la Universidad de Harvard.

Aquello se hizo mucho más grande de lo que pensaban, recogiendo una ingente cantidad de datos sobre la salud física y mental de los participantes y después sus familias a lo largo de décadas. El estudio, por supuesto, sigue a día de hoy.

Un estudio que arrancó en 1938

Evolución de uno de los participantes originales. Universidad de Harvard

De la cohorte original de Harvard reclutada como parte del estudio, solo una veintena siguen vivos, todos ellos de unos 90 años. Las mujeres no formaban parte del estudio original porque el Colegio seguía siendo exclusivamente masculino).

Además, los científicos ampliaron su investigación para incluir a los hijos de estos hombres, que ahora son 1.300 y tienen entre 50 y 60 años, y así averiguar cómo las experiencias de los primeros años de vida afectan a la salud y al envejecimiento con el tiempo. Algunos de los participantes se convirtieron en exitosos hombres de negocios, políticos (entre los reclutas originales se encontraban el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy), y otros acabaron siendo esquizofrénicos o alcohólicos.

Con una cohorte inicial de 268 estudiantes, de aquellos pioneros solo quedan una veintena vivos

Durante las décadas posteriores, los grupos de control se han ampliado. En los años setenta, 456 residentes de los centros urbanos de Boston formaron parte del estudio, y 40 de ellos siguen vivos. Hace más de una década, los investigadores comenzaron a incluir a las esposas en los estudios Grant y Glueck, como se llamó a la primera cohorte y a la segunda, respectivamente.

A lo largo de los años, los investigadores han estudiado las trayectorias de salud de los participantes y sus vidas, incluyendo sus triunfos y fracasos laborales y personales.

Los amigos y la familia, más que los genes, son los que nos procuran una vida feliz

“El hallazgo más sorprendente es que nuestras relaciones y lo felices que somos en ellas influyen poderosamente en nuestra salud”, afirmaba en una entrevista a la Harvard Gazette Robert Waldinger, director del estudio actual, y conocido por dar a raíz del estudio una de las charlas TED más populares. “Cuidar el cuerpo es importante, pero atender las relaciones es también una forma de autocuidado. Esa es, creo, la gran revelación”.

Entonces: ¿qué nos hace felices? La observación de los sujetos y sus vidas demuestra que las relaciones estrechas, más que el dinero o la fama, son las que mantienen a las personas felices a lo largo de su vida, según revela el estudio. Estos lazos protegen a las personas de los disgustos de la vida, ayudan a retrasar el deterioro mental y físico, y son mejores predictores de una vida larga y feliz que la clase social, el cociente intelectual o incluso los genes. Este hallazgo resultó ser cierto en todos los casos, tanto en los hombres de Harvard como en los participantes de Boston que se unieron después.

La satisfacción en las relaciones personales pesa más para tener una vida sana y feliz que otros indicadores

Los investigadores que han estudiado a fondo los datos, incluidos sus historiales médicos y cientos de entrevistas y cuestionarios en persona, han descubierto una fuerte correlación entre una vida feliz de los sujetos y sus relaciones con la familia y los amigos. Descubrieron que el nivel de satisfacción de las personas con sus relaciones sociales a los 50 años era un mejor indicador de la salud física que sus niveles de colesterol.

“Cuando reunimos todo lo que sabíamos sobre ellos a los 50 años, no fueron sus niveles de colesterol en la edad madura los que predijeron cómo iban a envejecer”, decía Waldinger en su popular charla TED. “Era lo satisfechos que estaban en sus relaciones. Las personas que estaban más satisfechas en sus relaciones a los 50 años eran las más sanas a los 80”.

Y las buenas relaciones sociales y en pareja redundan también en menos adicciones

Los investigadores también descubrieron que una buena vida en pareja tiene un efecto protector sobre la salud mental de las personas. Parte de un estudio descubrió que las personas que tenían matrimonios felices a los 80 años informaron de que su estado de ánimo no se resentía ni siquiera en los días en que tenían más dolor físico. Los que tenían matrimonios infelices sentían más dolor emocional y físico.

Los que mantenían relaciones afectivas vivían más tiempo y eran más felices, dijo Waldinger, y los solitarios solían morir antes. “La soledad mata”, dijo. “Es tan poderosa como el tabaquismo o el alcoholismo”.

Según el estudio, los que vivían más tiempo y gozaban de buena salud evitaban fumar y consumir alcohol en exceso. Los investigadores también descubrieron que los que tenían un fuerte apoyo social experimentaban menos deterioro mental a medida que envejecían.

“Las buenas relaciones no sólo protegen nuestro cuerpo; protegen nuestro cerebro”, dijo Waldinger en su charla TED. “Y esas buenas relaciones, no tienen que ser fluidas todo el tiempo. Algunas de nuestras parejas de octogenarios podían discutir entre sí día tras día, pero mientras sintieran que podían contar con el otro cuando las cosas se ponían difíciles, esas discusiones no pasaban factura a sus recuerdos”, comentaba.

Un estudio tan largo que también muestra la evolución de la ciencia

El estudio, al igual que el resto de sus temas originales, ha tenido una larga vida, en la que han intervenido cuatro directores, cuyos mandatos reflejaban sus intereses médicos y puntos de vista de la época.

Bajo el primer director, Clark Heath, que permaneció desde 1938 hasta 1954, el estudio reflejó la visión dominante de la época sobre la genética y el determinismo biológico. Los primeros investigadores creían que la constitución física, la capacidad intelectual y los rasgos de personalidad determinaban el desarrollo de los adultos. Hacían mediciones antropométricas detalladas de cráneos, puentes de cejas y lunares, escribían notas detalladas sobre el funcionamiento de los órganos principales, examinaban la actividad cerebral mediante electroencefalogramas e incluso analizaban la escritura de los sujetos.

Ahora, los investigadores extraen la sangre para realizar pruebas de ADN y los introducen en escáneres de resonancia magnética para examinar los órganos y tejidos de sus cuerpos.

Después llegaría el turno del psiquiatra George Vaillant, que se incorporó al equipo como investigador en 1966, dirigió el estudio desde 1972 hasta 2004. Formado como psicoanalista, Vaillant hizo hincapié en el papel de las relaciones, y llegó a reconocer el papel crucial que desempeñaban en que las personas tuvieran una vida larga y agradable.

En un libro titulado Envejecer bien, Vaillant escribió que seis factores predecían un envejecimiento saludable para los hombres de Harvard: la actividad física, la ausencia de abuso de alcohol y de tabaquismo, tener mecanismos para afrontar los altibajos de la vida y disfrutar de un peso saludable y un matrimonio estable.

El estudio también ha demostrado que el papel de la genética era menos importante para la longevidad que el nivel de satisfacción con las relaciones en la mediana edad, ahora reconocido como un buen indicador del envejecimiento saludable. La investigación también desacreditó la idea de que la personalidad de alguien se fija a los 30 años y no tiende a cambiar. Lo vieron en casos en los que malas conductas o alcoholismo sucedía tanto en personas jóvenes que luego rectificaban como en adultos ya de 50 años al atravesar una mala racha.

Waldinger, cuarto director del estudio, ha ampliado la investigación a las esposas e hijos de los hombres originales. Este es el estudio de la segunda generación, y Waldinger espera ampliarlo a la tercera y cuarta. “Probablemente nunca se detendrá”, dijo sobre el futuro de la investigación.