Hace un año, el sorpresivo éxito de Emily in Paris se convirtió en motivo de debate. No solo entre críticos, sino también entre el público que la disfrutó y el que la aborreció por su simplicidad. La gran pregunta parecía enfocarse en cómo una serie de Netflix cargada de clichés y de lugares comunes, había logrado convertirse en un éxito. Uno que además sacó a colación temas tan incómodos como los estereotipos regionales y la misoginia. ¿Es Emily in Paris mucho más de lo que aparenta? 

En realidad, la serie es un lienzo en blanco en el que la audiencia puede dibujar lo que prefiera. Lo cual, brinda una libertad amplia y singular a su reducido formato. Y la segunda temporada de Emily in Paris lo deja más claro que nunca. A pesar de su contexto melodramático, cursi y fútil, Emily in Paris es pura diversión. Un entretenimiento sin mayores consecuencias, que se empeña en dejar claro que es un espectáculo luminoso, engañoso e intrascendente. 

No se trata de un truco novedoso. En su momento, Sexo en Nueva York fue un espectáculo deslumbrante e ideal que escondía algunos puntos más profundos. Emily in Paris intenta algo similar con resultados mucho más mediocres. Por supuesto, la serie de HBO tenía a su favor, una narrativa poderosa sobre el amor, la soledad moderna y la búsqueda de la autorrealización. Emily in Paris lo intenta, pero toma una fallida decisión al no mostrar otra cosa que a su personaje central en medio de situaciones simples. Mucho más, en medio de una historia incapaz de mostrar algo más que puntos predecibles de una historia que no evoluciona en ninguna dirección.

De vuelta a la ciudad y a los avatares del amor de Emily in Paris

La segunda temporada de Emily in Paris muestra de nuevo a la protagonista titular Lily Collins en su intento por sobrevivir a París. Las cosas han mejorado para el personaje y todo parece indicar que poco a poco se adapta mejor a una ciudad hermosa pero agresiva. También al ambiente hostil de Savoir, la agencia de publicidad en la que trabaja. Para no variar, el triángulo amoroso que cerró la primera temporada sobrevive a la segunda. Emily de nuevo está en medio de su amor recién nacido por Gabriel (Lucas Bravo) y su lealtad hacia Camille (Camille Razat). 

Claro está, la narración en Emily in Paris de la supuesta compleja situación no lleva a ningún lugar ni tampoco tiene intenciones de ser más elocuente que un desvarío emocional. Emily está enamorada y también desea ser una buena amiga. Pero el guion desaprovecha la oportunidad de dar otra dimensión a Emily y solo la muestra aturdida y resplandeciente, en medio del problemas que la superan.

Darren Star al parecer no tiene mayor ambición que mostrar a su heroína en medio de situaciones que graciosas casi por accidente. A la vez, elucubra sobre sus supuestas dificultades. Pero resulta complicado creer que Emily tenga algún problema en medio de un escenario ideal en que todo ocurre entre brillos y oropeles. 

Quizás, el añadido más notorio de la temporada es el hecho que Emily es mucho menos crítica con la cultura francesa. Star parece haber comprendido lo incongruente de querer hacer un comentario social en una trama superficial y lo elimina. Pero hasta cierto punto, eso resulta beneficioso para Emily, que ahora es un personaje mucho más coherente con su decorado glamoroso. Sin otra motivación que el asombro de decidir si regresa a Norteamérica o si se rinde al amor prohibido, el personaje vuelve a ser una figura luminosa y bidimensional. Y Emily in Paris es un entretenimiento simple que tiene los elementos precisos para convertirse en un espectáculo adictivo. ¿Qué otra cosa podría pedírsele al show? Quizás nada y su vacío guion, lo sabe.