Si analizamos los nombres de los ganadores de cualquier concurso de fotografía astronómica, veremos que las mujeres a menudo brillan por su ausencia. Y, en el caso de que estén presentes, claramente lo hacen en una proporción mucho más baja que la de sus compañeros masculinos. ¿A qué se debe esto? ¿Es que las mujeres astrofotógrafas son peores que los hombres y no merecen ganar?

En realidad, no hay nada más lejos de la realidad. La razón es simple: hay muchísimas menos mujeres que hombres en el campo de la astrofotografía. Y claro, esto conlleva que, por probabilidad, los hombres ganen más concursos. Pero entonces cabe hacerse otra pregunta. ¿Por qué hay tan pocas mujeres?

En este aspecto hay división de opiniones. Por eso, en Hipertextual nos hemos puesto en contacto con varias de esas mujeres astrofotógrafas, para saber cuál es su opinión al respecto. Y, también, para admirar sus fotografías. Unas fotografías que nada tienen que envidiar a las de los hombres.

Los albores de la fotografía astronómica

La primera fotografía de un objeto astronómico de la historia la captó en 1840 el médico, químico e historiador John William Draper. Como no podía ser de otra manera, se trataba de una foto de la Luna. Bueno, en realidad, fue la primera fotografía de la Luna que salió bien, pues solo un año antes el fotógrafo Louis Jacques Mande Daguerre había hecho otro intento, con resultados un tanto desastrosos.

Resulta paradójico; pues, además de un telescopio reflector de 5 pulgadas (12,7 cm), Draper usó para tomar su fotografía un daguerrotipo, un aparato fotográfico que, como su propio nombre indica, había sido desarrollado por el propio Daguerre. Podría decirse que el aprendiz superó al maestro. O al menos, el usuario al inventor. ¿Pero dónde están las mujeres astrofotógrafas?

Las mujeres entran en escena

Lo cierto es que los primeros nombres femeninos en la historia de la fotografía astronómica tardan un poco en aparecer. Pero no demasiado. Lo hicieron más o menos cuando esta disciplina comenzó a profesionalizarse. Y es que, tras la hazaña de Draper, los astrónomos vieron en la fotografía una herramienta interesante para estudiar el cielo. Si conseguían pasar lo que tomaba el telescopio a placas en las que investigar detenidamente más tarde, podrían dar con detalles que posiblemente les habrían pasado desapercibidos con una observación directa.

Williamina Fleming era la empleada del hogar del director del Observatorio de Harvard

Uno de los primeros en explotar esta nueva técnica fue el director del Observatorio de Harvard, Edward Charles Pickering. Quería usar aquellas fotografías para mapear el universo. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que eran demasiadas para que él y sus colegas pudieran estudiarlas. Además, no estaba nada contento con el trabajo de su asistente, al que consideraba ineficiente para el puesto. Por eso, no se le ocurrió otra cosa que despedirle y contratar en su lugar a su empleada del hogar, Williamina Fleming. Esto ocurrió en 1881.

La mujer resultó ser muy buena en el puesto, por lo que Pickering pensó que quizás fuese una habilidad propia del género femenino. Por lo tanto, optó por contratar a más mujeres. Por eso y porque era más barato, claro. De hecho, trabajaban seis días a la semana, por la mitad de dinero que un hombre. Y no eran pocas. Llegaron a trabajar para él 80 mujeres, que terminaron conociéndose como las “computadoras de Harvard”. La historia es similar a la de las calculadoras de la NASA, sobre todo por la poca relevancia que se ha dado a algunos de sus nombres a lo largo de la historia. El de Williamina es uno de los pocos que han sobrevivido al paso de los años, y sin duda, no con todo el reconocimiento que merece.

Foto de las computadoras de Harvard. Harvard College Observatory

 Tanto ella como las demás realizaban todo tipo de tareas, algunas administrativas y otras mucho más específicas. Unas clasificaban las estrellas, comparándolas con catálogos conocidos, otras eliminaban interferencias de las imágenes, teniendo en cuenta factores como la refracción atmosférica. Incluso algunas catalogaban ellas mismas las estrellas, sin necesidad de comparar con otros catálogos. Su minuciosa tarea facilitó mucho el trabajo de los astrónomos del observatorio, aunque ellas no llegaron a tomar las fotografías.

Para hablar de mujeres astrofotógrafas, que además de revisar y procesar las imágenes también las tomaran, solo tenemos que viajar un poco más hacia delante en el tiempo, pues fue en 1887 cuando Dorothea Klumpke tuvo su primer encuentro con la fotografía astronómica. Ella sí era astrónoma, pero no conoció esta herramienta hasta que ese año conoció en el Observatorio de París a dos grandes astrofotógrafos: Paul y Prosper Henry. 

Dorothea Klumpke. Welcome Images (Wikimedia Commons)

En ese momento, ambos estaban usando un refractor de 34 centímetros para fotografiar asteroides. Con ellos, Dorothea se dedicó a procesar sus fotografías, midiendo las posiciones de las estrellas y estudiando los espectros estelares. 

Poco después, ya enamorada de la astrofotografía, Dorothea participó en la elaboración del Astrographic Catalogue, un catálogo del cielo en el que participaron 20 observatorios de todo el mundo. En este proyecto, ella se dedicó a analizar las placas fotográficas para determinar las posiciones de las estrellas, así como a traducir algunos documentos que no se encontraban en francés.

Su incursión como astrofotógrafa no había hecho más que empezar. Y es que, en 1896, en un viaje a Noruega para fotografiar un eclipse solar, conoció a Isaac Roberts,  un empresario jubilado que se había convertido en uno de los grandes pioneros de la fotografía astronómica. La misión fue un fracaso, pues las nubes impidieron fotografiar el eclipse. Pero al menos surgió el amor, pues su nuevo conocido se acabó convirtiendo en su marido. Además, él le abrió aún más puertas, al llevarla al observatorio que él mismo había construido en su casa.

Allí, ambos llevaron a cabo juntos el proyecto de fotografiar las 52 áreas de nebulosidad de Herschel. Por lo tanto, no solo analizó las fotos, también capturó algunas de ellas. Podríamos, quizás, considerarla la primera mujer astrofotógrafa. No está claro. Lo que sí que lo está es que tras ella han llegado muchísimas otras. Miles de mujeres que han convertido en su pasión inmortalizar la inmensidad del Universo. 

Nombres de mujer en la astrofotografía del presente

Mabel Angulo, Leonor Hernández, Maritxu Poyal y Alicia Lozano son cuatro mujeres de diferentes puntos de España, con vidas muy diferentes, pero unidas por una misma pasión: la astrofotografía.

Todas empezaron a interesarse por ella de un modo u otro siendo pequeñas. Mabel cuenta que siempre le interesó la astronomía, especialmente todo lo relacionado con la Luna. Y, a su vez, también tuvo siempre un gran interés por la fotografía. “Incluso hice un curso de fotografía, que en aquella época era analógica”, relata a Hipertextual al otro lado del teléfono. “Aprendí a fotografiar y a revelar la película y demás, pero después lo dejé, porque no tenía una buena cámara”. Más tarde siguió interesándose por la astronomía, pero la afición por la fotografía astronómica le llegó hace seis años, cuando comenzó a participar en la organización del concurso de astrofotografía de la Asociación de Amigos del Observatorio de Calar Alto. 

Foto de Mabel Angulo: "Fue muy emocionante ver que había captado las dos colas del cometa NEOWISE".

También Leonor empezó muy pequeña a interesarse, primero por mirar el cielo, y luego por inmortalizarlo: “La astronomía me ha gustado desde que era muy pequeña y en el momento que mis padres me regalaron un telescopio en 1989 supe que no había marcha atrás”, recuerda. “La astrofotografía surgió en parte por la necesidad de conservar fragmentos del firmamento, como pequeños tesoros, pero por otro lado por la posibilidad que me ofrecía de poder ver el Universo con otros ojos”.

Maritxu, por su parte, empezó en Ibiza, con su padre, que le enseñó los rudimentos de la astronomía con unos viejos prismáticos del ejército. Nació así un amor por el cielo que la llevó, ya de mayor, a comprarse un telescopio. “Desde mi jardín, en El Puerto de Santa María, iba recorriendo el cielo nocturno, intentando encontrar los 110 objetos Messier, y por supuesto, La Luna y los planetas”, evoca. “Y creo que fue en 1998 cuando me regalaron para mi cumpleaños una cámara digital compacta. Ahí empezó todo. Yo veía cosas maravillosas a través del ocular y las quería capturar y poder verlas cuando yo quisiera, así que, a pulso, iba sacando imágenes que en ese momento me parecieron espectaculares”.

En cuanto a Alicia, nos cuenta que ha hecho fotografía desde siempre. “Desde el mundo analógico y desde que pude tener mi primera réflex cuando tenía ya mi vida hecha y mi economía me lo permitió. Mi primera cámara fue una Canon 300 y aún la conservo. Así que, apasionada siempre de la fotografía, del cielo y de la ciencia, creo que comenzar más en serio en la astronomía y derivarme hacia la astrofotografía más que al visual era la evolución natural para mí”.

Foto de Leonor Hernández: "Esta imagen representa con mucha fuerza el mensaje Ad Astra per Aspera, pues pese a las dificultades todos podemos alcanzar nuestros sueños o al menos intentarlo"

Aquellas niñas amantes de la fotografía y del cielo se han hecho mayores. Hoy en día tienen profesiones muy diferentes, pero ninguna de las cuatro mujeres astrofotógrafas ha dejado de mirar al firmamento. Mabel es periodista en Canal Sur y adora realizar reportajes sobre astronomía. Leonor se dedica a la divulgación científica y la educación en el Complejo Astronómico La Hita, en Toledo. Maritxu es veterinaria y, aunque es su pasión, nos reconoce que cuando le toca guardia un fin de semana despejado y sin Luna “duele”. En cuanto a Alicia, actualmente trabaja en una empresa familiar de transportes, pero está terminando la carrera de química, con su mirada puesta en la astroquímica. 

Además, las cuatro forman parte de AstroFem, un proyecto para unir a las mujeres en torno a la astrofotografía y poner en valor sus trabajos.

¿Por qué tan pocas mujeres?

Leyendo sobre la pasión por la fotografía astronómica de Mabel, Leonor, Maritxu y Alicia resulta complicado entender que haya tan pocas mujeres en este ámbito.

Afortunadamente, cada vez hay más, pero es cierto que la proporción, con respecto a los hombres, es bajísima. ¿A qué se debe? Según nos cuentan las cuatro astrofotógrafas a las que hemos consultado, los motivos podrían dividirse en tres grupos: la monopolización de los cuidados, el miedo a salir solas por la noche y el recelo hacia las disciplinas más técnicas que se ha arraigado en muchas mujeres después de años y años en una sociedad en la que estas se enmarcaban como algo solo para hombres.

¿Hobby o cuidados?

“Normalmente es la mujer la que se encarga de la cena, los niños y el resto de tareas relacionadas con los cuidados”, nos explica Mabel. “Primero tienes la etapa de crianza y cuando te das cuenta te ves en los cuarenta y tantos o cincuenta años. La mayoría somos o divorciadas o sin hijos o jóvenes y ya con otro rollo”. 

Está de acuerdo con ella Leonor, que añade que “en algunos casos muchas mujeres ni se plantean comenzar, porque de ellas dependen muchas cuestiones de ámbito familiar y es una actividad que se practica a menudo por la noche”. También Maritxu recuerda que a veces “una mujer con hijos pequeños tiene que negociar con su pareja, pedir ayuda familiar o pagar una canguro”. Y eso no suele ser sencillo. 

El miedo a sentirse indefensas

En cuanto al tema de la noche, la fotografía astronómica requiere cielos oscuros, alejados de la contaminación lumínica. Eso supone alejarse de los lugares habitados y en general puede provocar miedo, pero sobre todo a las mujeres, por causas más que obvias. Lo explica muy bien Leonor: 

“Es un miedo que quizá a muchas nos acompaña desde nuestra infancia/adolescencia, a menudo por experiencias traumáticas o por conocer casos cercanos. El miedo a que te sigan y te hagan daño, que alguien aparezca y no tengas modo de protegerte. Una mujer sola, totalmente aislada… ya no es solo que te roben, es que el pánico te paraliza y ante esta acción te paras en seco. O vas con compañeros o es difícil que salgas sola. Algunas mujeres sí se atreven, pero son muy escasas”.

Leonor Hernández, astrofotógrafa

Mabel añade que los hombres también reconocen que a veces pasan miedo, pero que no es comparable. Además, no hay más que ver cómo sus propios allegados se interesan por ellas cuando saben que van a salir solas. “Cuando digo que voy a ir a fotografiar siempre me preguntan: ¿de verdad vas a ir tú sola? A un hombre no le dicen eso”.

Por estos motivos, la mayoría reconocen que suelen salir acompañadas siempre que es posible. Esto hace la experiencia más amena y enriquecedora, porque se ayudan entre compañeros. Pero también les ayuda a sentirse arropadas. Lo explica muy claramente Alicia: “Lo que tengo que montar cada vez que salgo no es algo que puedas recoger en un momento y salir corriendo si ves algún peligro. Siempre en grupo”. 

Foto de Maritxu Poyal: "Era época de Perseidas y me puse a hacer fotos a las Pléyades . De pronto, una perseida atravesó las Pléyades . Es algo único e irrepetible"

¿Seré yo capaz?

Promover vocaciones por carreras científicas de las ramas más técnicas entre las niñas es una tarea en la que cada vez se pone más empeño. Y es bastante necesario. Basta con acudir a un aula de cualquier clase de ingeniería para ver que las mujeres parecen menos interesadas en ellas. ¿Pero se trata de desinterés o miedo?

Vivimos en una sociedad en la que la creencia de que las mujeres no sirven para los ordenadores o las tecnologías sigue presente en algunos sectores. Y eso ha hecho que las propias mujeres se autoconvenzan de que es una realidad y que, más que desinterés, a veces tengan miedo a no ser capaces. 

“La astrofotografía es un arte multidisciplinar donde debemos hacer uso de múltiples ramas, estamos constantemente trabajando con electrónica y tecnología, y creo que esos campos asustan un poco en general”, ejemplifica Alicia. Y no es la única que lo piensa. También Maritxu sostiene que “Para hacer astrofoto hay que saber de conexiones electrónicas, de mecánica, de bricolaje y de informática”. Y todo eso puede llegar a abrumar

Foto de Alicia Lozano: "Mis primeros tiempos de astrofotografía, la primera vez que combinaba dos tiempos de exposición en una imagen. Difícil de trabajar, pero Andrómeda nunca defrauda"

A todo esto, Leonor añade que “algunas mujeres pueden no querer parecer demasiado novatas con las técnicas, por lo que les da apuro preguntar por cuestiones que parecen cotidianas para los más avanzados”. Pero es una percepción. Una percepción que las mujeres tienen arraigada culturalmente muy adentro, aunque realmente no les den motivos para pensarlo. “Personalmente nunca he tenido una mala experiencia al respecto, todo lo contrario, siempre me han ayudado y conservo gran amistad con todos ellos”. Y es algo que apoya totalmente Mabel, quien reconoce haber tenido muy buenas experiencias con sus compañeros, siempre dispuestos a ayudar; pero que, aun así, a veces se ha sentido abrumada por la dificultad de algunas de las herramientas que se deben usar. 

En definitiva, sí que hay mujeres científicas. Aunque no tantas como podría haber si viviésemos en una sociedad en la que los cuidados se reparten y las mujeres perciben que son tan capaces como los hombres de desenvolverse con las tecnologías. Pero, sobre todo, si viviéramos en una sociedad en la que para salir sola por la noche a disfrutar del cielo solo hubiese que ser curiosa. No valiente.