Al usar internet en nuestro día a día solemos pensar en redes inalámbricas, y aunque en un futuro es posible que redes satelitales como Starlink sean la primera vía para conectarse a la red, el entramado sobre el que sustenta que ahora mismo estés leyendo estas líneas en Hipertextual o viendo un vídeo en Youtube es mucho más frágil. La columna vertebral de internet está, en realidad, cruzando los océanos a kilómetros de profundidad.

Hace unas semanas Grace Hopper llegó a Bilbao. Y no, no hablamos de la programadora que contribuyó a crear el vetusto lenguaje de programación COBOL en los años 50, si no de un nuevo y enorme cable de Google que reforzará su despliegue conectando España (continente Europeo), con las Islas Británicas y Estados Unidos. Los cables submarinos de hecho están más vivos que nunca y viviendo una creciente parcelización por Estados y compañías que no quieren depender de los de los demás. Facebook sin ir más lejos anunció sus planes de instalar uno nuevo hace unos días.

En la actualidad, son 426 los cables que componen la llamada columna vertebral de internet, y tienen una extensión cercana los 1,4 millones de kilómetros. De ellos, por ejemplo, 14 pertenecen a Google.

Un pasado en cable que viene del siglo XIX

Por supuesto, la instalación de cables a lo largo del océanos precede internet a caballo de las tecnologías que fueron sus antecesoras.

Fragmento del TAT-8, el primer cable de fibra óptica. Wikimedia Commons

En la actualidad, son 426 los cables que componen la llamada columna vertebral de internet y 14 de ellos pertenecen a Google

En 1854 se inició la instalación del primer cable telegráfico transatlántico, que conectaba Terranova e Irlanda. Cuatro años más tarde se envió la primera transmisión, que decía: “Whitehouse recibió una señal de cinco minutos. La señal de la bobina es demasiado débil para transmitirla. Trate de conducir lento y regular. He puesto polea intermedia. Respuesta por bobinas”. Esto es, si lo pensamos, un mensaje no muy inspirador que quizá hoy se hubiera pensado algo más para enviar un mensaje más noble. (“Whitehouse” se refería a Wildman Whitehouse, el electricista jefe de la Atlantic Telegraph Company).

El primer cable telefónico submarino entre Estados Unidos y Europa y que sería la base para que después se sirviera internet se instaló en 1956. Aquel primer cable se llamaba TAT-1 (Transatlantic Número 1). Varias décadas después, en 1998, sería el turno del TAT-8, el primero de fibra óptica construido por un consorcio de empresas formado por AT&T Corporation, France Télécom, y British Telecom y el apoyo de sus respectivos gobiernos.

Un cableado submarino que no para de crecer

Desde entonces, su número no ha parado de crecer, doblándose en la última década y también dejando muchos inutilizados en el fondo del mar. El proyecto Submarine Cable Map da una muestra de todos los instalados por el lecho marino a lo largo de todo el Planeta. Hace unos días, un usuario de Twitter realizaba una visualización en 3D de estos cables con los datos de esta plataforma.

Los cables submarinos tienen una vida útil de 25 años, tiempo durante el cual se consideran económicamente viables desde el punto de vista de la capacidad. En la última década, sin embargo, el consumo mundial de datos se ha disparado. En 2013, el tráfico de internet era de 5 gigabytes per cápita; una cifra que subió hasta los 21 gigabytes en 2020. Este aumento supone obviamente un problema de capacidad y requerirá actualizaciones más frecuentes de los cables.

Por supuesto, reparar los cables no es fácil, y en algunas ocasiones se han visto en problemas incluso por algún tiburón confundido. De hecho, los ataques de escualos no son poco frecuentes y desde hace un tiempo compañías como Google están blindando sus cables con envolturas a prueba de tiburones. Aquí una prueba gráfica.

Cuando un cable submarino se daña, se envían barcos especiales de reparación. Si el cable se encuentra en aguas poco profundas, se despliegan robots autónomos para agarrar el cable y arrastrarlo a la superficie. Si el cable se encuentra en aguas profundas, los barcos bajan unos ganchos especialmente diseñados que se agarran al cable y lo izan para repararlo. Para facilitar las cosas, a veces los retenedores cortan el cable dañado en dos, y los buques de reparación elevan cada extremo por separado para repararlo por encima del agua.

La buena noticia es que es difícil cortar un cable de comunicaciones submarino. La mala noticia es que es posible, como se vio en Egipto en 2013. Allí, justo al norte de Alejandría, se detuvo a unos hombres con trajes de neopreno que habían cortado intencionadamente el cable South-East-Asia-Middle-East-West-Europe 4, que recorre 12.500 millas y conecta tres continentes. La velocidad de Internet en Egipto se vio interrumpida en un 60% hasta que se pudo reparar el cableado.

Dejando a un lado los tiburones, internet corre siempre el riesgo de ser interrumpido por las anclas de los barcos, el arrastre de los buques pesqueros y las catástrofes naturales. Por eso, de cara al futuro, se planean nuevas líneas por zonas con menos tráfico marítimo. Una empresa con sede en Toronto ha propuesto tender un cable a través del Ártico que conecte Tokio y Londres. Antes se consideraba imposible, pero el cambio climático y el derretimiento de los casquetes polares han hecho que la propuesta pase a la categoría de factible, pero muy cara.

Al final, si lo pensamos bien, la conexión de buena parte de internet en la Tierra no dista mucho del cable que llega al router y que dejamos a su suerte al otro lado del mueble fuera de la vista.