La historia de la economía digital tiene su mayor punto negro hasta la fecha en el final de la década de los 90. El estallido de la burbuja de las puntocom hizo que decenas de miles de inversores se arruinaran, dejando a su paso un reguero de compañías con apenas unos años o incluso meses de vida que salían a bolsa sin cortapisas. Parecía que el futuro iba a ser internet, y así sería, pero alguien se pasó de echar combustible (dinero) a un motor todavía falto de consumidores reales.

Hoy son muchas las historias que se recuerdan de compañías perdidas en aquellos años posteriores. De startups precursoras de lo que después sería una segunda ola de ingenios digitales como las redes sociales, el imperio de Google, o las fintech, y de gigantes que transitaron aquella vorágine sobreviviendo para después convertirse en las empresas más grandes del mundo (Amazon, Apple o Microsoft). Y sí, hubo mucha gente que se hizo millonaria en un ambiente especulativo totalmente irracional. Pero seguramente la historia que se lleva la palma a la hora de explicar la locura de aquellos años sea la de Pixelon.

Pixelon fue una compañía que apenas llegó a durar 2 años. Su promesa, revolucionar el vídeo en streaming, entonces todavía implanteable por la velocidad del ancho de banda. Pero la caída de Pixelon no se produjo por ser unos adelantados a su tiempo. Por querer ser la primera IPTV, o ser Netflix antes de Netflix o Twitch antes de Twitch. Simplemente, vendían humo a los inversores.

Un jefe convicto con un nombre falso

Pixelon fue fundada por un hombre que decía llamarse Michael Fenne, que convenció a los inversores para que invirtieran dinero en una empresa que prometía poner el vídeo en streaming en los navegadores de internet de todo el mundo. Esto era una promesa ambiciosa en 1998. La mayoría de la gente todavía se conectaba a la red a través de un ruidoso módem. Incluso las imágenes más pixeladas podían tardar minutos en descargarse. Fenne reunió a un equipo de ingenieros y se nombró a sí mismo director de tecnología para su cruzada. Hay pocas pruebas de que tuviera el currículum necesario para ostentar ese título. Y más con lo que se supo después…

Michael Fenne en una entrevista con la CNBC

Al principio las cosas pintaban bien. Como señalaba Wired en un artículo en diciembre de 1998 Pixelon “anunciaba que Paramount Pictures había elegido su tecnología para la promoción online de su última película de Star Trek”. Como empresa emergente, Pixelon atrajo la atención de los inversores de capital riesgo. Aquello era el verdadero objetivo en realidad de Fenne. Su mayor escudo era que, al no estar cotizada, no debía dar demasiadas explicaciones de sus gastos.

16 millones de dólares en una fiesta que demostró que su propuesta era un engaño. El único legado de Pixelon

El castillo de naipes caería pronto, pero antes Pixelon tuvo su último estertor en una cita que sería el mayor espejo de una época donde el dinero se volcaba en internet. Una fiesta de supuesta presentación de su tecnología en el MGM Grand de Las Vegas con actuaciones de The Who, The Dixie Chicks y KISS que después se supo que costó 16 millones de dólares. Algunos de los grupos llegaron a grabar pequeños comerciales para Pixelon incluso. Fenne, que quedaría poco para descubrirse que su verdadero nombre era David Kim Stanley, decía en una entrevista The Guardian en la época que Dios le había “bendecido con una extraña cualidad para desafiar la realidad”. Vaya que si así era, porque su tecnología no tenía nada de real.

Los empleados e inversores de Pixelon se sorprendieron al conocer el verdadero nombre de Fenne. Y se sorprendieron aún más al saber que Stanley había estado en la lista de los más buscados de Virginia durante varios años, después de saltarse la fianza tras una condena por venta de acciones fraudulentas.

Stanley se entregó cuando todo comenzó a salir a la luz, dejando atrás una empresa construida sobre una tecnología que en realidad no funcionaba. En aquella fiesta de presentación ostentosa, Pixelon no consiguió que su vídeo en streaming funcionara. La idea era transmitir los conciertos a las pantallas de Times Square en Nueva York, pero apareció ni un solo fotograma.

Todo esto dejó a los restantes ejecutivos de la empresa con sede en San Juan Capistrano, California, luchando por resucitar la imagen de la compañía. Sin embargo, las malas noticias no habían terminado. Dos semanas después de la marcha de Stanley, los acreedores presentaron una demanda contra Pixelon por estafa. Pixelon aguantó un par de años, pero finalmente se declaró quiebra en 2002.

Hace dos años, un antiguo empleado contaba en una entrevista que todo le pareció raro desde el principio, pero que no destacaba demasiado en el ambiente de la época.

Tuve un par de reuniones con Michael. ¿Sabes cuando te sientas con alguien y utiliza frases y palabras de moda frente a cuando sabes que realmente entiende de qué estás hablando? Hablamos de redes y de cuestiones de infraestructura, y me di cuenta de que nunca había tenido nada que ver con este tipo de cosas. Me sonó un poco crudo, pero me advirtieron que es excéntrico.

Robert Feldman, antiguo ejecutivo de Pixelon

De Stanley no se ha sabido mucho más desde entonces, pasando completamente al anonimato. La historia de Pixelon es una de las narradas en el documental de National Geographic Valley of the boom, disponible ahora en Disney Plus, y donde se da una visión quizá todavía más desparramada de la vida de Fenne/Stanley, quien consiguió engañar a fondos de inversión, ingenieros e incluso cantantes de música en una época que irremediablemente se dirigía hacia una burbuja tecnológica.