Hasta los seres humanos menos puntuales tienen un reloj biológico de precisión suiza en su interior. Los ritmos circadianos rigen una gran cantidad de procesos en nuestro día a día, desde el sueño hasta el metabolismo. Pero eso no es todo. Hace años que también se está investigando cómo afectan al sistema inmunitario. Al parecer, también controlan la eficacia con la que este se pone en marcha al encontrarse con un patógeno. Como resultado, la respuesta puede ser mejor o menor, según en qué momento se haya producido una infección. Incluso según cuándo se haya puesto una vacuna. Es algo que se ha estudiado con vacunas como la de la gripe o la de la tuberculosis. Con las vacunas del coronavirus aún no se ha estudiado. Sin embargo, es inevitable pensar si también podría haber una relación con ellas.

Ha hablado de ello recientemente en un artículo para The Conversation la doctora Annie Curtis, del Real Colegio de Cirujanos de Dublín. No hay conclusiones claras al respecto, pero lo que se sabe de momento es más que interesante.

Así empieza la batalla

Cuando un agente extraño, llamado antígeno, penetra en nuestro organismo, es reconocido inicialmente por las células B. Estas son los componentes del sistema inmunitario que actúan como los centinelas de una fortaleza. 

Las células de memoria son la causa por la que tras una primera infección la respuesta inmunitaria ocurre más deprisa

Una vez que se genera este reconocimiento, algunas células B se transforman en células plasmáticas, que comienzan a producir anticuerpos contra ese antígeno concreto. Estos anticuerpos se unen a él y lo marcan para que sea reconocido por células como los macrófagos, que se encargan de destruirlo, o los linfocitos T colaboradores, que potencian el efecto de otras células inmunitarias.

Paralelamente a esta primera batalla, algunas de aquellas primeras células B se transforman en lo que se conoce como células B de memoria. Estas son muy interesantes en el proceso de inmunización, ya que son las encargadas de que el resto de células se acuerden de ese patógeno. Así, cuando se genere otra infección, si ya hay células de memoria todo el proceso anterior será mucho más rápido y el patógeno se eliminará antes de que llegue a causar daños.

En el caso de la pandemia que nos ocupa, es la razón por la que las personas que han pasado la COVID-19 o han recibido alguna de las vacunas del coronavirus quedan protegidas. El sistema inmunitario de las primeras ya se topó con el virus. El de las segundas se expuso a la vacuna, que no deja de ser una imitación del virus, que consigue estimular todo este batallón defensivo, para dejarlo preparado para una infección real.

Se ha comprobado que todo el proceso de diferenciación a células de memoria ocurre en unas estructuras conocidas como ganglios linfáticos, más concretamente en una especie de bolsas ovaladas en su interior, llamadas focos proliferativos subcapsulares. ¿Pero qué tiene que ver todo esto con los ciclos circadianos?

Un reloj inmunitario

En 2018, se descubrió que es más probable encontrar a los centinelas en los tejidos de todo el organismo durante el día. Es lógico, pues es cuando la probabilidad de infectarnos es mayor. Por la noche, migran a los ganglios linfáticos y se desencadena todo el proceso de memoria. 

Esto lleva a pensar que, efectivamente, los ritmos circadianos tienen una relación con la inmunidad. Y, por lo tanto, que el momento en el que nos infectamos o incluso en el que nos vacunamos, pueden influir en la respuesta resultante.

El proceso de memoria inmunitaria se desencadena en mayor medida por la noche

Un estudio llevado a cabo en 2016 con el virus de la gripe y el del herpes demuestra que, efectivamente, las infecciones que tienen lugar durante el día generan respuestas más fuertes. 

En cuanto a las vacunas, otro trabajo publicado ese mismo año con 250 pacientes mayores de 65 años mostró que, efectivamente, quienes recibían la vacuna de la gripe por la mañana desarrollaban una respuesta inmunitaria mayor que la de los vacunados por la tarde. Cuatro años después, otro estudio realizado con la vacuna de la tuberculosis mostraba resultados parecidos.

Ahora la vacunación vuelve a estar de moda (nunca debería dejar de estarlo) a causa de las vacunas del coronavirus. Por eso, en su artículo de The Conversation la doctora Curtis explica lo que sabemos al respecto por ahora.

¿Qué pasa con las vacunas del coronavirus?

No se han hecho estudios que relacionen los ritmos circadianos con ninguna de las vacunas del coronavirus. Sí que hay uno, aún sin revisión por pares, que los relaciona con la regulación de uno de los receptores que permiten que el virus entre a nuestras células. 

No hay estudios que relacionen las vacunas del coronavirus con los ritmos circadianos

Por eso, podríamos pensar que sí influiría el momento en el que nos vacunemos. Sin embargo, incluso si fuera así, eso no significaría que vacunarnos por la tarde no nos vaya a proteger. Quizás haya una pequeña diferencia, pero no suficiente como para dejarnos desprotegidos. Por eso, lo que prima ahora es vacunarnos, da igual cuando.

En un proceso de vacunación masiva, como el que supone una pandemia, no podemos permitirnos elegir. Si solo se vacunara por las mañanas tardaríamos mucho más en llegar a la inmunidad de grupo y eso supondría dejar vía libre al virus durante más tiempo. 

Sí que sería interesante tener esto en cuenta para campañas de vacunación de enfermedades mucho más controladas, como la de la gripe. Pero no ahora. 

Por lo tanto, del mismo modo que la mejor vacuna es la que nos toque, el mejor momento para vacunarnos es cuando nos citen.

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