Ahora que la vacuna contra el coronavirus ha comenzado por fin a administrarse en muchos países, las personas con reticencias a recibirla empiezan a esgrimir sus argumentos en redes sociales. Hay conspiraciones de todo tipo, la mayoría de ellas marcadas por el 5G, los microchips y la afición de Bill Gates a convertir personas en robots. No obstante, algunos detractores no son tan imaginativos. Simplemente se basan en que consideran que estas vacunas se han obtenido demasiado rápido y que, por lo tanto, no deben ser seguras.

De hecho, alegan que los ensayos clínicos en realidad no han terminado y que aún se seguirá investigando con los pacientes que se la pongan. Esto, en parte, es cierto. Pero es una buena noticia que lo sea, pues significa que los procesos están siendo los mismos que con cualquier otro fármaco. Porque, sí, esto es algo que ocurre habitualmente. Se trata de la fase IV de los ensayos clínicos.

¿Por qué se ha conseguido tan rápido la vacuna contra el coronavirus?

Las reticencias hacia la vacuna contra el coronavirus pueden ser en parte comprensibles. Ciertamente, se ha desarrollado en un tiempo récord y eso podría llevar a pensar que se han saltado pasos importantes. Pero en realidad, no es eso lo que ha llevado a su rápida obtención.

La razón principal por la que disponemos ya de varias vacunas, menos de un año después de la declaración de la pandemia, es precisamente la gravedad de la situación. Al tratarse de una enfermedad que está saturando los sistemas sanitarios de todo el mundo, dejando más de un millón de víctimas en el camino, se ha invertido mucho en su investigación. Un gran número de científicos han abandonado sus ocupaciones anteriores para dedicarse en cuerpo y alma a la vacuna contra el coronavirus. Algunos ya tenían parte del camino recorrido, pues empezaron tras la aparición del SARS-CoV-1 y el MERS. La colaboración de miles de profesionales de todo el globo ha facilitado que, con suficiente inversión económica, se haya podido trabajar a gran velocidad. Pero eso no es todo. También se han reducido los tiempos de muchos trámites burocráticos de los ensayos clínicos. La gravedad de la pandemia lo requería.

Pero no se ha rebajado tiempo a lo importante. Los pasos de los ensayos clínicos destinados a evaluar la seguridad y la eficacia de la vacuna se han realizado exhaustivamente. Como es habitual para el desarrollo de cualquier fármaco, tras la finalización exitosa de la fase III se ha procedido a su aprobación. Es aquí donde empieza esa fase IV que muchos temen y que, en realidad, no se sale para nada de lo que consideramos normal.

La necesaria fase IV de los ensayos clínicos

La fase IV de un ensayo clínico se conoce como aquella en la que se sigue evaluando un medicamento después de su comercialización. Se considera la fase más larga, pues no tiene fecha de finalización definida. Una vez que se encuentran en las farmacias y centros sanitarios los investigadores no se desentienden. Es necesario ver cómo actúa en un entorno “cotidiano”. Además, se pueden comprobar sus efectos en un grupo de personas mucho más grande que los que participaron en las fases anteriores. Pero eso no significa que su eficacia o su seguridad estén aún sin terminar de analizar.

Antes de pasar a esta fase es necesario haber estudiado ambas. Y solo si los datos son positivos se procede a su aprobación. Por supuesto, si una vez que se comienza la comercialización se detectaran efectos secundarios graves, ajenos a los que se encontraron en fases anteriores, se detendría su venta. Puede ocurrir, pero no es algo frecuente. Hoy en día los ensayos clínicos se diseñan de manera que se produzca un análisis muy completo del fármaco. Así, en la fase IV todo debe ir según lo previsto con anterioridad. Y es lo que está ocurriendo con la vacuna contra el coronavirus.

El peligro de temer el salvavidas

Varios millones de personas han recibido ya la primera dosis. Algunas han experimentado efectos secundarios, pero nada fuera de lo que ya se había establecido. Muy pocos han sido graves, con una proporción similar o incluso menor que la que se ha documentado en otras vacunas. Y, por supuesto, mucho menor que los porcentajes de sintomatología grave o padecimiento de secuelas tras la COVID-19.

Se han dado a conocer unos pocos casos en el mundo de reacciones alérgicas, pero esto es algo habitual con otras vacunas. También se ha documentado recientemente un caso de encefalitis en una médica mexicana. Esto puede parecer preocupante, pero debemos recordar que se han administrado varios millones de vacunas en todo el mundo.

Lo comentaba recientemente en su cuenta de Twitter el médico intensivista Alberto García-Salido. En la vacuna triple vírica se registra una encefalitis por cada millón de casos. Lo mismo ocurre con la de la fiebre amarilla. La primera está en nuestros calendarios de vacunación y, salvo los antivacunas, nadie se niega a recibirla, pues lleva muchos años mostrando su capacidad de salvar vidas. A la segunda no nos oponemos si queremos viajar a países en los que el virus es endémico.

Al menos con las dosis que se han administrado de momento, la vacuna contra el coronavirus parece ser incluso más segura. Y aun así seguimos temiéndola. Si naufragásemos y nos encontrásemos solos, exhaustos y helados en mitad del océano, no temeríamos aferrarnos al flotador lanzado desde un helicóptero de salvamento. ¿Por qué tememos tanto al único salvavidas de esta pandemia?

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