Las llamas no son solo esos primos pequeñajos de los camellos a los que les encanta escupir. Son animales apasionantes, cuyo sistema inmunitario ha llamado la atención de los científicos durante años. Se debe a la presencia de nanocuerpos, unos anticuerpos muy pequeños, con infinidad de aplicaciones en medicina. Gracias a su tamaño se ha estudiado su uso para el tratamiento de enfermedades respiratorias, como la gripe o la COVID-19, pues se pueden administrar por inhalación fácilmente. Además, son muy resistentes al calor y la acidez, por lo que se considera que podrían tomarse en píldoras para tratar enfermedades intestinales. Pero lo más novedosos es el estudio de estos anticuerpos de llamas para tratar el cáncer o la fibrosis quística, entre otras patologías.

Es precisamente lo que ha estudiado recientemente un equipo de científicos de la Universidad de Columbia en un trabajo publicado en Nature Methods.

¿Pueden servir las llamas para tratar el cáncer?

En realidad, el “uso” de las llamas para tratar el cáncer es más bien una inspiración. Estos nanocuerpos son sintéticos, pero están basados en los que se han estudiado en el sistema inmunitario de estos animales.

En este caso son muy útiles, tanto por su gran especifidad, como por su capacidad para permanecer inalterados al entrar en las células, al contrario que otros anticuerpos.

Su uso en cáncer, fibrosis quística y otras muchas enfermedades se basa en la capacidad para detener un proceso por el que las proteínas defectuosas se “etiquetan” para su eliminación. ¿Pero en qué consiste este exactamente?

No todas las proteínas deben eliminarse

Nuestras células, así como las de otros seres humanos, contienen unos orgánulos, llamados ribosomas, que actúan como “fábricas” de proteínas. En ellos se sintetizan todas esas proteínas que necesitamos para el correcto funcionamiento del organismo. Por desgracia, del mismo modo que en una factoría de coches pueden salir algunas piezas defectuosas, aquí también puede pasar.

En ese caso, las células tienen su propio mecanismo de eliminación, que empieza con un proceso conocido como ubiquitinación. La ubiquitina es una proteína muy pequeña que se coloca sobre las proteínas defectuosas, para indicar que deben destruirse. Es por este motivo por el que se la conoce popularmente como “el beso de la muerte”.

Una vez que la “pieza” defectuosa queda marcada, sale de la “cadena de montaje” y pasa al proteosoma, que actuaría como una especie de “trituradora de basura”.

Todo esto es necesario, pues a veces esas proteínas malformadas pueden ocasionar problemas al organismo. Sin embargo, también puede que la modificación sea mínima y que sean capaces de realizar su función sin problemas. En ese caso, al eliminarla se pueden alterar mecanismos esenciales, dando lugar a multitud de enfermedades.

Es aquí donde entran en juego los anticuerpos de llama para tratar el cáncer.

Eliminación selectiva

A grandes rasgos, la solución al problema de la destrucción de proteínas que aún conservan su función sería detener la ubiquitinación. Si no se etiquetan, no pasarán al proteosoma y, por lo tanto, no se eliminarán.

No obstante, así se detendría también la eliminación de proteínas muy malformadas, que sí deben desaparecer. Por lo tanto, se requiere una retirada selectiva de la ubiquitina.

La especifidad de los nanocuerpos es un punto clave aquí, por lo que los autores sintetizaron unos con la capacidad de unirse a la ubiquitina de proteínas diana.

Las probaron en modelos experimentales para fibrosis quística y síndrome de QT largo. Esta última es una enfermedad genética que se caracteriza por la presencia de múltiples arritmias y puede terminar con la muerte súbita del paciente.

En ambos modelos, el proceso de “desetiquetado” fue un éxito. Además, una vez que se les retiró la ubiquitina, las proteínas viajaron a su posición adecuada en la célula.

Concretamente, para el modelo de fibrosis quística se logró restaurar los niveles de proteínas de la membrana celular a un 50% de lo normal. Esto, según ha explicado en un comunicado el autor principal del estudio, Henry Colecraft, sería transformador si sucediera en un paciente.

En definitiva, quizás sea muy osado hablar directamente de la contribución de las llamas para tratar el cáncer. Pero, desde luego, tanto ellas como las alpacas y los camellos han dado a los científicos un buen hilo del que tirar. Por eso es tan importante cuidar la naturaleza, porque observándola podemos encontrar mecanismos capaces de salvar muchas vidas.

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