No importa si es un Nocturno de Chopin, una exhibición de cante de Camarón, un fado o un tema de heavy metal. La música, en todas sus variantes, tiene el poder de hacernos sentir escalofríos, dependiendo del gusto de cada persona. Incluso puede que haya quien los experimente con el reggaetón. O eso puede que no. El caso es que sentir escalofríos por la música es algo muy habitual.

Prácticamente todos hemos experimentado alguna vez esa sensación de frío que recorre rápidamente nuestro cuerpo, mientras que se nos eriza la piel. Sin embargo, los mecanismos por lo que esto ocurre no son del todo conocidos. Hay muchos estudios al respecto, pero ninguno había analizado lo que ocurre en el cerebro tan exhaustivamente y de una forma tan rápida como el que acaba de publicar en Frontiers in Neuroscience un equipo de científicos de la Universidad de Besançon, en Francia.

¿Por qué sentimos escalofríos por la música?

El fenómeno conocido comúnmente como piel de gallina, y más técnicamente como piloerección, se da involuntariamente, cuando sentimos frío o alguna emoción intensa.

Está mediado por el sistema nervioso simpático, desde donde se impulsa la contracción de los pequeños músculos que se encuentran en la base de cada uno de los pelos que “tapizan” la piel, tanto de humanos como de otros animales. Cuando ocurre a causa de las bajas temperaturas, estos pelos erectos crean una especie de abrigo, que aísla del frío el cuerpo del animal.

En algunas especies se da también como respuesta al miedo o el enfado, ya que hace parecer al animal más grande, como ocurre con los gatos. Esta sería una de las conocidas como reacciones de “lucha o huida”, que también se ligan a las causas evolutivas de la ansiedad.

Y precisamente este es el motivo por el que también sentimos piel de gallina y escalofríos por la música. Al escuchar esa canción que nos gusta tanto, la excitación nos lleva a segregar dopamina, que se relaciona con el placer, pero también adrenalina. No nos estamos enfrentando a ningún peligro, pero es la misma hormona que se genera ante situaciones de riesgo, por lo que nuestro cuerpo lo interpreta con las mismas reacciones fisiológicas. Ahora bien, ¿qué pasa en el cerebro mientras tanto?

Música en el laboratorio

Para la realización de este estudio reciente, sus autores reclutaron a 18 voluntarios, 11 mujeres y 7 hombres. El punto común a todos ellos es que manifestaron experimentar con regularidad escalofríos por la música.

Todo ellos tuvieron que escuchar una especie de “popurrí” de 15 minutos, compuesto por fragmentos de sonido de 90 segundos. Algunos pertenecían a las canciones que los participantes habían descrito como sus favoritas, mientras que otras eran una selección de obras de diferentes estilos, común para todos.

Mientras tanto, se les colocó una serie de electrodos en el cuero cabelludo para realizar un electroencefalograma que midiera la actividad de su cerebro en respuesta a la experiencia sensorial a la que se estaban sometiendo.

En total, los voluntarios informaron de 300 escalofríos, con una duración media de 9 segundos, que también fueron detectaos por el dispositivo. Sin embargo, este detectó algunos otros de los que ni siquiera los propios participantes fueron conscientes. La respuesta cerebral en todos era muy similar, pues se generaba principalmente actividad en las cortezas prefrontal y orbitofrontal. La primera se asocia sobre todo a la cognición y la atención, mientras que la segunda procesa las emociones procedentes de experiencias sensoriales. Estas personas estaban atentas a la música, mientras que esta generaba emociones tan intensas como para desencadenar escalofríos.

Por otro lado, también se observaron patrones vinculados al área motora suplementaria del cerebro medio y el lóbulo temporal derecho, encargado de procesar los sonidos. Todo cuadraba.

No hace falta ser un prodigio musical

El electroencefalograma es más fácil de realizar fuera del laboratorio que las técnicas de imagen realizadas con anterioridad. Por eso, estos científicos creen que su procedimiento podría llevarse al terreno real, para ver cómo reacciona el público en teatros y salas de conciertos. Incluso para analizar la capacidad de un tema concreto para generar ese escalofrío por la música.

De momento, uno de los datos interesantes que se obtienen a partir de este estudio es que la reacción de los participantes no dependía de si tenían o no formación musical. Y es que no hace falta ser Beethoven para conmoverse con su Claro de Luna, ni Dolores O’riordan para unirse a las protestas que ella y su grupo imprimieron en sus acordes, ni Paco de Lucía para vibrar con las cuerdas de su guitarra. No es necesario saber leer una partitura ni tocar un instrumento, basta con tener eso a lo que muchos llaman alma. Basta con que las notas hagan estremecerse a nuestro cerebro.

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