Según la Organización Mundial de la Salud, la ansiedad afecta aproximadamente a 1’9 millones de personas en España. Esto no hace referencia a la parte positiva, y hasta adaptativa, de la ansiedad, sino al sentimiento de miedo o preocupación excesiva, que genera síntomas que pueden afectar al transcurso normal de la vida de una persona.

Los individuos que deben lidiar frecuentemente con esta desagradable sensación cuentan con dos opciones a las que recurrir para ponerle freno: la terapia cognitiva conductual y la farmacológica. Sin embargo, no siempre encuentran el alivio suficiente en una de estas dos opciones o en una combinación de ambas. Por eso, un equipo de investigadores de la Universidad de Yale y el Weill Cornell Medicine ha llevado a cabo un estudio, publicado esta semana en PNAS, en el que se explora una alternativa muy interesante, basada en el uso de señales de seguridad, que el paciente en cuestión relacione con situaciones tranquilas y ajenas a los desencadenantes de su ansiedad. De momento, las primeras pruebas con ratones y humanos han dado buenos resultados, aunque aún queda mucha investigación al respecto.

Viajando a situaciones seguras

En un comunicado de su universidad, uno de los autores del estudio, Dylan Glee, explica que una de las terapias psicológicas empleadas más habitualmente para tratar la ansiedad es la que se basa en la exposición del paciente a los desencadenantes de la ansiedad. Por ejemplo, si la persona en cuestión teme irracionalmente a las arañas, se crearán situaciones en las que tengan que interaccionar poco a poco con ellas, hasta comprender que en realidad no se trata de una amenaza, que deba provocar las respuesta de lucha o huida características de la ansiedad.

A menudo este tipo de terapias resulta muy útil, pero hay un porcentaje importante de pacientes en los que no llegan a generarse resultados totalmente positivos. Esto, según Glee, se debe a la existencia de una memoria de amenaza, que acaba afectando a los resultados que puedan generarse en un principio. En cambio, esto no ocurre con el mecanismo diseñado por ellos, ya que con él se genera una actividad cerebral que “apaga” las respuestas que se hayan producido anteriormente.

Para conseguirlo, primero entrenaron a un grupo de ratones para que relacionaran un sonido concreto con una situación amenazante y otro diferente con un momento de seguridad. A continuación, se expusieron a ambos estímulos a la vez y se observó la actividad de sus cerebros. Así, pudieron comprobar que en el momento que percibían el segundo sonido se activaba el hipocampo ventral, dando lugar a una inhibición del reflejo que generaba el miedo a nivel cerebral.

Al extrapolar esto a humanos, se hizo algo similar, aunque esta vez los estímulos eran situaciones concretas que les generaban miedo y señales que cada uno pudiera relacionar con tranquilidad, desde una canción hasta un muñeco de peluche. En todos ellos ocurrió lo mismo que en los roedores: la señal de seguridad apagó el efecto del miedo en sus cerebros.

Se trata de unos resultados muy prometedores, aunque es necesario tener en cuenta que las personas que participaron en el estudio no tenían trastornos generalizados de ansiedad, de modo que solo se analizó cómo reaccionaban en una situación ansiosa puntual. Estos científicos tienen todavía mucho trabajo por delante para comprobar si puede pasar lo mismo en pacientes que convivan con la ansiedad de forma regular. Mientras tanto, no está de más que cada uno de nosotros busque esa canción, ese objeto o esa imagen que nos retrotrae a la calma y lo usemos como nuestro “amuleto” contra el miedo. Eso sí, sin abandonar las terapias existentes hasta el momento, pues puede que no siempre sean tan útiles como nos gustaría, pero tienen una eficacia muy alta para luchar contra este desagradable sentimiento. Para vencer a la ansiedad, el primer paso es buscar ayuda. Sin vergüenzas.