La larga historia de la fuga de aire a causa de un agujero en la Estación Espacial Internacional parece haber llegado a su fin. Un final feliz, pues nadie ha salido herido ni enfermo, pero de lo más rocambolesco, por los mecanismos que han sido necesarios para encontrarlo.

Los astronautas fueron conscientes de que algo ocurría a bordo en septiembre de 2019. La pérdida paulatina de aire en las instalaciones es algo normal, que se solventa con varios equipos de suministro de oxígeno. Esta vez parecía que la fuga era más potente de lo habitual, pero no lo suficiente para suponer una preocupación. Sin embargo, sí que comenzó a serlo este verano, cuando de repente se hizo más intensa. Empezaron así las maniobras de búsqueda del origen del problema.

Los tripulantes de la EEI fueron sellando de una en una las diferentes estancias que constituyen la estación, mientras ellos se recluían en el módulo Zvezda, ubicado en el lado ruso. Una vez finalizado este rastreo, seguían como al principio, por lo que lo más probable era que el orificio estuviese en una de las dos zonas que no habían sellado. Estas eran el Módulo 2 de Poisk Mini-Research, usado para atracar naves y para la preparación de los astronautas antes de las caminatas espaciales, y el propio Zvezda, en el que ellos habían permanecido “encerrados” durante la inspección. Finalmente se supo que era precisamente en este último donde estaba el agujero, pero no encontraban el punto exacto. Han sido necesarias unas semanas más para poder dar carpetazo por fin al misterio. Eso y unas cuantas bolsitas de té.

Bolsas de té para hallar el agujero en la Estación Espacial Internacional

El agujero en la Estación Espacial Internacional se convirtió en un problema serio cuando la fuga de aire se hizo mucho más evidente. Pero sobre todo cuando uno de los sistemas de suministro de oxígeno del lado ruso empezó a fallar. Se trataba de averías independientes, pero una podía hacer mucho más graves las consecuencias de la otra.

Por eso, los tripulantes que ahora mismo se encuentran en las instalaciones decidieron llevar a cabo una maniobra peculiar. Si solo sellaban el módulo Zvezda, como habían hecho en los otros, comprobarían que el fallo estaba ahí, pero no podrían ver el punto exacto. Por eso, justo antes de cerrar las compuertas soltaron por la estancia un puñado de bolsas de té.

Con todo cerrado, estas comenzaron a flotar a causa de la microgravedad, guiadas a un mismo punto, como los niños y las ratas tras el flautista de Hammelin. Todo esto fue captado por una serie de cámaras, en las que se pudo ver el lugar al que se dirigían las bolsitas, antes de que se volvieran a abrir las compuertas y los astronautas y cosmonautas entraran al módulo.

Ese lugar exacto era el orificio por el que el aire se había estado escapando desde finales de 2019. Una vez ubicado, se procedió a cerrarlo con ayuda de cinta Kapton, capaz de permanecer estable a temperaturas muy variadas, incluyendo las cercanas al cero absoluto.

No obstante, según han explicado desde Roscosmos, esta es solo una solución temporal, pues actualmente se está desarrollando un protocolo para sellar permanentemente este agujero en la Estación Espacial Internacional. La historia por fin ha terminado, o eso parece, pues aún habrá que comprobar si el problema termina tras este sellado. Si es así, será curioso recordar que ese problema, que mantuvo en vilo a dos de las agencias espaciales más potentes del planeta durante más de un año, se solucionó gracias a un puñado de bolsas de té.

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