La ciencia ciudadana es una faceta muy importante para algunas ramas de la ciencia, como la meteorología o la astronomía. Las mediciones y observaciones del cielo de aficionados a estas áreas pueden aliviar mucho el trabajo de los investigadores que no dan abasto con tantos datos. Sin embargo, de ahí a la fabricación de vacunas DIY (las siglas de Do It Yourself) ya hay un abismo demasiado grande.

Y aunque parezca mentira, existen. Se llama así popularmente a las vacunas desarrolladas por personas con conocimientos y formación científica, sin atenerse a los pasos establecidos para la correcta obtención de un fármaco. Se ha hablado con anterioridad de ellas para otras enfermedades, pero han cobrado especial relevancia en esta pandemia del coronavirus, al plantearse una vacuna como la única salida “definitiva” de la situación a la que nos enfrentamos. Inicialmente, el objetivo de estas personas podría considerarse muy loable. No obstante, lo cierto es que ponen en peligro tanto su salud como la del resto de individuos con los que realizan las pruebas necesarias. Todo esto ocurre en el marco de una especie de limbo legal al que ha hecho referencia hoy en un artículo publicado en Science el profesor de derecho de la Universidad de Illinois Jacob S. Sherkow.

Vacunas DIY, una ‘moda’ peligrosa

El tema de las vacunas DIY para el coronavirus se hizo especialmente conocido hace un mes. Fue entonces cuando un grupo de científicos, autodenominados como Rapid Deployment Vaccine Collaborative, o Radvac, anunció que había desarrollado una vacuna nasal, cuya administración es tan sencilla que se la podrían poner los propios pacientes en sus casas.

Para ello no habían seguido ningún tipo de ensayo clínico. Simplemente se habían documentado a partir de estudios sobre el MERS, el SARS-CoV y el propio SARS-CoV-2. Después, aunando todos los conocimientos adquiridos, habían fabricado una vacuna a partir de proteínas del virus capaces de generar inmunidad. En cuanto a las pruebas con humanos, se habían limitado a probarla con 20 voluntarios, entre los que se encontraban ellos mismos. Incluso se había elevado la cifra hasta 70 participantes.

Lógicamente, al prescindir de todos los pasos de los ensayos clínicos convencionales, esta vacuna podría estar lista mucho antes que el resto. Sin embargo, sería imposible que los científicos pudieran dar garantías de su seguridad.

El limbo legal de estas vacunas caseras

Por lo general, las vacunas DIY las prueban sus desarrolladores científicos en sí mismos o en familiares o amigos cercanos. Esto, según aclara Sherkow en el estudio de Science, puede llevarles a creer que les ayuda a saltarse todos los requerimientos legales de la FDA en Estados Unidos o la autoridad competente que corresponda en otros territorios.

Este sería un “malentendido con graves consecuencias para la salud pública”, ya que la autoexperimentación puede calificarse como investigación con sujetos humanos y, por lo tanto, debe someterse a una revisión ética, por ley o política institucional”.

Por otro lado, está el tema de los reactivos y productos necesarios. Que sea Do It Yourself no significa que pueda hacerse con materiales de andar por casa. Ni siquiera Jordi Cruz podría hacer una vacuna con cola blanca y papel higiénico. Por eso, es necesario recurrir a distribuidores especializados; cosa que, al no ser para un experimento justificado, puede requerir el salto de algunas fronteras legales. “Tomar información que encontraste en algún rincón oscuro de Internet y usarla para desarrollar tus propios compuestos y enviar materiales o reactivos a través de las fronteras estatales es comercio interestatal y desencadena la supervisión de la FDA», aclara el abogado en un comunicado. «En ese punto, es esencialmente donde la FDA puede detener el procedimiento».

Más allá de lo legal

Aparte de que, aunque no lo parezca, las personas que desarrollan vacunas DIY están saltando muchas barreras legales, las implicaciones sanitarias no se quedan atrás.

Hace apenas unos días conocimos la noticia de la detención del ensayo clínico de la vacuna de la Universidad de Oxford y AstraZeneca. Una de las personas que participaban como voluntarias en el procedimiento había desarrollado unos síntomas inicialmente de origen desconocido y era necesario hacer un stand by para comprobar si había tenido que ver con la vacuna. Tras este alto en el camino, el proceso pudo seguir sin problemas. Los propios investigadores reconocieron que en julio se había dado un caso similar, pero que la noticia no llegó a la población. Y en realidad no tiene por qué. Todos los ensayos clínicos de fármacos deben recurrir en un momento u otro a estos parones, que indican que hay unos estándares de calidad y seguridad adecuados. Esto es algo que se saltan las vacunas DIY.

Pensémoslo fríamente. Si con un procedimiento correcto, como el que se está llevando a cabo con las opciones vacunales aprobadas, en España hay un 40% de personas que no quieren vacunarse porque “no se fian”, ¿qué ocurriría con una vacuna casera que no ha pasado ninguno de los pasos necesarios?

Teniendo en cuenta el comportamiento a veces disparatado del ser humano, quizás habría quien la preferiría por concebirla como algo más “natural”. Pero sería un peligro. Por eso, deberíamos escuchar al Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, que en un informe en su página web recuerda que la mejor vacuna DIY es el lavado de manos. Eso sí que podemos hacerlo en casa, sin saltarnos ninguna ley y sin poner en peligro a nadie. Todo lo contrario.

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