Sweet Magnolias es el nuevo furor. A finales de la década de los noventa y mucho antes que fuera tendencia, HBO apostó a un elenco femenino para tocar temas universales desde un aire contemporáneo y atractivo. Sexo en Nueva York se convirtió en un éxito de audiencia y de crítica, que logró romper la vieja idea que los argumentos basados y sostenidos sobre personajes femeninos nunca podrían ser realmente populares. Pero el programa no solo marcó una época, sino que además cambió la percepción sobre la mujer y sus dilemas.

La nueva serie de Netflix Sweet Magnolias tiene algo del aire íntimo, extravagante y por momento conmovedor de ese primer gran experimento sobre el universo femenino. Pero mientras Carrie, Charlotte, Miranda y Samantha recorrían una Nueva York radiante en mitad de un lujo a menudo pretencioso, el experimento de Netflix tiene mucho más interés en mostrar una versión realista y mucho más cercana de la amistad entre mujeres. En especial, la forma en que el complejo mundo interior femenino puede reflejar ideas emocionales universales.

Sweet Magnolias, ni ricas ni poderosas

No obstante, allí terminan las semejanzas entre ambas propuestas. Mientras que el cuarteto fabuloso de HBO tomaba bebidas con nombres sofisticados en un bar de una ciudad inalcanzable, Maddie Townsend (JoAnna García Swisher), Dana Sue Sullivan (Brooke Elliott) y Helen Decatur (Heather Headley) hacen lo mismo en un pueblo pequeño, con frecuencia claustrofóbico, mientras intentan lidiar con situaciones que de una manera u otra, son reconocibles para cualquiera.

Sweet Magnolias no está interesada en la ostentación, sino en una mirada amable a la forma en que afrontamos los dolores de lo cotidiano. Desde cierta perspectiva maliciosa sobre la naturaleza de la amistad, el sufrimiento privado y la concepción de la identidad. Todo envuelto bajo un lustre casi melancólico de una pequeña ciudad de Carolina del Sur.

En realidad, lo más llamativo de la serie es su capacidad para mezclar historias sin que parezca que superpone líneas dramáticas. Busca provocar la conmiseración instantánea por sus protagonistas. Eso a pesar de que cada una de ellas sufre situaciones de alto calibre emocional: el esposo de Maddie la abandonó por una amante más joven, mientras que Dana Sue trata de equilibrar el hecho de ser madre soltera con una vida laboral cada vez más complicada.

En medio de ambos extremos se encuentra Helen, solitaria y en busca del amor y de ser madre. Por supuesto, no se trata de historias que no hayan sido analizadas antes — y quizás con mejor tino — pero Sweet Magnolias toma la inteligente decisión de crear a través del sufrimiento de situaciones reconocibles, algo de mayor interés, profundidad, ajeno a la amargura y al cinismo.

Cambiando las calles de Nueva York por un spa rural

Con un cierto parecido con el clásico de los noventa The First Wifes Club (1996) de Hugh Wilson, este trío de mujeres en medio de una dura situación personal, decide capitalizar el sufrimiento y el sacudón emocional de sus respectivas encrucijadas personales, para unir fuerzas en un proyecto conjunto: la aventura de abrir un Spa en un pueblo pequeño.

Con pocos recursos económicos y enfrentándose de manera indirecta a la oposición masculina de padres y ex parejas, el recorrido del trio protagonista para lograr su objetivo, se convierte en un conjunto de historias conmovedoras, divertidas y, en especial, una mirada amable sobre las vicisitudes que rodean a sus personajes, con los que cualquiera pueda identificarse.

Sweet Magnolias tiene la virtud de la sencillez: su argumento está mucho más enfocado en sus personajes, que en lo que ocurre a su alrededor y quizás, esa es su mejor manera de recorrer las múltiples historias que se entrecruzan para sostener lo que sin duda, es un paisaje emocional que paso a paso, se hace más rico y profundo y en matices.

Y detrás de todo, los mismos dramas

Pero claro está, la serie también es una consecuencia directa de los grandes dramas femeninos como Big Little Lies, en los que el poder de un elenco coral y una mirada inquisitiva sobre la naturaleza emocional de los personajes lo es todo. En Sweet Magnolias, el argumento tiene la suficiente osadía como para hacerse preguntas de rara dureza sobre las decisiones, errores y dolores de su trío central.

Capítulo a capítulo, la percepción de los personajes sobre su mundo interior, el amor y la manera en que maduran, mientras el proyecto en común nace, se tambalea, se afianza, parece a punto de caer — todo a la vez —. Como representación exagerada de la vida sureña norteamericana que es, el programa es muy consciente de su cualidad edulcorada y sus clichés inevitables, pero en medio de eso hay espacio suficiente para una mirada directa, y en ocasiones descarnada, sobre el origen del sufrimiento adulto y la forma en que la percepción sobre la vida, más allá de las promesas del amor idealizado, tal y como nuestra cultura lo concibe.

Al final, Sweet Magnolias es un astuto recorrido por una serie de tópicos de considerable peso. Todo bajo el brillo cálido de tardes amables y vasos de limonada casera. Pero el núcleo del argumento es el mismo que todas las obras que le precedieron: la vida corriente es una apuesta sin garantías a la que todos lo deseamos y tememos.

Y ya sea en la rutilante Nueva York como en un pueblo diminuto del Sur estadounidense, las pérdidas y los triunfos tienen el mismo sabor agridulce.

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