réquiem por un sueño darren aronofsky
– May 17, 2020, 19:55 (CET)

20 años de ‘Réquiem por un sueño’, la mejor película de Darren Aronofsky

Réquiem por un sueño, la memorable película de culto de Darren Aronofsky, ha cumplido veinte años este mes de mayo. Y esto es todo lo que nos brinda.

Darren Aronofsky es un director de culto y, como él mismo, a tres de los siete largometrajes que ha rodado hasta el momento les corresponde esta categoría. Se trata de los primeros de su carrera, el demencial y complejísimo Pi, fe en el caos (1998), el sinfónico Réquiem por un sueño (2000) y, en fin, el quise y no pude de La fuente de la vida (2006). Más tarde, vino la emotividad de El luchador (2008), el desasosegante drama psicológico Cisne negro (2010), el bíblico y en absoluto inesperado Noé (2014) y Madre! (2017), su regreso al cine con un surrealismo sobrecogedor y conceptualmente enrevesado.

A dos décadas de que se estrenase Réquiem por un sueño, no viene mal insistir en que es toda una experiencia cinematográfica. Mezcla la sátira social, lo onírico y lo alucinatorio como en el viaje agradable o pesadillesco de quien se pone hasta el culo de estupefacientes. Hablamos de una inmisericorde y auténtica tragedia sobre las adicciones invencibles, las ilusiones vitales y la frustración, alejadísima en su tono de la festiva Trainspotting (Danny Boyle, 1996), también de culto; muy oscura y así, tal vez, bastante más honesta. Un filme que no le conviene a personas fácilmente impresionables y con poco estómago.

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Si hay un compañero habitual de Aronofsky, ese es el director de fotografía Matthew Libatique (Última llamada), que se ha ocupado de sus encuadres hasta en ocho ocasiones desde su corto Protozoa (1993). En Réquiem por un sueño tuvo que vérselas con una planificación visual muy variada, elaboradísima y de lo más satisfactoria. Como el montaje de Jay Rabinowitz (El árbol de la vida), dos veces a las órdenes del neoyorkino, con una vitalidad que le proporciona un ritmo endiablado y ya revela un rasgo autoral por el recuerdo de Pi, y que resulta especialmente llamativo en escenas sobre las rutinas de la drogadicción, que no son solo a base de sustancias psicotrópicas, y del hastío cotidiano.

La labor de Rabinowitz oscila entre la dialéctica y el paralelismo. Además, Réquiem por un sueño nos ofrece planos cenitales, picados y contrapicados, partidos vertical y horizontalmente, superpuestos y no pocos encantadores de detalle. Y distorsión con objetivos ojo de pez, bodycam, travelling, un buen número de escenas en cámara rápida y saltos ocasionales a lenta, fundidos a blanco. Clint Mansell (Stoker), el compositor fetiche con el que Aronofsky ha trabajado en seis de sus siete largometrajes, compuso la fabulosa partitura de Réquiem por un sueño, imposible de olvidar y tan épica que fue utilizada para el tráiler de El Señor de los Anillos: Las dos torres (Peter Jackson, 2002).

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Impagable es la conmovedora interpretación de la veterana Ellen Burstyn (Interestellar) como Sara Goldfarb, cuyas motivaciones pueden recordarnos al principio a la mordacidad pueril de los primeros cortometrajes de Aronofsky, como Fortune Cookie (1991) o No Time (1994), y su narrativa de saldo. Pero se convierten en una alucinante bajada a los infiernos. También la de los otros personajes protagonistas, claro, sean el Harry Goldfarb de Jared Leto (Las vidas posibles de Mr. Nobody), la Marion Silver de Jennifer Connelly (Una mente maravillosa) o el Tyrone C. Love de Marlon Wayans (Play Off).

Los cuatro deslumbran o cumplen según cada circunstancia, y Requiem por un sueño no sería lo que es sin el talento ostensible de estos actores, con una encarnación muy matizada especialmente en el caso de Burstyn. Tampoco sin el diseño de sonido de Brian Emrich (Última llamada), otro habitual de Aronofsky y responsable de una decisiva aportación para que el filme resulte de veras efectivo por los rasgos vertiginosos de su montaje y porque, sí, las alucinaciones auditivas de los yonquis deben parecernos terribles. Tanto como el poso arrollador de la película, que no ha envejecido ni un ápice.

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