Entre los años 541 y 542 de la era común (después de Cristo), tuvo lugar una de las pandemias más brutales de la historia de la humanidad: la peste justiniana. Tal fue la fuerza con la que golpeó al Imperio Romano que se dice que acabó con más de la mitad de su población.

Se cebó especialmente con Constantinopla, en la que se documentó el fallecimiento de 300.000 de las 500.000 personas que vivían allí. Otras ciudades no llevaron a cabo un registro tan exhaustivo, por lo que sus efectos en ellas con el tiempo se han asumido teniendo en cuenta la virulencia de Constantinopla. Sin embargo, un estudio reciente, publicado en Plos ONE de la mano de un equipo de científicos del Centro Nacional de Síntesis Socioambiental de la Universidad de Maryland (SESYNC), concluye que en realidad la situación pudo no haber sido tan grave.

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Peste justiniana: una historia a base de retazos

La peste justiniana tuvo su origen en Egipto, en el 541, y desde allí se extendió al norte de Europa, África y el Medio Oriente.

Este viaje, transmitido a través de ratas y pulgas, tuvo su mayor apogeo en Constantinopla, en la actual Turquía. ¿Pero qué pasó en el resto zonas afectadas?

La mayoría no contaban con un buen registro de datos, por lo que con el tiempo se extrapoló la información de la región más afectada. Esto llevó a pensar que más de la mitad de la población del Imperio Romano sucumbió a la enfermedad. Sin embargo, las matemáticas no concluyen que fuera así.

Matemáticas para reconstruir una pandemia

Para la realización de este estudio, sus autores tuvieron en cuenta cuatro factores concretos.

Para empezar, era necesario saber cómo se transmite la enfermedad. La peste justiniana fue transmitida por Yersinia Pestis, la misma bacteria que dio lugar a otras epidemias
de peste históricas, como la Peste Negra del siglo XIV.

Tampoco esta última cuenta con registros suficientemente completos ni con una base científica adecuada. Por eso, estos investigadores se basaron en la información disponible sobre la tercera pandemia de la India, acaecida en el siglo XX.

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A día de hoy se sabe que el hospedador principal de esta bacteria es la rata negra (Rattus rattus) y que utiliza como vector principalmente a la pulga de rata oriental (Xenopsylla cheopis). Este es el segundo factor que se tuvo en cuenta para la elaboración del estudio. Pero todavía faltaba tener en cuenta la patología causada. La enfermedad transmitida de roedores a humanos, ya sea directamente o a través de las pulgas, es la peste bubónica. No obstante, los pacientes infectados pueden desarrollar una peste neumónica secundaria, transmitida de humano a humano a través del aire.

Contemplando estos escenarios, los autores desarrollaron un modelo matemático basado en el modelo SIR, tanto para ratas como para humanos. Este contempla una población, llamada N, como la suma de todos los individuos susceptibles (S), infectados (I) o recuperados (R) de una enfermedad . Teniendo esto en cuenta, y mediante unas fórmulas concretas, se puede calcular, en base a ellos, el número de fallecidos. También utilizaron el modelo SEIR, que añade los individuos expuestos, teniendo en cuenta la existencia de un periodo de incubación.

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Finalmente, para la realización del modelo se tuvieron en cuenta otros factores únicos de cada región, como su clima o la densidad de población.

La conclusión del estudio fue que los efectos de la peste justiniana variaron considerablemente entre las diferentes áreas urbanas. La mortalidad fue muy elevada, ciertamente, pero en otros lugares no llegó a las terribles cifras de Constantinopla.

Hoy en día, tener que hacer este tipo de reconstrucciones resulta impensable. No hay más que ver los informes diarios con cifras sobre el coronavirus que podemos leer diariamente. En la actualidad sabemos que para combatir una pandemia el primer paso es seguir su evolución. Quizás, dentro de unos cuantos siglos, cuando se hable del caso del SARS-CoV-2 se deban hacer algunas estimaciones que se escaparon a los conocimientos científicos actuales. Mientras tanto, aún a día de hoy, queda mucho por conocer de este virus. Pero hay algo que sí tenemos claro en esta ocasión y que incluso puede que supieran ya durante la pandemia de peste justiniana: solo la ciencia nos puede salvar. Deberíamos estar todos a una con ella.

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