Durante el confinamiento, las videollamadas se han convertido en una parte casi esencial de nuestra rutina. Reuniones de trabajo, fiestas de cumpleaños, cenas en pareja, reuniones familiares… Skype, Zoom y otras muchas aplicaciones similares han facilitado que esas actividades que normalmente realizábamos con otras personas puedan seguir realizándose, a pesar de la distancia tan necesariamente impuesta.

Sin embargo, lo que en un principio fue un desahogo para llevar mejor la soledad con el tiempo para muchas personas se ha convertido prácticamente en un agobio. De hecho, ha resultado ser algo tan común que muchos ya lo han bautizado como “fatiga por Zoom”.

Lo ha explicado recientemente a IFLScience el doctor Paul Penn, de la Facultad de Psicología de la Universidad East London. Según este medio de comunicación, las declaraciones fueron a través de un correo electrónico. ¿Por qué no lo hizo mediante una videollamada? Probablemente porque no es la forma habitual de contactar; pero, quizás, también porque estuviese ya algo cansado a estas alturas del confinamiento.

El cansancio de interpretar continuamente

Cuando conversamos con una persona, aparte de lo que nos dice verbalmente, también juegan un papel importante en la comunicación otros factores, como las expresiones faciales, la mirada o la gesticulación de las manos.

Esto es algo que nos permite comunicarnos con fluidez cuando hablamos en persona, pero que puede dificultar parte del entendimiento en una llamada telefónica. Podría considerarse que esto queda solucionado si hablamos por Zoom o Skype, y en cierto modo es así, pero también es verdad que a veces puede generar mucho desasosiego. La percepción de estas señales no está clara, por razones como la resolución de la imagen, la calidad de la conexión o la iluminación. El resultado es un intento constante de comprender lo que se ve, que con el tiempo se termina convirtiendo en una posible fuente de ansiedad.

Los problemas técnicos, si se dan, también pueden ser una fuente de problemas. Por ejemplo, si cada cierto tiempo es necesario corregir problemas en el micrófono o la cámara, no solo se interrumpe la fluidez de la conversación, sino que se genera nerviosismo. Para colmo, si hacemos un comentario en una llamada grupal, pero no nos contestan por un problema eventual de la conexión, esto puede hacernos sentir mal y potenciar la sensación de aislamiento.

Por otro lado, el doctor Penn hace referencia a algo conocido como disonancia cognitiva. Este fenómeno, descrito en los años 50 del siglo XX, define la situación de estrés que se genera cuando lo que vemos y lo que creemos no concuerda. Se utiliza en estos casos porque, hasta hace poco, veíamos las videollamadas como una opción más de las muchas actividades que podíamos realizar para socializar. Sin embargo, ahora se han convertido en casi una obligación, especialmente en entornos en los que antes apenas las usábamos, como el laboral. Por eso, el concepto que teníamos de ellas de repente no coincide con la manera en la que las usamos realmente.

Finalmente, del mismo modo que una conversación es algo bidireccional, una videollamada también lo es, tanto a nivel verbal como de imagen. Vemos a nuestros interlocutores, pero ellos también nos ven a nosotros y eso puede hacer que nos sintamos inseguros o incómodos. Además, nosotros también nos vemos y podemos llegar a obsesionarnos en observar que la otra persona nos vea bien durante toda la llamada.

En definitiva, las videollamadas han sido una pieza clave de nuestras vidas durante los días que hemos estado confinados y los que todavía nos quedan de distanciamiento con nuestros seres queridos. Nos han dado muchas alegrías, llevándonos un poco más cerca de todas esas personas en momentos que eran especiales para nosotros o facilitando que las reuniones de trabajo puedan seguir llevándose a cabo con la misma regularidad. Incluso ayudan a muchos médicos a hacer el seguimiento de sus pacientes sin perderles de vista. Literalmente.

No obstante, en exceso, y para algunas personas, pueden llegar a convertirse en un problema. Por eso, este psicólogo recomienda reducir el número de ellas que realizamos, si creemos que están empezando a convertirse en un agobio, y sustituir algunas por llamadas convencionales. Si crees que tienes “fatiga por Zoom”, esa puede ser la solución. Si, por el contrario, sigue alegrándote los días, no dejes de utilizarlo.