Se dice mucho estos días que al “guionista” del 2020 se le está yendo un poco la mano con las escenas de acción. Una pandemia, una plaga de langostas, un asteroide que se acerca a la Tierra (pero no hasta un punto que deba preocuparnos), inundaciones, un incendio en Chernóbil, varias erupciones volcánicas…

Desde luego, el año viene cargado, pero lo cierto es que no todo son “giros sorprendentes del guion”. Muchos sucesos que hace unos meses hubiesen pasado casi desapercibidos ahora parecen formar parte de esas “plagas bíblicas modernas” que, por algún momento, nos está tocando vivir. Es el caso de la reciente erupción del Etna, que llega a los titulares de los medios de comunicación apenas unos días después de que ocurriese lo mismo con el Krakatoa. Sin embargo, el famoso monte siciliano es uno de los volcanes más activos de Europa, por lo que noticias como la de ayer han tenido lugar prácticamente cada año durante los últimos tiempos.

Milenios de erupciones para un solo volcán

Las erupciones más antiguas documentadas del Etna, el volcán activo más grande de Europa, tuvieron lugar hace más de 2.700 años.

Se encuentra en la ciudad de Catania, ubicada en la isla italiana de Sicilia, donde están más que acostumbrados a ver, no sin falta de miedo, las nubes de humo y cenizas que manan a menudo de lo alto de sus 3.300 metros.

Esta vez todo ocurrió a lo largo del fin de semana. El Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología (INGV) de Catania registró un cambio en los parámetros geológicos, asociado a un evento volcánico, el viernes 17 de abril, a las 23:26 (hora local). Sin embargo, no fue hasta las 10:06 del domingo cuando comenzó a detectarse un flujo de lava, que más tarde daría lugar al inicio de un suceso de actividad estromboliana. Se llama así al transcurso de varias erupciones explosivas separadas por periodos de calma de extensión variable.

En este caso, a pesar del resurgir que ha tenido en plena pandemia, ya se empezó a registrar este tipo de actividad el pasado mes de septiembre, según ha explicado en un comunicado el INGV. Este fue solo uno más de los “sustos” que el volcán ha dado a los vecinos de Catania.

La mayoría de erupciones ocurren en la cumbre, donde hasta finales de 2019 se han contado cinco cráteres diferentes. También las hay en los flancos, en los que a lo largo de los años se han formado más de 300 respiraderos. Desde el año 1.600 d.C se han documentado al menos 60 erupciones en esta zona, aunque casi la mitad de ellas sucedieron durante el siglo XX. En el XXI también ha habido unas cuantas, en 2001, 2002, 2004 y 2008. En este periodo también han tenido lugar varias en la cumbre, siendo las más importantes las acaecidas en 2006, 2007 y 2012.

Más tarde, fueron noticia dos, en 2017 y 2018. La primera, iniciada en el mes de marzo, llamó la atención de los medios de comunicación de todo el mundo después de que, al contacto con la nieve, el magma explotara, hiriendo a diez personas en el proceso.

La segunda, acaecida en la Nochebuena de 2018, arrojó tantas cenizas al aire que hizo necesario detener el tráfico aéreo, a pesar de lo señalada que era la fecha.

Esta vez, el flujo de lava se ha observado manando de un nuevo cráter, cavado al sureste del volcán.
Por todo esto, si bien es cierto que este está siendo un año de lo más extraño, la erupción del Etna no debería considerarse como otra más de sus rarezas. Quizás todo se reduzca a que tenemos más tiempo para hacerle caso.