– Abr 2, 2020, 18:01 (CET)

O la amas o la odias: ¿por qué la película El Hoyo no te deja indiferente y todos hablan de ella?

La película El Hoyo continúa siendo centro de polémica y las razones aún no parecen muy claras. Aunque los conceptos que maneja no son del todo novedosos, la forma en que este juego de estructuras que metaforiza la lucha del bien y el mal, la sociedad y un buen número de símbolos religiosos y metafísicos, ha capturado la atención de la alrededor del mundo.

En Roma el espectáculo de los gladiadores era uno de los más populares entre el pueblo llano. Se trataba de un torneo de enorme crueldad en el que hombres de todos las razas, lugares y procedencias llegaban a la arena para disputarse el privilegio de vivir. Para los romanos, quizás la sociedad más pragmática y y mundana de su época, no había consideraciones morales en las muertes de los gladiadores más allá de su mera existencia para la diversión publica.

Los luchadores combatían hasta morir o matar, y en el proceso lograban ganar la admiración del público e incluso la mirada del emperador. Se trató de uno de los primeros juegos de poder que demostró la morbosidad de la atención colectiva sobre los sobrevivientes y la posibilidad de una batalla a ciegas por conservar la vida.

La película El Hoyo de Galder Gaztelu-Urrutia plantea una idea semejante y lo hace desde la dureza de enfrentar al hombre a sus apetitos primitivos, y en contraposición empujarlo a una lucha descarnada por la supervivencia.

La estructura imaginada por el director —con sus más de 300 niveles y su crueldad implícita— no es únicamente una futurista arena de gladiadores, sino también el más reciente recorrido del mundo del cine a través de la noción de la batalla por la vida dentro de una connotación vil, pragmática y directa. No obstante y a pesar de eso, El Hoyo rehuye de los lugares comunes para hacerse preguntas existencialistas sobre los motivos por los cuales los personajes atrapados en el interior de la misteriosa plataforma luchan por distintos motivos y desde distintas dimensiones.

Desde el idealismo parco y sincero de Goreng (Iván Massagué), hasta el cinismo caníbal —y en un sentido literal— Trimagasi (Zorion Eguileor), la película juega con la idea de llevar al límite sus personajes a través de una presión silenciosa que no se manifiesta de inmediato. Los reos se enfrentarán de forma personalísima a un contrincante que conocen bien: la mayor eficacia del mecanismo no reside en la forma en que juega con los apetitos y la cordura de sus habitantes, sino en el hecho de convertirles en enemigos que en el fondo se conocen demasiado bien.

La imagen recuerda a la antigua imagen del pozo de los gladiadores, en el que los futuros combatientes aguardaban en la lucha en un mismo lugar. Unos y otros sabían que con toda seguridad asesinarían o serían asesinados por el hombre que comía a su lado o el que limpiaba el arma más allá. Esa presunción se utiliza con sofisticada y precisa inteligencia en El Hoyo, cuya premisa se enfrenta a la posibilidad que cada uno de los reos tendrá que enfrentarse al otro tarde o temprano.

Las plataformas se desplazan mientras que los que se encuentran recluidos dentro del mecanismo misterioso saben que pronto ganarán o perderán los beneficios que les otorga el número de plataforma en el que han despertado. El sistema es eficaz, frío y directo: solo sobrevivirá el que asuma que deberá perder los límites morales que lleva a cuestas.

Aun así, uno de los protagonistas lleva un ejemplar de El Quijote entre las manos. ¿La naturaleza humana y su bondad intrínseca prevalece incluso en las peores condiciones? De nuevo, la metáfora es clara: durante las batallas de gladiadores, la última decisión sobre la vida del perdedor la llevaba el emperador y el pueblo. Como si se tratara de reflejos simbólicos paralelos, la referencia histórica muestra el intento de la sociedad romana por mostrar que incluso en las condiciones más violentas podría existir un atisbo de justicia o de conmiseración. En El Hoyo, la idea es muy semejante: cada uno de quienes están encerrados en la estructura deberá confiar en la bondad de quién le acompaña en la plataforma. O temer a su crueldad.

Las sombras de la naturaleza humana

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Basque Films

El guionista de El Hoyo, David Desola, dijo en el pasado festival de Sitges, que la película no necesitaba demasiadas explicaciones. “Como alegoría es muy simple, todo el mundo lo puede entender”, insistió el escritor. No obstante, con su ambiguo final y sobre todo, el hecho de que la película insista en mostrar a la naturaleza humana como una consecuencia del peso inevitable de los horrores y las crueldades que le rodean, hace que la interpretación del mecanismo de la plataforma no sea tan sencilla.

La película es de hecho una fábula macabra sobre los límites del oscuridad de la mente humana. O eso parece sugerir la dependencia de uno de otros, en mitad de una situación de violencia casi dolorosa. En realidad, la percepción de El Hoyo sobre el miedo, la incertidumbre y lo inverosímil, tiene más relación con la insistente visión del hombre como su propio depredador. Las plataformas suben y bajan: a medida que lo hacen, los reos se endurecen, deshumaniza, se hacen más crueles, toman decisiones sobre su vida y la de su compañero.

La fatalidad tiene relación con la necesidad de conservar la vida, sino de enfrentar al otro de forma directa. De la misma manera en que cientos de culturas antiguas han homenajeado y celebrado la violencia brutal como una forma de sacralización de la naturaleza humana en estado puro, El Hoyo intenta encontrar la simbología que convierte a la estructura en una mirada hacia un tipo de sombra intelectual tan vieja como el hombre mismo.

Después de todo, nuestra cultura está obsesionada con el bien y el mal, pero también, con los monstruos que crea a partir de las condiciones excesiva y fronterizas. Desde Thomas Harris, que brindó rostro a la maldad de las últimas décadas con Hannibal Lecter —una especie de mezcla entre el positivismo del siglo XIX y el nihilismo de nuestra era— hasta referencias más antiguas, como demonios y criaturas sin rostro, El Hoyo invoca oscuridades más abisales.

La mesa de comida —tentadora, irrisoriamente lujosa y al final símbolo despiadado de todas las carencias explotadas— sube y baja para recordar la antiquísima obsesión por las bajas y altas pasiones. Y mientras Goreng sostiene un ejemplar del Quijote, que lee en voz alta y lleva como un talismán contra el primitivismo a su alrededor, Trimagasi guarda un cuchillo el mismo que le llevó a la cárcel y el que utilizará para asesinar en caso de ser necesario.

El Hoyo, como alegoría, no sé pródiga con facilidad: lo que comienza como un recorrido pragmático a través de una estructura enemiga y esencialmente maléfica con reglas claras, termina por convertirse en un viaje iniciático hacia un destino que el guión no termina de aclarar. Es entonces cuando el espectador debe usar sus propias referencias para comprender lo que ocurre en el lento vaivén de las plataformas y las sobras de comida, que representa el miedo y los mínimos horrores a los que deben enfrentarse los personajes.

Por supuesto, el film tiene algo de bíblico: su gigantesco mecanismo indescifrable, colosal y en apariencia interminable, es una clara referencia a construcciones míticas recogidas en textos sagrados, pero en especial la Torre de Babel a la que parece parodiar en un cierto reverso macabro. ¿Qué es exactamente lo que muestra la película mientras las plataformas se mueven y la comida comienza a escasear?¿Analiza el comportamiento humano en situaciones extremas y lo cerca que se encuentra de su instinto depredador?¿O se trata de algo más espiritual, como sugiere su final en que Goreng se reúne finalmente con Trimagasi para mirar desde la oscuridad, el mensaje sin portador que debe reconstruir la estructura por completo?

El guion no decanta nada por ningún extremo y al final la gran metáfora sobre la oscuridad interior cierra con elegancia al mostrar que dentro de El Hoyo nada es predecible, real o cerca de cualquiera idea sobre la justicia. Los rostros de los personajes se hacen borrosos en la penumbra, desaparecen y tal pareciera que el argumento de la película insiste en la posibilidad que la estructura es en realidad un hoyo que todo lo traga, incluyendo la individualidad, la necesidad de preservar la propia moral y la noción sobre la existencia. El Hoyo se muestra críptico hacia el lugar en que dirigen sus símbolos más evidentes: insiste en hablar de un Mesías, mientras en medio del caos reinante la mera posibilidad de iluminación desaparece en la voracidad y la codicia. En cada nivel inferior, el reo pierde parte de su naturaleza humana y en esta noción sobre las tinieblas que aguardan más allá de la imaginación, lo que hace de El Hoyo un gran misterio que buena parte de los televidentes alrededor del mundo intentan resolver.

En este viaje del héroe retorcido nadie resulta bendecido por el conocimiento ni tampoco encuentra una forma de redención. Y ese es el elemento más duro de asumir de una película llena de crueldad: una vez que el misterio de El Hoyo parece despejarse, lo que en realidad muestra es un fondo que continúa y repite sus peores horrores. Una y otra vez, este infierno de Dante reconvertido en una gran reflexión sobre una sociedad violenta, en puro sufrimiento emocional. Y quizás allí radica su éxito.