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– Mar 6, 2020, 10:17 (CET)

Crítica de ‘Onward’: lo de Dan Scanlon no es hacernos reír

Onward es la película más decente que ha dirigido Dan Scanlon hasta el día de hoy pero se encuentra lejos de las mejores que nos ha entregado Pixar.

Si hay algo que cuesta muchísimo poner en duda respecto al cine de animación de estos veinticinco años, es que sentarse a contemplar una obra de Pixar siempre resulta una experiencia muy agradable. O casi siempre; la inmensa mayoría de las ocasiones. Desde la fundacional Toy Story (John Lasseter, 1995), pasando por la inalcanzable Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Lee Unkrich, 2003), WALL·E (Stanton, 2008), Up (Pete Docter y Bob Peterson, 2009), hasta Coco (Unkrich y Adrián Molina, 2017), al menos catorce de sus veintidós películas están bastante por encima de la media.

Solo a Cars 2 (Lasseter y Brad Lewis, 2011) se la puede considerar pedestre, y a Monstruos University (Dan Scanlon, 2013), como a la anterior, muy decepcionante si se la compara con el primer filme. Y de este último cineasta estadounidense es la nueva propuesta de Pixar: Onward (2020), cuyo curioso guion ha escrito a seis manos con Jason Headley (A Bad Idea Gone Wrong) y Keith Bunin (Horns). Los tres, por algún motivo, no se han prodigado mucho en labores de gran responsabilidad, aunque Scanlon sí ha trabajado en el equipo de otros proyectos de Disney y el estudio de Emeryville desde 1998.

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Ya había se había encargado de dirigir el cortometraje Mate y la luz fantasma (2006) con Lasseter cuando realizó Tracy (2009), al margen de la compañía en la que ha crecido en la industria cinematográfica. Y es tras zamparse este fallido mockumentary, en el que libera su creatividad y controla todo el proceso, que uno comprende lo que ocurre con Scanlon. Monstruos University fue decepcionante en especial porque carecía de ingenio cómico, porque los golpes de humor no funcionaban bien ni en su escritura con Daniel Gerson y Robert L. Baird, implicados en el filme original, ni en su puesta en escena animada.

Los chistes de Tracy tampoco provocan la hilaridad que pretenden, y su planificación inane no ayuda. Y con Onward pasa lo mismo: las ocurrencias con las que quieren hacernos reír no son muy graciosas de entrada, en el libreto, y su plasmación en imágenes carece de fuerza. A las películas de Scanlon, lamentablemente, les falta el vigor y la imaginación visual que nunca abandonan a Andrew Stanton o Lee Unkrich, aquello con lo que Pixar nos ha ofrecido las más altas cotas de virtuosismo animado, sosteniéndolas por temporadas, en la historia de esta clase de cine.

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Pese a ello, no debemos tener problemas para decir que Onward es una estimable película, la mejor de los tres largometrajes que ha elaborado Scanlon hasta la fecha —tampoco lo había puesto muy difícil, claro—. En ningún momento se nos escapa carcajada alguna, ni un amago tímido aunque nos las busquen, en fin, sin excesivo empeño; pero cuenta a su favor con la originalidad de las tramas a la que Pixar nos ha acostumbrado, infrecuente para el resto de Hollywood, e incluso la intensidad emotiva que también es otra de las especialidades de la casa, con el foco en vínculos que se suelen centrar en la familia.

No van a saltársenos las lágrimas en ningún instante si no somos espectadores facilones, como irresistible es en la secuencia de apertura de Up o en los últimos compases de Toy Story 3 (Unkrich, 2010) y Coco. Pero la estupenda revelación que nos aguarda cuando termina el satisfactorio —y bien construido— viaje emocional del adolescente Ian Lightfoot, el personaje protagonista, nos remueve por dentro. Y no parecería justo negarse a reconocer que hay una escena de cierto sacrificio que puede ser calificada hasta de gloriosa. ¿Habrá anunciando Dan Scanlon así, con Onward, que la eclosión de su talento oculto está por venir?